Capítulo 36
Treinta y ocho horas antes de la tragedia
—Señores , aquí no queda nada por ver. Por favor, vuelvan a sus aposentos.
Es lo que único que alcanza a escuchar Maravillas Poquet antes de ser conducida a un habitáculo para ser interrogada. Su cautiverio le ahorra el descenso de Savaté .
Liberar al guionista de las telas no es sencillo. Son necesarias tres personas para desenredar su cuerpo exangüe con la delicadeza de un centurión romano. El nerviosismo es incontrolable. Tanto que Volkers teme un estallido del pasaje a bordo.
Se desconocen las causas del deceso. Sin embargo, los viajeros intuyen el diagnóstico mortal: asesinato. Ese pensamiento sobrevuela las cabezas de los viajeros como una persistente borrasca.
«El asesino está aquí . El asesino es uno de nosotros».
El miedo es una enfermedad contagiosa.
Y, en cuestión de segundos, el Embryo tirita de frío.
Un golpe sordo encoge a Volkers. Es el sonido de un fardo al precipitarse sobre el escenario.
Ponce , acostumbrado a enredar tramas en la ficción, ha protagonizado una salida de escena excesiva.
Uno de los operarios ha resuelto cortar por lo sano y rasga la cuerda.
Una solución eficiente para ocultar el cadáver de la vista del pasaje .
Aislados, no tenía sentido esperar a que el juez de guardia decretara el levantamiento del cadáver, ya en destino.
En el aire, la realidad es mucho más prosaica: necesitan el salón para los próximos servicios de comidas.
No pueden confinar a los pasajeros indefinidamente mientras dure la investigación.
Hasta hacía un segundo, el cuerpo de Ponce yacía dislocado entre las telas acrobáticas y las cuerdas de la tramoya que controlaban pesos y contrapesos, incluyendo el mecanismo del telón principal.
El origen del supuesto accidente estaba por determinar, pero era obvio que se había precipitado desde una altura considerable y que, al caer, una de las cuerdas se había enmarañado alrededor del cuello.
Cuestión de mala suerte. Si hubiera vencido hacia cualquier otro ángulo la caída desde el falso techo, a tres metros de altura, quizá se hubiera limitado a un esguince o a algún hueso roto.
En cambio, la gravedad, unida al sistema de poleas ahora inutilizado, había hecho el resto asfixiándolo sin remedio.
Monika observa cómo Aguilar, conmocionada, se apresura a tapar a su amante con un cobertor.
Ponce Savaté parece ahora un niño muy pálido que finge dormir en una postura incómoda.
A su lado, una pelota de piel en la que nadie repara.
Algu nos objetos del número de Arya acompañaron al guionista en su caída.
El jefe de seguridad y sus centuriones trasladan en una camilla plegable los restos de Ponce Savaté.
Lo hacen en si lencio, con un respeto ceremonial que no sienten.
Lo depo sitarán en la cámara frigorífica del laboratorio clandestino del casco, donde Nanshan le practicará la autopsia.
A escasos metros, se encuentra Mar Poquet para ser interrogada.
La fundación necesita los resultados de Nanshan como el respirar, algo a lo que asirse para calmar al pasaje.
Los ánimos están caldeados, no es prudente descartar un motín.
Un espejismo de control que les permita construir el relato.
Pero, para eso, precisan tres cosas: la causa de la muerte, el móvil y una cabeza de turco.
— ¿Y bien? —pregunta Volkers tras el examen del doctor Nanshan.
—Ha muerto por hipoxia. Asfixiado.
A Volkers le tiembla el labio.
—¿Podemos saber la hora aproximada en que ocurrió?
—¿Se encuentra bien? —dice Nanshan.
—Perfectamente .
Un escalofrío controla sus movimientos.
Alega frío. Es la pena.
—La temperatura del bazo nos dice que sucedió en torno a las dos de la madrugada .
Monika se aproxima al cuerpo de Ponce, tantas veces recorrido , y le acaricia el pelo. Reprime el instinto del beso en su cabeza. Ve la herida abierta. Y se limpia sobre el pantalón unas motas imperceptibles de polvo, se diría que de arena.
—¿Y esto? —Señala la brecha.
—Sí, al parecer fue golpeado desde atrás por un objeto romo. Quizá el impacto le causó la pérdida de equilibrio . Después, el instinto le hizo bracear, con tan mala pata que se tropezó con el cable del telón , que accionó a su vez el contrapeso y quedó atrapado en una tela de araña.
—Tuvo muy mala muerte —concluye el jefe de seguridad.
Nanshan coincide. Se ajusta las lentes.
—Sí, porque el asesino pudo haber evitado su muerte, de haberlo querido. Este pobre tardó mucho en morir. Dos, tres minutos.
Monika toma una gran bocanada . Le falta el aire.
—Es horrible.
—Sí. Debió de estar pataleando en el vacío, luchando por su vida, a un palmo del escenario. Quien fuera que provocó su caída con su ataque podría haber bajado y haberle librado de su agonía, pero simplemente no quiso…
—Entonces, descartamos la muerte accidental.
El hombre asiente.
—Tuvo que ser alguien a quien Savaté conocía bien. Porque no vio venir el golpe.
—No tiene por qué. Puede que simplemente fuera alguien que le tenía ganas. Ese tipo sabía cómo cabrear a la gente —d ice el centurión.
—Sea como sea, el ataque le pilló desprevenido.
Volkers ve algo en la mirada de su hombre de confianza.
—Gracias, Nanshan.
El doctor se va. Quedan el matón, la presidenta y el cuerpo del delito.
—Pero hay algo más —dice Volkers—. Te conozco. Suéltalo, anda.
Su director de vigilancia se lo cuenta : están buscando el arma del crimen. Cuando lo hagan, tras el cribado y con el ADN de los pasajeros al completo, saldrán de dudas en cuestión de horas. Con todo , no le hace falta esperar y dice:
—La tonta de la habitación de al lado no ha sido, presidenta. El Embryo está plagado de cámaras y la señora Poquet estuvo con su marido.
—Eso no tiene por qué saberse ahora. Nos servirá para ganar tiempo.
—Tendremos que pensar en cómo deshacernos de dos cuerpos en vez de uno.
En treinta y ocho horas aterrizarán en Nueva Jersey.
El truco de ilusionismo para burlar a los medios será digno de David Copperfield.
Pero eso no tiene por qué decidirlo ahora.
Quizá a los pasajeros los tranquilice oír hablar de los federales, pensar que todo irá bien, que la justicia hará el resto.
—Eso no es todo.
—…
—Creo que debería ver algo antes de que la prensa pregunte cómo se ha volatilizado este imbécil.
El hombre le muestra a Volkers el terminal móvil de Savaté.
Debe de haberlo recogido sin ser visto durante la chapu za del descenso.
Tiene la pantalla resquebrajada, pero continúa en funcionamiento mientras aguante la batería.
El seguridad repite un gesto mecánico. Coloca el dispositivo sobre la cara cerúlea del guionista.
El teléfono se desbloquea al instante y el esbirro bucea entre los álbumes de fotos de la galería.
Sabe lo que busca. Entra en la colección de instantáneas protegidas con contraseña.
Repite la operación del rostro. Y las imágenes se liberan.
Allí aguardan un sinfín de fotos de mujeres hermosas. Clandestinas. Subidas de tono.
—Creo que las autoridades podrían concluir que el marido de alguna de estas bellezas tendría motivos para estar disgustado con este señor.
Volkers no sale de su asombro. Es evidente que ya no tiene secretos para su subordinado.
La presidenta se apresura a borrar el álbum llamado «M».
Deja, en cambio , las fotografías de una Arya Devant entregada.
«Nunca hay suficientes sospechosos». Mira cómo Arya también sonríe a la cámara convencida de su unicidad.
Cuan do intentó reclutarla para espiar el cuaderno, intuía lo evidente: que la maga era una de las amantes fijas de Savaté.
El pálpito no le ahorra el zarpazo que las fotografías corroboran.
La fecha de la primera imagen es mucho anterior al vuelo del Embryo.
No puede saberlo, pero corresponde a una data muy concreta: la del accidente mortal de Sira Devant.
Le devuelve el teléfono al hombre.
—Gracias, déjalo junto al cuaderno recuperado.
—¿ En su camarote? —Monika cabecea—. Descuide, limpiaré las huellas.
Con la muerte de Ponce, el pacto con Devant queda sin efecto.
Sería un placer comunicarle su despido. Cualquiera que fuera la conexión a la que hubiera llegado el amante de ambas ya carece de importancia.
El guionista se ha llevado la amenaza a la tumba.
El temblor no le deja pensar en cuánto se equivoca.