El vuelo de la fortuna Capítulo 39
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Capítulo 39

Veintisiete horas antes de la tragedia

La presión es como un émbolo que consigue que su atención se achate. Necesita pensar. Pensar con las manos siempre la ha ayudado a combatir su dispersión. Pero, antes, tomará un baño. Vaciar la mente para zambullirse en el enigma del Embryo.

Con el cambio de compartimento, perdieron en orden, pero ganaron en espacio.

El espejo es enorme, y la bañera, considerable.

La luna le devuelve un aspecto terrible.

Se lava la cara. Repara en los carteles estridentes que ha visto en cada lavabo en todos los idiomas conocidos: No apta para el consumo .

Otra paradoja del Embryo: tener agua en abundancia y no poder beberla.

Toma un botellín y comienza a desnudarse.

La superficie del cuarto de baño es amplísima y la luna del espejo cubre práctica mente la pared frontal, en la que se observa.

Fácilmente pue de medir dos metros y medio, tal vez tres.

El agua comienza a borbotar. La tina se llena con un calma lenta.

La quietud no aparece. Hay una hipótesis que nadie maneja y que la sobrepasa.

Que las razones para matar al escritor no sean exógenas —ni una amante ni una inversión que encolerizó a los señores de la guerra—, sino endógenas: su propio talento.

Sus guiones y escritos eran originales, sí, pero siempre tenían un punto de verdad.

Era un observador nato. Sin embargo, hacía meses que no escribía una línea y eso no debía trascender.

Así lo demostraban los garabatos de sus notas.

Pasar por periodos valle es algo típico de los autores prolíficos.

Un personaje de King atravesó por una circunstancia similar.

No obstante, nadie se percató porque continuaba publicando obras durmientes en un cajón.

La promoción y los tempos editoriales se encargaron de mantener la estela de su popularidad en plena forma.

Quizá Tavo Méndez detectara algo así en Ponce y quiso desenmascarar su sequía.

Y forcejearan. Y la muerte fuera fortuita, después de todo.

«No, eso no tiene ningún sentido». Ponce Savaté se había molestado demasiado en documentar su travesía minuto a minuto.

En hacer dibujos de todo. Anotarlo todo.

Recuerda haber visto trazos de escenas cotidianas de la vida en el Embryo, de la sala de vista panorámica y de otros espacios.

Bosquejos de personas pretendidamente aleatorias a mano alzada.

Lo que más le llamó la atención fueron las anotaciones fechadas meses antes de la travesía.

Datas y lugares como el aeródromo de Castellón.

Supone que, como muchos escritores, tenía el ritual de estrenar cuaderno con cada nuevo proyecto.

Mar también lo hace. Quizá pensaba que la travesía épica daría para una novela. Una obra póstuma, en cualquier caso.

Se dirige a por el teléfono móvil. Poca batería y cero conexión con el exterior.

Desentrañar este misterio será la misión de la más frágil de los aislados.

Utilizará las horas en defensa propia. Mientras, la fundación impide que reciba más visitas que puedan comprometer la historia, modificar el relato.

El grifo continúa borbotando. El agua, subproducto del hidrógeno, se genera mientras vuelan. La circularidad del dirigible es la única verdad que les han contado.

La bañera está a punto de rebosar y cierra la llave.

El cuarto de baño parece un spa. Sonríe triste, pero esta vez solo intuye una figura borrosa tensando los labios.

La superficie está completamente empañada.

Cierra la puerta para preservar el calor.

«¿Por dónde iba? Ah, sí. Las fotografías del móvil.

Y las notas sobre el convenio». Recupera el papel deslucido.

Germán lo dejó sobre la consola. Su mirada en la última página.

Allí están las inscripciones que ha copiado del galimatías de Ponce.

Las repasa:

S9LL1V9R9M_T€∞QØP_9M1HS∞K∞F_93 — 42

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91V1L_€TN9RR€F_ØS€V€S_04

€NN€1L∞J_∞9€RØM_€S∞ØL∞ØT_54

ØRR∞C_ØR1€P_91X∞M_32

9RØR∞9_L9∞GN€M_R9N9CL9_63

Y9J9R_R9M∞K_L9PØHB_14

???ØN1TS€DN9LC_Ø1RØT9RØB9L

Las anotaciones siguen sin decirle nada.

Hay ocho líneas de código. Duda de si serán suficientes para hallar un patrón.

No llegó a repasarlo entero, quizá hubiera más inscripciones en las últimas hojas.

Igualmente, sabe que es esto y no lo demás lo que le ha costado la vida a Ponce Savaté.

Ha sido su curiosidad, el saber por qué cuatrocientas personas vuelan desconectadas del mundo en un truco efectista para la humanidad, lo que se lo ha llevado por delante.

El porqué continúa siendo la cuestión más desquiciante de todas.

Llaman a la puerta.

Un terror frío recorre a Mar. Y, de pronto, lo sabe.

« El interrogatorio». Se ha engañado a sí misma.

Sí, faltan seis horas para la reunión conjunta, pero antes deben tomarle la declaración grabada para las autoridades competentes, y, con seguridad, le confiscarán el teléfono.

Que no lo hayan hecho desde el comienzo demuestra que ni siquiera la fundación estaba preparada para algo así.

La situación está descontrolada.

Los golpes secos se suceden. Elimina las fotografías de la ga lería, esconde el papel.

Una llave maestra hace girar la manecilla del camarote veinticuatro.

No llega a tiempo de vaciar la carpeta de archivos eliminados del dispositivo.

Para sorpresa de Poquet, quien irrumpe en la habitación no es Schäfer ni los esbirros de Acevedo.

Es una mujer de pelo frito y cara desencajada.

La persona que se cuela en la cabina es Patricia Aguilar.

«Viene en son de paz», se dice al verla. Lo expresa su lenguaje no verbal, su cara. Lo grita hasta la última punta abierta de su cabello. Lo dice:

—Vengo en son de paz. Quiero ayudar —aclara una vez se ha librado del vigilante de la puerta.

Cierra tras ella.

Mar desconfía.

—¿Cómo te han dejado entrar?

Le muestra un salvoconducto para circular libremente por el dirigible. Dadas las circunstancias, es papel mojado, pero no será Mar quien desacredite a quien una corazonada la sitúa de su parte.

—Le he dicho que me envía Volkers.

—¿Y se lo ha tragado? Se supone que estoy aislada hasta los interrogatorios.

La verdad es que no sabe qué pensar .

—¿Crees que ese imbécil de ahí afuera lleva un control de a quién han tomado declaración y a quién no?

Sonríen con angustia cómplice. Tras el paripé de la investigación simulada, en unas horas Volkers explicará que la muerte del escritor ha sido accidental.

—Ya tengo el comunicado redactado —le cuenta Aguilar—. Eso sí, debemos ser rápidas antes de que venga el capitán. Ven, siéntate, tengo algo que contarte.

Toman asiento. Patricia lo hace sobre la colcha; Mar entrecruza las piernas en el suelo.

—Sé que robaste el cuaderno, Mar.

—Sí, fue una estupidez por mi parte…

—Y sé que has visto lo que anotaba Ponce . ¿Qué era?

Duda.

—Venga, coño, Mar. Estás aislada, retenida, ¿ qué puedes perder? Estoy dispuesta a compartir contigo lo que sé. Tengo que perder mucho más que tú… Necesito saberlo.

« Es una de ellos», se dice, pero el humor negro de Aguilar vence sus resistencias.

—Lo que necesitas es vivir sin miedo —dice burlona.

La alusión a la charla de biblioteca las hace flaquear. Algo había cambiado entre las mujeres , la otra noche. Es sororidad.

Aguilar le ofrenda su revelación :

—¿Recuerdas cuando fuiste al camarote a robar el cuaderno ?

Maravillas lo recuerda perfectamente.

—Pues, verás… Yo era la persona a la que Ponce estaba esperando.

Parpadeo. El camarote de Savaté parecía el metro en hora punta.

—No, tranquila. No es lo que piensas. No soy su tipo para nada. Yo soy, bueno, era, una de las confidentes de Ponce. —Suspira. Está convencida de que la Fundación Embryo es solo una tapadera y está dispuesta a averiguar de qué . Toma carrerilla.

—Verás, meses atrás, yo aún estaba deslumbrada por el proyecto y me negaba a reconocer que había cabos sueltos.

Le habla del vuelo experimental en noviembre. Que Ponce había descubierto que a ese primer vuelo desde Castellón le precedió una prueba de carga estructural.

—Tiene sentido — dice Mar—, las anotaciones del diario comienzan por esas fechas .

—Pero eso no es todo.

—…

—Creo que en esa prueba aprovecharon para introducir entre la carga algo más. Algo letal.