Capítulo 35
Milán
Las manifestaciones se sucedían una tras otra .
Protestar a voz en cuello era poco menos que un deporte en Italia.
No servía de gran cosa. Sin embargo , los italianos seguían rebelándose por el caos en la gestión del desastre químico.
Livia discutía a gritos con el informativo .
Las excavadoras limpiaron a dentelladas Mena, también su Seveso natal .
Después, los sedimentos contaminados se almacenaban en enormes cubetas .
El proceso, tras el sacrificio masivo de reses, era hipnótico .
—Esto es una pantomima.
—¿El qué exactamente? —dijo Stefano.
—La descontaminación. ¿Dónde meten esa tierra? ¿En bidones? Si son toneladas, Stefano, toneladas…
La gestión de la empresa suiza del desastre natural se podía calificar de muchos modos, el más aproximado: opacidad.
—Mis padres están desesperados. —Los nudillos de Livia, blancos de furia—. Todo su terruño, sus animales de corral, y ahora destrozan los pastos, las tierras de labranza de la comarca entera…
Stefano se dispuso a abrazarla. Su mirada le detuvo.
Ya por entonces, Biagi le resultaba insufrible.
Su estado lo volvía demasiado protector.
Esa devoción , disfrazada de condescendencia, estaba llevando a Livia al límite.
Su estadía en Milán no era sostenible después de tantos meses .
Nadie creía ya que dormía en la trastienda de tejidos de Montenapoleone.
Su afección respiratoria remitía y, según los noticieros , las circunstancias ambientales habían mejorado en Seveso.
Tenía que seguir adelante, aunque su madre y Clara la necesitaran más de lo que se atrevían a confesar.
Su amiga había sucumbido al pánico y había aceptado someterse a «la excepción».
La RAI , en cambio, se cuidaba muy mucho de hablar de aquella terrible circunstancia.
—Hay una nueva protesta este domingo —dijo Biagi.
—No vendrá nadie. Cada vez viene menos gente. Ya han transcurrido casi cuatro meses desde la explosión. La gente se ha olvidado. Continúa con sus vidas.
El redactor no estuvo de acuerdo:
—En Il Corriere dicen que esta va a ser de las gordas. Se están organizando las personas de las diferentes zonas afectadas, los desplazados. Vienen de todas partes, de Seveso, Meda, Cesano, Maderno, Desio, Barlassina …
—Sí, Michelle, el marido de Clara, está organizando la protesta, muchos vienen caminando.
—¿No estarás pensando en acudir, Liv?
Le miró con desapego.
—Stefano, estoy embarazada, no enferma .
—No pinta bien. El sindicato de Icmesa se está alineando con otros colectivos ecologistas, feministas, médicos y partidos progresistas. Los ultras de Democrazia Cristiana están caldeando el ambiente. La marcha no dispone de autorización. Habrá disturbios.
Era de esperar. La aprobación de las interrupciones por parte de las autoridades lombardas en algunas poblaciones sí y en otras no estaba generando mucha crispación.
El pánico, la histeria y la vulneración de derechos tenían al país dividido y consternado.
En las décadas sucesivas, los archivos hablarían de centenares de mujeres afectadas.
La vergüenza, la falta de trazabilidad y la desaparición de numerosos expedientes harían que únicamente se documentaran veintiséis casos de mujeres desesperadas en los archivos oficiales. Demasiados, en cualquier caso.
El domingo llegó de improviso. Se dirigieron a la piazza del Duomo a la hora convenida.
Livia se congratuló al ver que en el punto de encuentro no cabía un alfiler.
Eran decenas, miles de personas. El ambiente se caldeaba en la fresca mañana de octubre.
El cielo gris, como tristón, a punto de abrirse sobre sus cabezas.
Entre tanto, la muchedumbre se agolpaba tras la cabecera de la protesta.
En la pancarta, podía leerse en italiano Justicia para la Lombardía .
Los manifestantes llegaban exhaustos y sucios desde diferentes puntos de la plaza, agotados tras haber caminado cuatro, cinco, seis horas desde diversas localidades afectadas por el desastre industrial.
Los unía la plenitud de estar exigiendo lo correcto, pero, sobre todo, el desamparo ante una burocracia laberíntica y corrupta que retenía las ayudas económicas para recuperar sus vidas.
Stefano había quedado con el fotógrafo del periódico para cubrir la marcha.
Estaba allí con ella, sí, pero estaba trabajando.
Su equidistancia con la inmoralidad puso punto final a su relación para siempre. Lo personal es político.
La marea de personas comenzó a avanzar lentamente como movimientos estudiados de serpiente.
Imposible caminar en dirección contraria, decidir otros pasos que no fueran los de la furia.
Las horas transcurrían veloces; los pasos, lentos.
Ciu dadanos anónimos escupían y maldecían al paso de los desarrapados, los paletos suburbiales, aliviados en parte de que la desgracia pasara de largo.
Preferían criticar, no sumarse, mirar hacia otro lado.
La crispación iba en aumento. El estallido se produjo cuando ambas cabeceras finalizaron la una frente a la otra en la misma localización.
Complicado distinguir las caras intercambiables de la gente.
La cólera, los rostros rojos de filete crudo.
Hasta que Livia reconoció el que le helaba la sangre.
El de Clara. A su lado en primera fila, sosteniendo la pancarta de Democrazia Cristiana, estaba su madre.
Que estuvieran en bandos contrarios era, quería pensar, un escollo salvable.
« Mamma !». El megáfono con el alegato final de los conservadores acalló su saludo.
Clara persistió en su gesto infantil, sincero.
También lo hizo Livia y la pancarta se le escurrió, dejando a la vista su figura preñada.
Se miró el vientre, pillada en falta. Los ojos de su amiga siguieron el mismo camino.
Y entonces Clara lo supo. Un pensamiento se convirtió en certidumbre y la vergüenza de su amiga la delató ante los ojos de la matriarca.
Livia no escuchó la decepción de su familia en forma de insulto.
El pasmo parecía haberle arrebatado la audición.
«Putana», decían sus labios, sus gestos, todo su ser.
Lo repetía sin volumen como una muñeca rota, olvidada por la merienda.
Al coro de la acusación estúpida se unió la esposa de Michele.
«Putana».
« Putana».
«Putana».
El resto de los manifestantes corearon el lema en un contagio fervoroso de ira, acostumbrados a que prendiera cualquier consigna, como lo habían hecho las anteriores.
«Putana».
«Putana».
« Putana».
El cielo se abrió.
Sobre su cabeza, la Foster adolescente de aquella película americana.
Aquel desencuentro fue el detonante que necesitaba para escapar de Italia, de Stefano, de sí misma.
De una sociedad que la asfixiaba, que la juzgaba , que se le quedaba pequeña.
La mayoría de edad de las mujeres había cambiado de los veintiuno a los dieciocho recientemente, pero en un entorno rural aquel detalle no importaba demasiado.
Livia podía decidir legalmente lo que le viniera en gana.
Sin embargo, ninguna ley era tan poderosa como el juicio de la costumbre.
—Tengo que salir de aquí. Ahora que mi familia sabe lo del bebé, querrán que regrese —dijo ya de vuelta, en el estudio de Stefano Biagi.
—Pero tú, Liv, ¿qué quieres hacer?
Livia Ferrante no tenía ni idea de lo que quería hacer con su vida. Solo deseaba echar el tiempo atrás y no haber conocido jamás a aquel hombre. El español de pupilas vivas y sello de oro que entró en su tienda y la invitó a cenar.
—Solo sé que no quiero condenar a esta criatura a una existencia como la mía . En una aldea agraria sin el futuro de la tierra . No quiero que se críe como yo, con los míos .
Livia obviaba lo evidente: el terror a cuidar de un bebé imperfecto cuando no se sentía capaz de ocuparse de sí misma.
—Puedes acudir al mismo médico que Clara… Puedes acogerte a «la excepción».
—Tu imparcialidad me quema en las tripas, Stefano. Tus jefes del diario deben de estar satisfechos al ver cómo comulgas con las nuevas consignas. El eufemismo que usáis no es más que eugenesia.
—No decidir también es decidir —dijo ofendido Stefano—. Sabes que quiero a ese bebé como si fuera mi hijo.
Estaba decidida a salir de Milán con o sin la ayuda de Stefano Biagi. Comenzó a recoger sus pertenencias y sus ahorros breves. Tenía dinero. Poco, pero de algo tenía que servir haberse empeñado en continuar en la tienda para aportar la mitad de los gastos.
—¿Me ayudarás?
Él guardó silencio.
Solo cuando se convenció de que cooperar era la única vía para no perderla, le habló de Antonio.