Capítulo 38
Treinta y tres horas antes de la tragedia
Hace frío en la sala. Y es extraño, porque la temperatura a bordo del Embryo es perfecta todo el tiempo.
El olor también es diferente donde retienen a Maravillas contra su voluntad.
La atmósfera está viciada. Una vaharada a herrumbre, a desinfectante, la pone en alerta.
El laboratorio fantasma, ese que no viene en los mapas, está cerca.
«Solo quieren aislarme. Asustarme», se repite Mar.
Y les está funcionando. Intenta controlar la respiración, eludir el pánico, pero su corazón va a la suya, latiendo a todo lo que da. «Tranquila. Para. No tie nen nada».
La fundación se aferra a un cuaderno violentado.
Intenta observar el cuartucho, sacar fuera la atención. Recorre la celda monacal. Ni un cuadro, ni un estante o planta a la que asir la mirada. Nada la salva.
Su situación es delicada: la de una cabeza de turco a quien colgarle un asesinato ante la prensa internacional.
Savaté averiguó algo gordo sobre los Afortunados y alguien quiso acallarle.
Pero ¿quién? Camina en círculos por la cámara sellada para entrar en calor.
Mira sus manos, sus pies. Cae en la cuenta de que va descalza.
Se alegra de que nadie pueda verla. Es fácil confundir desamparo con culpabilidad.
Encuentra una banqueta en el centro del cuartucho.
«¿Ha estado aquí todo este tiempo?». No es necesario que los malos le hagan luz de gas, se basta ella sola.
«El capitán la informará del protocolo a bordo en estos casos», dijeron.
No sabe cuánto tiempo ha transcurrido desde eso.
Maravillas se desfonda sobre el taburete como un maniquí ingrávido de la Fea.
El asiento es metálico y la gelidez la atra viesa a través de las nalgas.
El vestido ligero con el que se vis tió para escapar del abrazo de Germán no colabora demasiado. Tirita de frío.
Pasos airados.
Voces.
—¡No pueden retenerla aquí! Exijo ver a mi mujer. —Germán al otro lado de la puerta. Ha averiguado dónde la tienen.
—Germán, ¡estoy aquí!
No está solo.
—Esto es sumamente irregular —exclama Begur—. ¿Qué pruebas tienen contra esa pobre chica?
—Vamos a calmarnos todos un poco —dice Schäfer, autoritario.
La puerta se abre. Allí están Germán, Begur y el capitán, vestido de blanco.
El uniforme consigue su propósito: atajar el conato de insubordinación con su potestad cegadora.
Junto a Germán y Begur , un grupo incumple la norma del confinamiento en las cabinas .
Como el marido de Poquet, buscan respuestas.
Un dispositivo marcial de cuatro personas los invita a que regresen a sus habitaciones.
Desde su encierro, Mar escucha las instrucciones: se ha convocado una sesión informativa en el salón principal a las ocho de la tarde.
El almuerzo, como ha ocurrido con el desayuno, se servirá directamente en los camarotes.
Una estrategia inteligente para ganar tiempo. La comitiva se aleja.
Mar echa de menos un mensaje edulcorado que le diga que todo irá bien.
Seis horas después, Germán y Begur han logrado que Schäfer entre en razón.
Los tres han pasado fugazmente a visitarla al cuartucho donde Mar espera pacientemente.
Tras un tira y afloja acalorado, acuerdan trasladarla a la cabina veinticuatro .
Desde entonces, un guardia de seguridad custodia la entrada.
Nadie debe entrar o salir hasta la sesión informativa.
Sigue estando retenida, pero al menos está algo más cómoda en su compartimento.
Germán y Begur se ofrecen como voluntarios a confinarse con la sospechosa.
Schäfer lo prohíbe.
—Me temo que eso no es posible, baronesa. Ya hemos hecho suficiente al aceptar desplazarla a su confortable estancia. Solo seguimos el protocolo.
—¿Y cuál es ese protocolo, si puede saberse? —pregunta Germán.
—Verá, señor Casals. El método en estos casos dice que se tiene que certificar la muerte de la persona a bordo y trasladarla a un lugar apartado.
Algo que ya hemos hecho. Afortunadamente, disponemos de un espacio auxiliar en el casco, con varias cámaras refrigeradas.
También de un equipo médico excelente, dada la rara condición de Hans Acevedo.
Según la información de la que dispongo, es ese mismo personal el que está tratando de conocer la causa de la muerte del señor Savaté.
Maravillas calienta sus manos con un té ardiendo del hervidor de cortesía. Su calor y la presencia de sus aliados atemperan su ánimo. Toma un sobrecillo para aquietar sus pensamientos; el ritual la acompaña.
«La suerte es el arte de saber cuándo actuar».
Quiere gritar su inocencia, compartir el galimatías hallado entre las páginas del cuaderno de Savaté. Ponerlos sobre la pista correcta. Elige escuchar mientras sorbe el té en silencio.
—Pero ¿esa autopsia tendrá validez? —dice Begur.
—Nos enfrentamos a circunstancias de extrema gravedad, baronesa.
No es momento de ponernos exquisitos con los tecnicismos.
En este momento, mi prioridad como capitán es garantizar su seguridad y evitar que cunda el pánico.
Por ahora, se ha procedido al levantamiento del cadáver, y, hasta don de sé , Nanshan ha realizado una inspección ocular para no des truir pruebas que pudieran ser objeto de una investigación posterior.
Todo el proceso ha sido debidamente documentado.
—¿Por sus palabras entiendo que no es prudente descartar el asesinato?
—Me parece, baronesa, que ha leído demasiadas novelas de misterio. Le repito que, por el momento, nos hemos limitado a aislar tanto a los testigos como a los principales sospechosos —responde Schäfer .
—¿Sospechosos? —A Mar le sorprende el sonido ronco de su propia voz.
«¡No soy la única!», piensa. Quizá tenga una oportunidad después de todo.
—Estamos tomando declaración a los diferentes sospechosos.
En cuanto nos sea posible, alguien interrogará a la señora Poquet, por supuesto en mi presencia.
Por eso la hemos hecho esperar tantas horas en ese…
habitáculo . —La mira—. Le pido disculpas, señora.
La logística está siendo complicada y no te nemos instalaciones adecuadas para todos.
— Esto no tiene ni pies ni cabeza —tercia Germán—. Todos estamos impactados por lo sucedido. Lamentamos muchísimo la muerte de Ponce.
Su cara trasluce tensión y una pena sincera. No le caía bien el escritor, es cierto, pero nadie merece acabar así. Continúa:
—Pero seamos honestos, capitán. Savaté era tan talentoso como polémico. Pudo hacerlo cualquiera que tuviera un motivo y la oportunidad. Y mi mujer no tuvo ni lo uno ni lo otro.
La tensión puede con Poquet .
Solloza.
Schäfer trata de calmarla:
—No llore, señora.
—Mi mujer y yo estuvimos esa noche juntos. Preferiría no tener que entrar en detalles. Todo esto ya es bastante desagradable …
—Tendremos que comprobar el circuito cerrado de seguridad.
Todo apunta a que Mar salió en algún momento, pero Germán solo quiere protegerla.
—Por ahora tenemos aislados a tres individuos más como personas de interés. También al empleado filipino, como principal testigo del hallazgo del cuerpo. Son cinco en total .
—¿Podemos saber quiénes son los otros? —pregunta Begur.
—Arya Devant, la acróbata.
Aunque cualquier marido celoso o mujer desairada del Embryo podría haber tenido la ocasión, la lógica conduce a la maga.
Es obvio que Ponce Savaté y Arya Devant se conocían.
Quizá de algún estreno de las múltiples adaptaciones de sus novelas en Estados Unidos.
Mar sospecha que tuvo que ser Ayra con quien estaba la primera noche que intentó robar las notas.
Pero algo no encaja . Las inscripciones misteriosas cruzan su mente, como el fuego de san Telmo de un Germán que habla en sueños.
El capitán continúa desgranando sospechosos:
—Octavio Méndez.
Sorpresa.
—¿Tavo? ¿ Octavio Méndez, el crítico literario?
—Begur levanta mucho los brazos . Por su tono, es evidente que lo co noce.
Es más , que son amigos—. Por Dios bendito.
Tavo no sería capaz de matar a una mosca.
Nadie se toma en serio sus malas críticas ni la relación de teatrillo de esos dos.
Quizá Savaté sí le guardaba rencor. Tavo no se portó bien con el tema del hurto en casa del autor. Pero ¿al revés?
—Algunos huéspedes fueron testigos de las amenazas de Méndez a Savaté en el vestíbulo del Florentin —explica Schäfer perdiendo la paciencia.
Begur lo recuerda vagamente.
—¿Quién es el último investigado?
—Arkady Volkov. Un empresario cercano al Kremlin, contrariado por el alarde de sus inversiones en Shevchenko, el yacimiento de tierras raras del Donbass.
Miradas de asombro.
—Digamos que Ponce Savaté, con su encanto para el placer y su ojo para los negocios cuestionables, ha cabreado a mucha gente.
Mar recuerda sus polémicas declaraciones en los Goya.
—Tenemos razones para creer que su apoyo a Ucrania pudo levantar ampollas en el Kremlin. Ponce sumaba millones de seguidores en redes.
Germán coincide:
—Tal vez alguien está queriendo enviar un mensaje disuasorio al resto de inversores europeos… Ya saben, los enemigos de los rusos son especialmente propensos a sufrir accidentes. Me temo que tienen mucho trabajo , Schäfer, con tantas hipótesis y líneas de investigación abiertas.
El alemán asiente, conminando a los acompañantes a salir.
—Y ahora, si me permiten, ya les he contado demasiado. Lo he hecho por deferencia porque creo que su mujer es inocente. Las pruebas contra ella son circunstanciales y tenemos cosas más graves de las que ocuparnos.
Cosas como que la muerte del escritor haya ocurrido sobrevolando aguas internacionales, que ningún país tenga jurisdicción y que, cuando la señal de radio esté operativa, una crisis mediática y diplomática azotará al zepelín con más fuerza que una tormenta eléctrica.
Para eso faltan más de veinticuatro horas.
Sobrevuelan el Atlántico Norte cuando la puerta se cierra tras ellos.
Algo más serena, Mar solo puede pensar en la reunión informativa. Y en las horas de q ue dispone para descifrar los códigos del cuaderno mortal.