El vuelo de la fortuna Capítulo 41
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Capítulo 41

Veintisiete horas antes de la tragedia

Interior del camarote veinticuatro

Aguilar tiene toda su atención cuando acaba de relatar el encuentro entre Volkers y Savaté durante el vuelo exploratorio de Castellón. Aquello debilita la hipótesis que señala a la trapecista.

—Está ocurriendo algo muy gordo, Mar. Algo relacionado con los Afortunados y con vuestra suerte. Intuyo que el nexo es Hans, pero no tengo modo de probarlo.

Sin tiempo de procesar tanta información, la conversación vira.

Mar pierde el hilo.

—¿ Cómo dices?

—Ponce no era solo una cara bonita.

No está tan segura de eso.

—Te eligió. Eligió vuestra mesa, hablar con Begur. Preguntar al resto del pasaje hasta dar con todos y cada uno de vosotros, los Afortunados. Ya sabes qué tenéis en común.

No, no lo sabe.

—¿Las vivencias traumáticas?

—No exactamente. Yo misma repasé la lista del pasaje completo, pero somos más de cuatrocientas personas. Para la nota de prensa me fijé en los países de residencia de los Afortunados, no en vuestros lugares de nacimiento.

—…

—He estado investigando y cada uno de vosotros sois supervivientes de catástrofes químicas. —Suspira—. Muy severas. Masivas. Algunas de ellas… nucleares.

Maravillas recuerda a la perfección la conversación atropellada de su mesa de hace dos noches.

Pat extrae una tablet del bolso. Despliega una presenta ción. Ponce se expresaba con las manos, la publicista con Po werPoint.

—Mira .

Maravillas mira.

—¿Qué ves aquí?

—¿De verdad tenemos tiempo para todo esto?

Respira.

Si ha aprendido algo durante el crucero es que Patricia es de ese tipo de personas. De las que dan antes de recibir. Quie re mostrarle lo que tiene para que se convenza de que su deserción es real y que, a cambio, cante lo que sepa sobre el jeroglífico de Ponce.

Insiste.

—Venga, Mar, ¿ qué ves? —Le muestra la presentación.

Aguilar comienza a pasar las diapositivas ante sus ojos. Imágenes de devastación de los escenarios químicos que han habitado muchos de los Afortunados. Escenas que preferiría no contemplar.

—Veo… No sé. Muerte, destrucción, animales sacrificados, éxodos de población…

Niega con la cabeza y comienza a enumerar las mayores tragedias químicas de la historia reciente mientras su dedo desliza al siguiente desastre. Unos sucesos que Mar no procesó en su momento por la irrupción de Arya y su número.

—Seveso, Bhopal, Tolouse, Alfaques, Fukushima, Prestige… ¿Cuál es el nexo, Mar? Piensa, ¿cuál es el denominador común?

—Mmm. Son catástrofes evitables, sin duda. Algunas por ineficiencias del sistema, otras por errores humanos —dic e—, un par desencadenadas por tragedias naturales.

Niega con la cabeza y le regala su respuesta de maestra impaciente:

—Todos los Afortunados estuvisteis afectados en mayor o menor medida por la contaminación ambiental y creo que eso pudo haberos cambiado para siempre.

Vuestro organismo nunca olvidó esa huella.

Es decir, que toda esa toxicidad alteró el modo en que vuestros genes se comportan; como si alguien hubiera manipulado los interruptores que encienden y apagan ciertos activos celulares.

La prueba a esta teoría, sostenía Savaté, es que ninguno de vosotros, ningún sobreviviente a estas tragedias químicas, habéis logrado tener hijos.

Habla de epigenética, de cambios provocados por circunstancias ambientales.

«A esta chica se le ha ido la cabeza», concluye Poquet. En cambio, la obcecación de Germán de tener hijos con su novia perfecta y no haberlo conseguido la hace dudar.

Mar se acerca a su postura, cautelosa.

—Pero… ¿cómo?

—Aún no lo sé. No sé cómo. Pero creo firmemente que Ponce pudo haberlo averiguado y que eso le ha costado la vida. Verás, la noche del asesinato habíamos acordado reunirnos de nuevo. En la tramoya, a tres metros de altura, para evitar miradas indiscretas.

Maravillas abre mucho los ojos.

Ponce estaba paranoico.

—¿Sabes qué quería contarte?

Se encoge de hombros. Solo le había avanzado que tenía un chivatazo de una técnica de laboratorio.

—Savaté tenía un topo. Mar, la noche de su asesinato quería contarme algo relativo al procesamiento de las muestras de sangre.

La mira. No sabe ni qué decir.

­—La prensa está comprada. —Aguilar toma aire—.

Ya no se puede confiar en nadie. Le hablé a Ponce de una amiga mía, una reportera alemana que nos daría voz.

Pero, para eso, necesitamos evidencias. Pruebas como lo que hayas leído o reproducido sobre su cuaderno.

Lo tenías que haber visto. Se sentía acorralado.

Defendía que en este vuelo no se ha dejado nada al azar.

Que se trata de una gran cortina de humo para encontrar a un Afortunado en concreto, a alguien a quien la organización llama la Vaca.

Su confesión la quiebra.

«A esa Vaca no le va a pasar nada bueno».

Desfondada, Mar le muestra lo que tiene: las anotaciones del reverso del fin de su matrimonio con Germán.

Los minutos transcurren vertiginosos. Aún no lo sabe, pero invertirán tres horas en descifrar qué oculta el código encriptado.

—Necesito también las imágenes que has tomado de la Moleskine.

Sabe que lo sabe. Que Maravillas ha hecho fotos. Se las enseña desde su carpeta de eliminados. Son bastante pobres. Algunas desenfocadas. Con todo, el jeroglífico es legible. Entre las anotaciones y las instantáneas tienen un rompecabezas bastante completo.

—¿Tienes algo con lo que escribir para descifrar este puto galimatías? Algo analógico, me refiero.

En la travesía con política verde de paperle ss no hay donde escribir.

Poquet niega con la cabeza.

Su mente no espera a nadie. Ya ha echado a rodar.

—A ver , Ponce era un ilusionista. Un gran contador de historias.

— Un escritor de mapa. —Mar está orgullosa de aportar algo de su colección de cursos inacabados.

—¿De mapa?

— Sí, de esos que necesitan saber qué es lo que va a pasar en cada momento. Que tienen predefinida la estructura antes de comenzar a escribir, con sus giros y sus subtramas.

—Ajá.

—Eso nos arroja mucha luz. Significa que estos códigos tienen que ser prácticos. Fáciles de interiorizar y de usar, incomprensibles como prevención por el robo de su primera libreta, pero lo suficientemente sencillos como para ir anotando cosas sobre la marcha.

—¿Crees que pudo emplear los códigos más habituales?

—Pat, tu confianza me halaga. ¿Cuáles son esos cifrados clásicos?

—Pues el morse, la escritura en espejo atribuida a Da Vinci, el código César, que desplaza cada letra por un número fijo, la transposición, que cambia el orden de las palabras en un patrón específico, el cifrado por libro…

Y otros más complejos como el c ifrado RSA , basado en números primos, o el AES , que descarto, porque necesitaríamos de computación.

La mira perpleja.

—No me mires así. He tenido que aprender latín para realizar los informes para el comité.

Los nombres de esos acertijos la marean.

Conceptos que hasta hace segundos le resultaban ajenos como «código espejo», «transposición» y «libro» encienden una luz en su interior.

«Libro» resuena con fuerza, aunque debería decir «ego».

Maravillas ha creído reconocer una fecha en medio de aquel caos y tiene que ver con la primera novela superventas de Ponce.

—Tengo una idea —dice Mar, triunfal.

Abre la puerta del baño y el golpetazo de calor sacude a las mujeres.

—Joder, qué calor hace aquí. ¿Acaso pensabas darte un baño relajante cuando he llegado?

—Pasa y cierra la puerta. Creo que he dado con algo.

Limpia la esquina inferior del espejo empañada , abre un pequeño claro en el bosque de vaho para reflejar lo que necesita. Amplía la primera fotografía del teléfono que le acaba de devolver la publicista. No ocurre nada .

—Mierda. Pensaba que el reflejo nos ayudaría a hacer más legible esta bazofia. Vamos a hacer una cosa. Ponte cómoda.

Y la cosa es copiar las ocho líneas de código en la enorme superficie de la luna empañada.

—Esto es lo que me disponía a hacer cuando has llegado .

Finaliza su transcripción en el vaho.

Mar se aleja un paso. Y lo ve. La primera fecha está al revés y es la cifra de desbloqueo del terminal móvil del guionista. El mismo código de apertura del cuaderno.

32024072

A su lado, una frase que la vanidad de Ponce Savaté desnuda para Maravillas.

—¡La primera frase es la leyenda del código, Pat! —La excitación habla por ella— . Esta foto corresponde al primer dibujo del cuaderno.

—Y eso lo sabes por…

—Porque esa fecha solo puede significar una cosa: la data del lanzamiento de la La luz más vibrante . Su obra más icónica y la primera en alcanzar la cifra: el millón de copias vendidas. A  partir de aquí, solo hay que seguir las miguitas de pan.

—¡Qué cabrón! —Pat suda cada gota de admiración —. Ha seguido la escritura en espejo como su venerado Da Vinci, de izquierda a derecha, y ha sustituido lo que parece una vocal por un símbolo.

—Estamos cerca.

Y de pronto se estremece al leer su nombre en una de las líneas.

MARAVILLAS POQUET emerge del vaho, como en uno de esos acertijos visuales en los que, dependiendo de la perspectiva, se ve la figura oculta de una anciana o a una muchacha.

Y, una vez descubierta, el espectador no puede dejar de verla ante sí, aun con los ojos cerrados.

—En la segunda fila, después de la leyenda, pone mi nombre. Lo leo como si estuviera en letras fluorescentes: MARAVILLAS POQUET . ¿Lo ves tú también?

Aguilar asiente. Esto es lo que ve:

S9LL1V9R9M_T€∞QØP_9M1HS∞K∞F_93 — 42

—¿Y las cifras? ¿Qué significan las cifras?

—Aún no lo sé. Anota esto en el iPad. —Presiente que se les acaba el tiempo.

—Las vocales han sido sustituidas por símbolos o por números para dificultar su comprensión, pero una vez lo visualizas es imposible no leerlo.

—¿Y los guiones bajos?

—No creo que aporten gran cosa. Tienen pinta de ser espacios en blanco… Creo.

—Tiene sentido.

—Así las cosas, la A sería un 9; la E, un €; la I, un 1; la O ha sido reemplazada por un Ø y la U…, la… U…

—En lugar de U, Ponce ha empleado el símbolo de infinito, ∞, a falta de algo mejor, supongo —dice Aguilar.

Lo dan por bueno. Observan el mural efímero y contienen la respiración al contemplar la lista de nombres íntegra y la correlación de ciudades arrasadas por desastres químicos.

Pien sa en su chico; estaría orgulloso de su razonamiento lógico, para variar.

No se le escapa que su nombre, Germán, está rodeado por un trazo grueso, dos veces, como indica la fotografía.

Y su instinto le dice que hace bien en preocuparse por su marido.

Pat ha sido escrupulosa en eso. En que reproduzca todo tal cual figuraba en la Molaskine original.

Hay nombres que Mar reconoce en esa listado reflectante.

Otros, en cambio, no le dicen nada. Le resultan familiares los nombres de pila de algunas combinaciones, pero, por supuesto, no tiene forma de conocer los apellidos de los Afortunados.

La sorprenden varias cosas que no va a tener tiempo de procesar.

El nombre de Curro Peiró también está incluido en el inventario fatídico.

«Curro Peiró . Curro Peiró…». Ese nombre la persigue.

Sabe que es importante . Su subconsciente lo asocia al peligro.

También a Germán Casals . Parpadea su perplejidad, que en ese momento lee, diáfano, «Seveso ».

La luz roja que ha encendido el nombre sin rostro deja de parpadear unos instantes.

Siempre fue horrible para asociar apelativos con caras.

Sus ojos regresan al tramo donde figura la ciudad italiana.

Solo que a Seveso le precede el nombre de una persona que no es Begur, sino una tal Livia Ferrante.

Está en lo cierto.

El tiempo se acaba cuando la sinapsis de sus neuronas conecta a un tipo esquivo con la identidad de Peiró.

Un profesor pirado del que le había hablado Elena en alguna ocasión.

El hombrecillo anguloso y extraño, cliente de la Fea.

El mismo con el que su alumno Germán casi llega a las manos . «¿Qué está pasando aquí?».

Unas voces amenazantes discuten al otro lado de la puerta. Reprenden al gorila por haber permitido que alguien ajeno a la investigación hable con una de las principales sospechosas. Le increpan.

El momento de apretarle las tuercas a Maravillas Poquet ha llegado.

—Rápido, haz una foto al espejo.

Patricia saca una instantánea con su tableta. Por su parte, Mar se apresura a borrar la carpeta de eliminados de su teléfono y a limpiar el enigma tóxico que sostiene el cristal.

«Señora Poquet. No lo repetiremos. Abra la puerta».

Aguilar le sonríe a una mujer de coraje grande y apellido pequeño.

Maravillas abre. Deja la puerta de par en par.

El contraste de temperatura se lleva lo poco que queda de los trazos de Germán Casals, entre dos círculos concéntricos que lo señalan como el vórtice del misterio del Embryo.

Los malos entran.

Amenazan a Aguilar y la sacan del camarote a empellones.

Patricia sale por la puerta con la cara perlada de sudor.