Capítulo 49
Un mes antes de la tragedia
Barcelona
Els Lliris estaba a las afueras de Barcelona . Una casa apacible y tranquila que la Beni hubiera aborrecido con todas sus fuerzas antes de perder la cabeza. Tan solo el comedor de aquella guardería de ancianos la hacía sentir como en la Bonaventura.
El centro pertenecía a un fondo que reventaba a la plantilla. La rotación laboral, unida a las hechuras de madre de Vermell, lograron que la recepcionista hiciera la vista gorda por un día. El nombre inventado no figuraba en la lista de visitas.
—Benita Blanes López.
La mujer se rascó la cabeza.
—Vengo a ver a mi madre.
Tecleó el número de expediente de nuevo.
—Por Blanes no me viene nada.
—Eres nueva, ¿verdad?
La chica no quería problemas. Tampoco llamar a la supervisora.
—Benita López Urgell es mi madre. Yo soy Benita Blanes. Mira , maca , le he traído cocotets artesanos. Llevo horneándolos toda la mañana.
El envoltorio de las pastas, en la guantera del coche.
Sonó el teléfono.
—Está en la sala conjunta. Hoy le toca terapia cognitiva.
Un celador arrastraba un carrito de batas.
El teléfono no paraba.
—Oye, por fa, acompaña a esta mujer a la zona común.
El chico caminó al lado de Vermell unos minutos en silencio. Parecía un buen tipo. Cuando localizaron a la abuela, la Beni babeaba levemente.
—Mira, Beni, ha venido tu hija.
La anciana miró a la desconocida desde su silla de ruedas, y sucedió lo que Vermell temía.
— Jo no tinc cap filla .
Vermell fingió disgusto.
—¿Cómo que no tienes hijas, Benita? —Un gesto de ternura—: No se lo tenga en cuenta, es el alzhéimer el que habla por ella.
Se dirigió a la anciana:
—Mira, Beni, te han traído pastas.
La mujer se iluminó como una gaita .
Los abuelos son golosos.
—Mírelo por el lado bueno. Hoy el día acompaña. Está parlanchina. —El hombre empujó pesadamente el carrito.
— No se moleste. Ya saco yo a la mare al sol.
La Beni en efecto tuvo un buen día. Devoró hasta el último de los dulces y le proporcionó una pista de la que tirar. Tras un sinfín de favores, y semanas de callejones sin salida, Vermell hizo justicia a la fama que la precedía y dio con un nombre.
Y una ubicación.
También con la calle de una mercería donde no quedaba en pie ni un solo bar.