El vuelo de la fortuna Capítulo 37
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Capítulo 37

Barcelona

Los días en Barcelona se desprendían del calendario tristes e iguales. Hasta que el bebé se adelantó. Las bragas goteantes, el suelo empapado. El terror se apoderó de Livia Ferrante. Los huéspedes parloteaban a su alrededor.

Anheló el silencio cómplice de Antonio.

El viaje a Barcelona duró dos días y medio. Conducía Antonio, un camionero casado con una española que hacía la ruta Milán-Barcelona varias veces al mes. El primo de Stefano partía al día siguiente de la fatídica manifestación. La despedida de Livia fue torpe e improvisada.

—Te caerá bien, ya verás. No habla mucho — dijo el italiano.

Así llegó al Bonaventura. Un hostalito sin estrella donde compartir un cuarto escueto con otra chica embarazada. Esta de buena familia.

Benita, la Beni, con artículo, regentaba la suerte en el barrio chino de la ciudad condal.

En ella, con la falsa contención de los píos, acogía a mujeres que estaban de reposo en cualquier otro lugar hasta que su dolencia transitoria desaparecía.

En las semanas que había estado allí, el trasiego de mujeres jóvenes, desoladas, aún perplejas, era una romería.

Llegó a pensar que aquel negocio, y no la hospedería, era la verdadera fuente de ingresos de la Beni.

Ferrante era demasiado joven para entender que pensiones cómo aquella pronto serían un anacronismo en una España hambrienta de libertad.

Acertó con la Buenaventura. Se equivocó con Antonio.

A lo largo de los meses, pudo comprobar que era un hombre bueno, parlanchín y jovial.

En aquel primer trayecto, se dijo, prefirió no saber.

Era más sencillo callar si el puzle de aquella italiana desafiante continuaba incompleto.

Si algo había aprendido el primo de Stefano con el correr de los años era a no juzgar.

La vida no le había dado hijos a él y a la Beni.

Sin embargo, dijo, tenían un montón de nietos a buen recaudo.

Eso fue lo poco que logró sacarle en claro a lomos de aquel Pegaso.

Adoraba ese camión. Le permitía alejarse lo suficiente para mantener a raya a la cordura.

Consiguió tomarles afecto: al chófer, a la Beni, a las chicas, aquellas aves de paso.

También a los huéspedes del Bonaventura, algunos ya habituales con los años.

Una de las residentes era quien le estaba secando la frente cuando el bebé tuvo prisa por salir. La acompañó a su cuarto. Estaba pálida.

—Te has hecho pis, Livia —dijo su compañera de habitación.

La Beni llegó alertada.

— No és pixum, nena. —dijo la Beni—. Ja ve. La criatura està en camí. Au, va. Afanya’t, dugues aigua calenta i unes tovalloles .

Despertaron al doctor. Solo tenía que cruzar la calle.

Ferrante comenzó a rezar lo poco que sabía. A  diferencia del resto de las aves, desconocía si su cría sería viable. Si llegaría sana, con el plumaje completo.

El bebé no quiso esperar al doctor.

— És una nena, Livia —exclamó la Beni—. Tens una filla! Està perfecta. I sana. És rodoneta i preciosa .

—Enhorabuena, Liv —dijo la chica—. Tiene tu nariz de gaviota.

Se llevaron a su hija para asearla. Ella apartó la vista. Su amiga le retiró los cabellos pegados de la frente con cariño .

«Está sana».

Y, con la determinación con que se toman las malas decisiones, aceptó la propuesta de la Beni de no mirar a los ojos de su niña preciosa cuando se la devolvieron perfumada.

La bebé insistía en no soltar su mano. Contó sus deditos de manos y pies.

Veinte . Los volvió a contar. Otra vez, sumaban dos decenas.

Después de todos aquellos meses de angustia y horror, la criatura era un prodigio.

—¡Lleváosla, quitádmela de encima! —Livia rompió a llorar.

Desde la cama, creyó escuchar a Benita en un castellano forzado.

Hablaba con una casa cuna que obraba adopciones milagrosas por las que nadie preguntaba.

Lo hacían a cambio de la voluntad de unos padres tan yermos como generosos.

La niña acabaría en una ciudad con mar, le dijeron. Y eso consoló a Ferrante, un poco.

En su duermevela febril imaginó para su hija una vida mejor, que no tendría.