Capítulo 50
Veinte horas antes de la tragedia
La góndola externa del dirigible está a oscuras. También la sala de radio.
El Embryo duerme exhausto tras un día inacabable.
La lluvia ha amainado su fiereza, pero se mantiene constante.
Los destellos no dan tregua. Atraviesan la noche con un brillo fatídico.
Faltan veinte horas para Lakehurst. Germán sabe que la aproximación al mástil de afianzamiento no será fácil.
Demasiados factores que tener en cuenta en un vuelo experimental: aliviar los depósitos, compensar la presión, evitar que la antena se enrede con los amarres…
Reza por que la tempestad haya disminuido para entonces, pero la previsión les es desfavorable.
La borrasca no se movería un ápice en las próximas horas.
Si no repara la antena, no lo conseguirán.
El tiempo juega en contra.
La sala de control está vacía. Un fogonazo le saca de su error: un operario dormita con una traducción de La luz más vibrante en el regazo.
Tiene un dormir subrepticio. En su mano, una botella de licor que Germán no sabe identificar.
Ha sido el alcohol y no la prosa de Savaté quien ha tumbado al lector de bestsellers .
Aprovecha la ventaja para neutralizar el fuego de san Telmo.
La superstición bautizó al hechizo con el nombre del patrón de los marineros.
Los mismos que atribuían una explicación divina al resplandor violáceo que chisporroteaba en sus mástiles.
El procedimiento para replicarlo, según Peiró, era relativamente sencillo.
Tan solo había que pelar la antena y esperar a que se ionizara.
La diferencia de carga eléctrica le haría llegar al umbral para emitir la luz más vibrante: el fuego de san Telmo.
Esa chispa acabaría con todo.
Ni todo el santoral intercedería por ellos si Germán no actuaba de una vez.
Continúa caminando con sigilo hasta divisar el carrete anclado que conecta con el panel de comunicaciones.
El suelo de linóleo cruje bajo sus pies.
El operario de radiofrecuencia emite un gemido.
La respiración de Germán se acelera, teme despertarlo, pero tan solo cambia de postura y continúa respirando con fuerza.
Ronca. La bobina se ilumina con cada relámpago.
El cable, grueso como el pulgar de un gigante, desciende hasta desaparecer por una hendidura del suelo, extendiéndose hasta el vacío exterior.
Es la salida natural de la antena de radiofrecuencia que conecta el Embryo a la esperanza.
Se agacha. Ya en cuclillas, recuerda al tacto dónde estaba el problema: a medio metro de la base de la rueca.
Allí la goma oscura ha sido arrancada. La bobina muestra el cobre pelado, listo para generar una chispa al primer contacto.
Sudoroso, Germán saca la cinta americana del cuartito de mantenimiento.
Armario que ha frecuentado para proveerse de material en las sucesivas bajadas de tensión de sus ausencias.
Intenta rasgar la cinta fría, pero, al separar la superficie pegajosa del cilindro, esta hace más ruido del que espera.
Utiliza los incisivos para cortar un gran pedazo de la banda gris.
Lo hace a dentelladas. El sabor a goma dulce le produce náuseas pegajosas.
Un fragmento se le adhiere en la barbilla.
Tira de ella. Duele. Es firme, de eso no hay duda.
Desgaja otro pedazo y, al alejarlo, no está seguro de su tamaño.
Tendrá que valer. Rodea con él parte del cable, asegurándose de cubrir bien la parte pelada.
Tiene que impermeabilizarlo de nuevo. Es una chapuza.
No es la solución idónea, pero al menos impedirá el desastre, siempre que la bobina no haya sido seccionada por algún otro punto.
Imposible saberlo a oscuras. El cable enrollado puede medir más de treinta metros.
Coge de nuevo la tira adherente y, a la desesperada, intenta cubrir gran parte de la superficie dando vueltas sobre el pulgar del gigante.
Una, dos, tres, mil veces. Una vez restañada la zona, cuando la superficie queda convertida en un amasijo plateado y pegajoso, Germán da por finalizada su misión.
Llueve con ganas. Un trueno le saca de su trance.
El aerostato se estremece y vira bruscamente, lanzándolo contra la pared.
Las manos del ingeniero se aferran a la culebra durmiente.
Calambrazo. Una mordida intensa le trepa por la extremidad.
«¡Dios! No ha funcionado. La estática se está acumulando».
Su mente trabaja deprisa. Tiene que cortar el suministro eléctrico antes de que sea demasiado tarde.
Su lucidez se apaga al recibir un fuerte impacto.
Un profesor enjuto tironea de sus piernas escaleras arriba. Peiró se desfonda en cada uno de los escalones metálicos emitiendo un sonido sordo.
La cabeza de Germán golpea cada peldaño. La respiración acompasada del operario es su diapasón.