El vuelo de la fortuna Capítulo 40
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Capítulo 40

Seis meses antes

Aeropuerto de Castellón

El trayecto desde Madrid al aeropuerto de Castellón había sido apacible.

« Quizá si el simulacro de carga del Embryo acaba en hora pueda pasarme por casa a saludar».

Patricia Aguilar añoraba la terreta más de lo que solía admitir.

Una parada en boxes de una hija ausente que no supo encontrar el momento para llorar a su abuela.

Lo hizo mal y en diferido, lejos de Artana.

Aún no lo sabía, pero su renuncia silenciosa había comenzado cuando su persona favorita partió sin despedidas.

Enfiló el punto donde había quedado con Ponce Savaté.

En el contrato del guionista figuraba acceso ilimitado al dirigible, así como reuniones a demanda para satisfacer la curiosidad de un autor que fingía escribir parapetado en el rigor documental.

El dirigible partiría de Frankfurt en seis meses, pero antes debían testarlo.

Muchas veces. Ese día, tendría lugar el primer test y vuelo experimental.

Ponce había solicitado estar en primera fila.

Una vez superado el control de accesos exterior, observó cómo Savaté estacionaba de mala gana en el área de acceso restringido para vuelos privados. No podía continuar solo. Caminó unos metros y se subió al coche de Aguilar.

En la garita de vigilancia, Patricia mostró su credencial al volante y saludó con un cabeceo a una furgoneta de cristales tintados que aguardaba tras la baliza.

No se conocían, pero el emblema de la fundación flanqueando ambas puertas le aclaró para quién trabajaba.

A lo lejos, un dirigible blanco de proporciones bíblicas flotaba ingrávido como en un sueño sin nombre.

—¡La Virgen! ¡Es enorme!

El escritor que no escribía se quedó sin palabras.

Su orgullo asintió: el plan imposible tomaba forma después de tantas renuncias. Salieron de los coches. Se enfundaron los chalecos de seguridad laboral. «Crew», se leía en sus espal das fluorescentes. El resto del trayecto lo hicieron caminando, a pie de pista.

—¿Por qué Castellón? —preguntó Ponce, recuperando el habla .

—Porque es discreto y está lo suficientemente alejado de todo.

Asintieron en silencio. Savaté había hecho los deberes.

A  los trayectos comerciales, el aeropuerto de Castellón había sumado las operaciones charter y vuelos privados, las actividades de escuelas de vuelo y las operaciones de estiba aérea.

Probablemente por ahí, escudándose en la diversificación, la entidad había encontrado la grieta legal.

Ponce lo dedujo, pero prefería escuchar la versión corporativa. Patricia se la brindó, amable:

—El aeropuerto funciona bien, ha conseguido ser rentable gracias a la visión comercial de la sociedad que lo explota. Han logrado atraer el interés de corporaciones aeronáuticas y de otras empresas de la cadena de valor del sector como la reparación y el desmantelamiento de aviones.

—Será por espacio…

—Así es. Aquel que ve a la izquierda corresponde a las naves de nuestra institución .

Justo detrás del zepelín mecido por el viento, quedaba la torre de amarre.

Y, tras ella, los hangares. El tamaño de los almacenes ocupaba cuanto alcanzaba la vista.

Numerosos vehículos , con opacas lonas verdes, entraban y salían de los barracones .

La apariencia militar del transporte no podía ser casual.

«Nadie se mete con el Ejército. No hace falta ser muy creativo para saber quién ha diseñado esta performance », se dijo Ponce.

Le siguió el juego a Pat, una mente que admiraba.

La respuesta a cada una de sus preguntas ponía de manifiesto la autoría de El Show de Truman logístico .

—¿Y los camiones?

—Son para la prueba de estrés estático.

—Se me había olvidado lo mucho que preguntas , Savaté. —Monika Volkers se unió a la conversación.

Patricia se tensó al escuchar la voz de Volkers a su espalda. Desde el gabinete le habían confirmado que la presidenta los recibirían en persona. Intuía que la relación entre ellos era especial. Aquella deferencia constató la sospecha.

Se saludaron con dos besos fugaces. La tela de su pantalón se estrechó. Aquella tensión bastaría para alimentar un buen fuego de san Telmo.

—Decíamos que la prueba de hoy es para la carga estática, señora —dijo Pat. A pesar de la desafección creciente con la entidad, quería contar con la aprobación de la genetista.

Monika se quitó las gafas de sol. Caía la tarde y comenzaba a refrescar.

—Gracias, Aguilar. Sí , durante días realizaremos dos ti pos de ensayos con pesos.

La primera prueba, la estática. Esos camiones —mintió— transportan la masa equivalente al cargamento de la bodega, el pasaje y lo necesario para la vida a bordo durante cuatro días : provisiones, utillaje, combustible, etc.

En tierra, debemos comprobar la resistencia estructural del dirigible, así como revisar los lastres.

Es decir , evaluar el aerostato y ponernos a prueba a nosotros mismos : nuestra logística, nuestro equipo, las grúas, el peso, la provisión del diésel.

Una vez en el aire, no tendremos modo de repostar.

Savaté se extrañó:

—¿Diésel? Pensaba que volaríamos con hidrógeno verde…

—Y lo haremos. Nos elevaremos con energía limpia, pero me temo que para propulsarnos continuaremos contaminando un poquito más.

Hizo un gesto cómplice con los dedos índice y pulgar. Aquel tamaño ínfimo olía a desafío.

—Seguro que por muy poco tiempo —recogió el guante Ponce.

—En efecto.

Sonrieron.

—En unos minutos tendremos la segunda parte del test. La prueba de carga dinámica. El capitán Schäfer lo tiene todo preparado.

—¿Prueba dinámica?

Ponce anotó el concepto en su Moleskine nueva.

Se trataba de un vuelo corto con la tripulación justa para comprobar las condiciones de ascenso, descenso y viento lateral. Un control necesario para calibrar el rendimiento de combustibles fósiles y limpios con la carga real.

—Según nuestros cálculos, en dieciocho horas alcanzaría mos Frankfurt —dijo Monika—. Ponce, ¿qué me dices? ¿Quie res ser nuestro cobaya?

Aguilar parpadeó. La agenda no contemplaba pasajeros durante el trayecto.

Eran las cinco y media de la tarde cuando el Embryo soltó amarras.

Al día siguiente, El Mediterráneo de Castellón recogería la maniobra como un éxito, dentro de un plan de diversificación de vuelos recreativos que no existía.

Mientras Savaté y Volkers debatían en privado sobre tamaños y tensiones estructurales, el Embryo dejaba atrás Vilanova de Alcolea y Benlloch .

Desde el puente de mando, Pat disfrutaba del candilazo del atardecer invernal ajena al peligro: la dotación de un laboratorio fantasma que no aparecería en los mapas. La carga alegal de las tripas del Embryo se emplearía en mayo del año entrante.

Aquella noche, pensó, tampoco cenaría en Artana.

El hombre avión la despidió con amor.