El vuelo de la fortuna Capítulo 48
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Capítulo 48

Veintiuna horas antes de la tragedia

Begur boquea como un pez fuera del agua cuando se cruza con Mar por los camarotes de primera.

—Querida… —comienza a decir.

Se escabulle de su abrazo. Mar no puede cuidarla.

Tiene que localizar a Germán. Esconderlo.

La obsesión ha escuchado sus plegarias .

La pareja se encuentra frente al camarote veinticuatro.

Se abrazan . Le besa el pelo, la cara. Lloran.

Tienen tanto que contarse. Debe advertirle.

Pero, antes, están las preguntas… Necesita averiguar qué es lo que no ve, qué es lo que no encaja.

La megafonía se empeña en anunciar que la cena se servirá en minutos.

Son poco más de las nueve de la noche. Ven con sorpresa cómo los pasajeros se dirigen de nuevo al comedor, dislocado tras una batalla campal.

El aroma a comida recién hecha invade la sala y reconforta los instintos más primarios.

Germán y Mar aprovechan para cambiar de planta.

Suben. Se refugian en la sala de lectura, junto al espacio del mirador. Como pronosticaban, está desierta.

—Tengo que hablar contigo.

—Yo también.

La reacción de Germán la desconcierta. Su tono suena a confesión. No sabe por dónde empezar. Él se viene abajo. Solloza como un crío.

—Lo que sea que tengas que contarme —dice Mar—, tus sentimientos hacia mí, el divorcio, ya veremos qué hacemos con Cruz. Todo eso puede esperar.

La mirada de él, indescifrable.

—Estás en peligro, Germán.

—Todos lo estamos. He estado haciendo algo… Y no sé si estoy a tiempo de revertirlo.

—¿De qué me estás hablando?

—He saboteado el sistema eléctrico del dirigible.

—¡¿Que has hecho qué?!

—Si nada lo impide, al tomar tierra, comenzaremos a arder. Verás… Es complicado de explicar. La nave cuenta con una antena de radio…

—Pero si no hay comunicación con el exterior…

—Claro que la hay, Mar, ¿cómo no va a haberla? Comunicación por radio de onda corta, solo que no funciona porque Schäfer ha ordenado que esté replegada durante el trayecto. La antena de los dirigibles, a diferencia de la de otros vehículos, es un cable enrollable.

Maravillas imagina una bobina de hilo larguísimo.

—La antena es nuestro punto flaco, y, por tanto, ideal para un sabotaje.

Le explica las vueltas que dieron Peiró y él para reproducir el accidente primigenio del Hindenburg…

«¡El fuego de san Telmo!», concluye Mar.

La llamarada de la respuesta la abrasa. Desconoce en qué consiste exactamente. Lo necesario para medir el peligro que corren.

—Y ese cable está… está… abajo, ¿verdad?

Germán asiente.

—Sí, cerca de nuestra cabina . La antena está en el puesto de mando.

La escalerilla de servicio da a la sala de radio , ubicada en la góndola externa.

Entonces las piezas casan. El cambio de cuarto. Las conversaciones incendiadas. Su mala conciencia alertándole en sueños sobre el fuego de san Telmo.

Sobrevuelan el Gran Banco de Terranova, la noche es cerrada como boca de lobo. A lo lejos, sobre las aguas, un carguero dirige sus focos a una cita con la muerte.

Un resplandor.

A los tres segundos, un trueno.

Una tormenta eléctrica les da la bienvenida.

—Pero… un sabotaje, ¿por qué?

—Al principio fue sencillo —dice Germán—.

Manipular cuatro sensores en la sala de máquinas, cerca de la estructura metálica .

Jugar al despiste con Schäfer y desestabilizar sus altímetros, bajadas en la potencia, apagones…

Comenzó como cortina de humo, Mar . No estoy orgulloso, solo quería asustarte.

—¿A mí?

Dice que sí con la cabeza.

—Mar, yo solo quería que me necesitaras.

Maravillas enmudece.

—Sé que es una estupidez , pero vi en este vuelo una segunda oportunidad.

—…

—Una oportunidad para comenzar de nuevo, para recuperarte. —El gesto grandilocuente de Germán iba a matarlos a todos—. Pero Peiró es insaciable … Yo solo me metí en una trampa de la que no supe calcular las consecuencias… Pensé que sabría manejarle.

— Todas tus desapariciones… —Ata cabos—. ¿Era eso? ¿Por eso discutíais?

Germán no responde a eso.

«Estaba tratando de volverse atrás», piensa Poquet.

—No fue premeditado. Te lo juro, Mar . Encontrármelo aquí fue una sorpresa. ¿Quién iba a prever que Peiró sería parte de la tripulación? Tampoco nadie habría esperado que tú me arrastraras a esta travesía…

Se equivoca. Su asistencia en el Embryo estaba calculada desde el principio. Por su parte, el profesor se enroló a sabiendas. La fundación pagaba bien y escaseaban los ingenieros que aceptaran ocuparse del mantenimiento. Hasta Alemania no llegó el runrún mediático ni su radicalización.

—Sin embargo, Peiró tenía un plan…

—Sí, estrellar el Embryo. Poner el foco en el supuesto fraude del hidrógeno verde. Acabar con los vuelos transoceánicos.

—¿Llevándose la vida de cuatrocientas personas por delante?

—Lo sé. Lo sé. Cuando me di cuenta de lo que pretendía ya era demasiado tarde.

Germán se excusa por haber conseguido su objetivo: Mar está aterrorizada.

—No te reconozco, Germán. ¿Qué has hecho? ¡¿Qué habéis hecho?!

La tormenta crece.

La proximidad entre los destellos y los truenos se acorta. Un relámpago ilumina la biblioteca como si fuera de día.

—Tenemos que regresar a la cena antes de levantar sospechas, y tú, Germán, tienes que ocultarte a plena vista si quieres seguir con vida.

—Mi vida ya no importa, Mar. Creo que no lo entiendes. Debo solucionar la manipulación de la antena antes de que la corriente estática genere una descarga. Si ese cable se electrifica, la más mínima chispa hará que los tanques de hidrógeno exploten como una bomba.

Parpadea.

— Germán, tienes que arreglarlo.

—Lo sé.

Su boca está seca .

—Y tú, ¿qué querías decirme?

Mar valora sus opciones. La vida de un ser desquiciado, horrible, a quien a pesar de todo aún ama, a cambio de la de centenares de personas.

No hay mucho más que pensar.

El tiempo que le quede de vida lo empleará en reparar ese cable.

—Nada relevante.

«A esta Vaca —se dice— la sacrifico yo».