El vuelo de la fortuna Capítulo 42
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Capítulo 42

Barcelona

—¿Sabes qué hacen con nuestros niños, Liv?

—No quiero hablar de eso. — Sabía que aquella golondrina se largaría tarde o temprano huyendo del frío. No quería darle conversación. Mejor no encariñarse con las aves de paso.

—He oído que a la tuya la envían a Valencia, a una familia que trabaja en los Altos Hornos. Estás de suerte, en esa ciudad hay mucho dinero. Tendrá una buena vida.

Livia se encogió de hombros y continuó sirviendo el caldo de cocido a los comensales de la Bonaventura.

Stefano había intercedido ante los dueños de la pensión para que se quedara arrimando el hombro hasta que pusiera sus asuntos en orden.

Su vida, aún no lo sabía, tardaría mucho en alinearse.

Le quedaban al menos tres años más bregando y sirviendo comida sospechosa en la casa de huéspedes, tiempo que invertiría en estudiar a distancia en sus ratos libres.

El fuego del inconformismo, con el correr de los años, la llevaría a preparar la prueba de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años, y con su título de Comercio Internacional bajo el brazo llegaría un puesto provisional en la Fira de Barcelona .

—Seguro que el padre de familia es ingeniero. Con estudios, trabajará en los astilleros —fantaseaba la joven a unas semanas para llegar a término.

Livia no sabía dónde quedaba la ciudad a la que aludía la chica: Puerto de Sagunto.

—He oído que le han puesto Milagros, como la monja esa que trapichea con la Beni. La bautizaron ayer.

—Deberías lavarte la boca con jabón antes de hablar así de Benita. Y ocuparte de tus propios problemas. Como plantearte dónde está tu novio, sí, ese al que quieres tanto y te ha hecho ese bombo, o por qué tus padres han aceptado esconderte aquí como si estuvieras mala .

Estaba siendo injusta. Peor, estaba siendo cruel.

La chica salió llorando.

—Te quedarás sola. —Hacía suya la maldición con la que los hombres retienen a las mujeres desde que el mundo es mundo.

La mano le ardía. La joven, en su espantada del salón, le había vertido el Duralex encima .

Una desazón, similar al desánimo, invadió a la italiana.

Los menudillos de la sopa poblaron el terrazo como un cielo estrellado.