Capítulo 47
Un mes antes de la tragedia
Barcelona
Livia Ferrante entró en el edificio. Subió al sexto piso de un complejo de oficinas anodino e impersonal.
Su chófer la esperaba dando vueltas por la avenida.
Llamó a la puerta acrista lada donde el letrero de Vermell & associats le dio la bienvenida.
Una empleada le dijo que tomara asiento.
Miró en derredor. Plantas de plástico, mobiliario claro, alfombras en tonos empolvados, decoración escueta.
Más que un despacho de detectives, parecía un restaurante de quinta gama.
«Adelante».
A Livia le sorprendió que la recibiera la misma secretaria de la entrada.
—No hace falta que disimule su sorpresa . Soy Vermell.
Se abochornó por considerar que era un oficio extraño para una mujer.
Decidió quedarse. Las referencias de la investigadora eran espectaculares.
—Tampoco hay asociados, me temo. A la gente le gusta proyectar: hombres rudos persiguiendo a maridos infieles. Si eso es bueno para el negocio, quién soy yo para contradecirles.
La detective se presentó. Sus tres décadas de experiencia la avalaban. Ferrante hizo lo propio. Amagó su sorpresa con un gesto distante. No todos los días se atendía a una de las mayores fortunas de Cataluña, la baronesa Begur.
—Pues usted dirá, baronesa.
—Puede llamarme Anna si lo prefiere.
Vermell miró el expediente. Había pedido la cita bajo su nombre de soltera: Anna Livia Ferrante.
—Anna Livia, sí.
—Prefiero Anna o, sencillamente, Begur. Hace mucho que nadie me llama Livia.
—¿Por qué ahora?
Solía ser el movimiento de apertura que empleaba en la primera visita. Una cuestión lo suficientemente amplia para que el cliente comenzara por donde pudiera. Las cuestiones del corazón suelen ser vergonzantes.
—Mi marido, Albert, el barón de Begur, acaba de fallecer.
Vermell lo sabía. Estaba al corriente de las noticias del papel couché .
—La acompaño en el sentimiento.
En las siguientes horas le explicó sin escatimar en detalles las tres décadas de amor que había compartido con el barón : su complicada relación con la primera esposa, con los cuatro hijos de esta.
—No era un hombre fácil, ¿sabe? Nos abrazamos con nuestras cargas y con nuestras imperfecciones, pero siempre me desalentó de buscar a mi hija.
Yo nunca estuve cómoda con aquella parte de mi pasado, así que me convencí de que olvidar era una buena opción.
El precio de una vida sin sobresaltos. Mi Albert, no le culpo, lo dejó todo por mí.
Él siempre decía que ya tenía una familia.
Y, durante un tiem po, la mayoría de nuestra vida en común, estuve de acuerdo, pero…
—Las cosas han cambiado.
Demasiadas horas siendo la psicóloga de sus usuarios.
—Sí, tengo que encontrar a mi hija. A su familia, si la tiene. Dar la cara. Reparar las heridas del abandono.
—Y porque su promesa al barón ha prescrito…
Begur sonrió para sí.
—¿Tan pragmática me cree ?
Vermell se encogió de hombros.
—Necesitaré toda la información que pueda proporcionarme: fechas, registros, si la niña fue bautizada…
La puso al corriente. También le dio el nombre de la residencia de ancianos en la que la Beni pasaba sus últimos días sin Antonio. Un hombre bueno con el que Livia continuó en contacto a lo largo de los años.
—Está muy mayor, creo que tiene demencia. Calculo que Benita debe de rondar los noventa años, pero siempre fue una mujer fuerte.
Vermell dobló el papel. Guardó la dirección en el bolsillo interior de su americana.
—Me acercaré en cuanto pueda.
—Lo último que supe es que la niña acabó en Puerto de Sagunto.
—Baronesa, con todos mis respetos, de eso hace más de cincuenta años. Quizá ni siquiera esté en Valencia. Verá —d udó la detective sin asociados—, eso no es lo que me preocupa.
Los ojos de Begur la interrogaron.
—Y lo que le preocupa es…
—Los casos de bebés robados son muy complicados de rastrear.
—No creo que mi caso sea uno de ellos. Fui consciente de mis actos en todo momento.
Livia se juzgaba duramente. Una migrante joven, sin recursos, que vio el cielo abierto cuando le arrebataron a una niña que no tenía ni idea de cómo cuidar.
—Con todo, una vez localizados, los casos de personas adoptadas son complejos. Son hostiles, beligerantes. Y en su caso… Digamos que hay un agravante.
—Mi fortuna.
—Exacto. Aun así, entiendo que está dispuesta a continuar.
No sería barato. Le dijo sus honorarios.
—Se lo repetiré solo una vez: ¿está segura de que quiere localizar a su hija?
—No he estado más segura de algo en toda mi vida.