El vuelo de la fortuna Capítulo 34
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Capítulo 34

Treinta y nueve horas antes de la tragedia

La Vaca continúa ajena a su condición de ofrenda en su habitáculo.

Maravillas abre un ojo. Se despereza feliz en ese instante previo en el que la vida aplasta.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido desde que simulaba dormir.

El cansancio también la ha vencido. Mira el reloj.

El tercer día a bordo del Embryo despuntará en unas horas.

La adrenalina regresa a su mente como una descarga.

Tiene que devolver el cuaderno antes de que la descubran.

Le asquea el olor a sal de las sábanas, caldeadas por su sudor.

Se viste deprisa, con el sabor de Germán en el cielo del paladar. Sus besos de gin en la nariz.

La habitación está fría. Bastó una mirada para incendiarla.

Germán, tumbado sobre la cama, no apartaba la vista ni sus ganas del cuerpo de su mujer.

—Creo que aún no te he dado las gracias por esto, Mar. —En su mano, el acuerdo que los alejaría definitivamente.

No advirtió las anotaciones del documento.

—Ven aquí. Charlemos un minuto.

Tras la ducha, se sentó en una esquina. El colchón se hundió, un poco , por su presencia.

El albornoz se deslizó gentilmente por su hombro dejando un seno al descubierto.

Se cubrió con un gesto instintivo. Su esposo la detuvo con una naturalidad antigua .

Germán notó la respiración agitada y eso le encendió.

Había pasado parte del espectáculo ahogando su frustración.

El alcohol desenredó los afectos. Posó la mano en la cintura de Mar , en el nudo suave del cinturón de la bata.

Mar lo miró perpleja. Jadeaba porque, hasta hacía un segundo, y ya no, lo único que quería era ganar tiempo para huir de allí.

Pero no podía escapar del deseo, de la atracción gravitatoria de un hombre al que había amado demasiado.

Se sorprendió encharcada cuando Germán le acarició los muslos .

Un escalofrío la erizó. Sus pechos enhiestos le invitaron a continuar.

Se detuvo. «¿Sigo?».

—Sigue, por favor.

Él recorrió su piel como el camino de regreso a casa. Ella hundía sus manos en su cabello de fuego. Le clavó las uñas. Promesas que herían más que garras. El amor los embistió con urgencia. Con el fervor de quienes vengan su soledad con la lengua versada de un extraño.

Germán tiene un descanso inquieto. Habla dormido. Jerga eléctrica que nadie entiende. Habla de fuegos de san Telmo. «Los fantasmas nos alcanzan en sueños», piensa Poquet.

La libreta de símbolos imposibles descansa bajo la cama.

Afortunadamente, está en la parte de Mar, la más cercana a la salida.

Entre el somier y la superficie mullida en la que han jugado a ser otras personas.

Allí está, la palpa. Germán vira y busca su abrazo.

Como en Namie. Antes de que el tsunami arrasara sus vidas de mentira.

Su anatomía imponente le aplasta la mano, la atrapa.

Los dedos de Maravillas, cogidos por sorpresa, crujen y se quejan.

Con el brazo libre llega a hacerle carantoñas por la espalda.

Eso siempre le ha tranquilizado. No sabe cuánto tiempo transcurre.

Con firmeza y decisión consigue hacerle girar, hasta que su corpachón rueda sobre sí mismo como un bendito.

«¡Lo tengo!». Se hace con el maldito cuaderno.

Sale después de arropar a Germán.

Ya está en el distribuidor de servicio. El Embryo todavía duerme.

Solo intuye al personal, que en breve se distribuirá por el crucero como ninjas invisibles.

En unas horas servirán el desayuno. Toma la escalera que da a la primera cubierta.

Como era de esperar, se ha desorientado.

Mira a derecha e izquierda con la respiración agitada.

Nada. No se ubica. Con las prisas se ha dejado el plano que Pat Aguilar colocó en las habitaciones para evitar ese tipo de situaciones ridículas.

El Embryo es un laberinto. Oye el chirriar de unas ruedas y el corredor se llena de un aroma a café recién hecho y bollería cara.

Una evocación a la pastelería de su infancia agranda la sensación de irrealidad.

Decide seguir la pista al carrito de desayuno que se dirige a uno de los alojamientos relevantes de primera.

Sigue a la persona con sigilo, que no repara en su presencia.

Lleva auriculares. El empleado, un joven filipino, se desvía a la izquierda, ella sigue a la derecha.

Desde su ubicación divisa el salón donde Arya Devant les robó la atención.

El comedor, en silencio, ahora parece otro.

Los rayos de sol entran por el vitral y juegan con los cristales de las copas.

De nuevo, aparece el terror de la anticipación y se amontona ante la pregunta: ¿cómo retornar el cuaderno si la habitación está cerrada?

La parte optimista de su mente reza por que esté entornada, como en el primer intento fallido de hurto.

Le sorprende su entusiasmo. El gozo le ha sentado bien. «Germán me sienta bien», piensa mientras sobrevuelan el oeste de Cornualles.

La belleza de las islas Sorlingas anuncia el punto de no retorno.

En minutos, el pasaje se adentrará en la negrura del Atlántico Norte y estarán solos. El sol comienza a ganar terreno e ilumina tangencialmente las ventanas. El aroma a café despierta al salón. Las ruedecillas del trasportín chirrían como un pensamiento intrusivo. Una premonición de azucarillo:

«La suerte juega con el destino, y nosotros somos sus fichas».

El sol ilumina ahora las telas durmientes de Arya Devant.

Una presa invertebrada en una tela de araña.

Llega tarde, la actividad del tercer día le pisa los talones. El sonido de los ruedines le recuerda que tiene que devolver la Moleskine. La lucidez le hace enfocar el escenario en su ruta al camarote treinta y ocho.

Es entonces cuando repara en la fi gura de las telas que penden del techo. Fija la vista en el garabato del juego del ahorcado.

El muñeco pende a baja altura.

La claridad le da de lleno.

Entonces, Mar puede verle la cara.

La marioneta sorprendida en una misión imposible es Ponce Savaté.

Un grito desgarrador rompe el silencio y la calma.

Le cuesta reconocer su propio aullido. No es consciente de la gravedad de la situación hasta que la libreta del muerto se le cae de las manos con estruendo. El candado estalla. El cuaderno del escritor asesinado se abre ante Maravillas Poquet.

El pánico al folio en blanco la señala.

—Señora, ¿está bien? —dice el director de seguridad del Embryo.

El filipino del carrito exasperante ha dado la voz de alarma.

El salón no tarda en llenarse de viajeros somnolientos de las cabinas próximas. Entre ellos, distingue a una Begur en pijama.

Sin tiempo a reaccionar, cuatro hombres del dispositivo de vigilancia rodean a Mar. Uno de ellos le cierra el paso.

—Me temo, señora, que tendrá que acompañarnos.