El vuelo de la fortuna Capítulo 43
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Capítulo 43

Veinticuatro horas antes de la tragedia

Un interrogatorio se parece mucho a un examen médico. La sensación de angustia, la sudoración, repasar de memoria la lec ción aprendida . La ejecución de movimientos, cerrar los ojos, apretar los puños , desear con fuerza que no encuentren nada malo, el agujero en la trama, que todo vaya bien.

Maravillas suda a mares.

—¡Qué calor hace aquí! —dice el jefe de seguridad.

Los otros dos autómatas asienten y aflojan sus corbatas pasadas de moda.

Mar desvía la mirada hacia la puerta del baño.

Es un gesto imperceptible, apenas con el rabillo del ojo, el que la delata.

Un hombre camina y echa una ojeada de supervisión.

En el espejo no queda ni rastro del fugaz jeroglífico.

Solo un par de dígitos huérfanos, en un extremo, que olvidó borrar y que ahora apenas son un halo.

Un resquicio que conectará los puntos para quien sigue el juego de las preguntas.

Sabe que colaborar es la única manera de burlar el cautiverio.

Hay una Vaca en peligro. Y la tiene que localizar, ponerla sobre aviso.

Desde la jamba, y antes de que desaparezcan para siempre, alcanza a leer los dígitos que conforman el número cuarenta y dos.

Recuerda la línea en la que encajaba la cifra: junto a su nombre y apellido y una ciudad de Japón azotada por un tsunami.

Recuerda también cómo hace unos instantes ha tachado la combinación para escribir noventa y tres, tal como figuraba en las notas.

—Iba a darme un baño.

El hombre más listo mete un dedo en la bañera. El agua está templada. Deducen que ha pasado demasiado tiempo con la sabelotodo de Patricia . Aunque creen que la publi cista es una de los suyos , que aún está de su lado, no la soportan.

Pero no importa, nada importa.

Saben que miente. Mar sabe que lo saben.

En cambio, los tres hombres están allí para realizar un trámite. Completar la última recogida de datos. La versión oficial está lista para comunicar, perfecta desde hace horas , elaborada y empaquetada con un lazo. Pretenden indagar según un método que da forma a su trabajo.

El interrogatorio comienza . «¿Dónde estaba?», «¿Qué vio?», «¿Por qué tenía el cuaderno del señor Savaté?». El bucle se repite. Una, dos, mil veces .

Pide permiso para hacerse un té. No se lo niegan . Juega a adivinar una profecía que la libere. Las respuestas de Mar son tan infantiles, tan burdas, que a Schäfer y a los autómatas los enternece el candor de esa pobre idiota. Prosigue el director de la farsa:

—Así que quería robarle ideas al escritor… —El tono del secuaz de Acevedo es insufrible—. ¿Y qué vio en el cuaderno?

—No logré abrirlo —miente—. Tenía un dispositivo de seguridad de ocho dígitos.

—El candado estaba abierto cuando encontramos la libreta… Sabemos que tuvo oportunidad de echarle una ojeada. ¿Vio algo interesante?

Mar evalúa sus opciones.

—Solo dibujos.

—Entréguenos su teléfono, señora. Sabe que no puede conservar fotografías, en caso de que las haya realizado, que comprometan la investigación.

Mar se dirige al aseo y les tiende el móvil, que descansa en la repisa.

Schäfer bucea en su galería, también en la de archivos eliminados. Solo escenas sueltas de aparente felicidad de la mujer y su marido en el Embryo. Su actuación parece convencerlos. «Aunque este público —piensa Mar— ya venía convencido de casa».

Las luces parpadean de nuevo. Baja la tensión eléctrica, dejando el camarote a oscuras unos segundos. La luz se va, el ambiente se carga.

Nervios. Las voces se aflautan media octava.

—Acabemos con esto. La reunión informativa comenzará en unos veinte minutos.

—¿En qué camarote estamos?

El de Maravillas Poquet y Germán Casals es el último de la lista de confinados. El abotargamiento les pasa factura.

—En el veinticuatro —dice Schäfer.

Al escuchar el número de su propio camarote , su mente conecta los puntos.

«Cuarenta y dos es veinticuatro en el juego de los espejos».

Los números también están invertidos en el código del guionista.

«¡Las cifras de dos dígitos son el número de las cabinas!

». Entre aquel galimatías su cabeza ya ha atado cabos.

No puede probarlo, pero su intuición le dice que la Vaca está en su mismo camarote: el veinticuatro.

Germán Casals y la furia con la que Ponce perforó la página al subrayar su nombre querían decir algo. «Dios mío. ¡Germán es la Vaca!».

Desconoce qué significa exactamente aquella lotería cósmica, pero sabe que viniendo de Indace y su fundación no puede ser nada bueno .

Sus pensamientos entran en ebullición: ¿habría llegado Ponce a averiguar que el ingeniero es la Vaca, a pesar de no figurar en la lista oficial de Afortunados?

¿Descubrir la identidad del sujeto, y evitar su sacrificio, habían acabado costándole la vida a Ponce?

Siente arcadas y maldice el último té . Aún a oscuras, se echa a un lado.

No alcanza la papelera y vomita en la cama.

Expulsa de su organismo hasta la última gota.

La peste agria se adueña de la habitación.

El ambiente viciado y húmedo hace que el hedor resulte irrespirable.

A cerca su nariz a su axila. También es ella .

Hiede. Por fortuna, los hombres no pueden ver sus ojos desorbitados por el esfuerzo.

Su boca goteante. La luz regresa como si tal cosa y Mar parece un náufrago en la estancia sitiada.

Schäfer lo ha visto otras veces, son décadas de vuelos comerciales: el terror a las consecuen cias es peor que el interrogatorio en sí mismo.

Los sospechosos atufan . Los cercos de sudor bajo los brazos de su vestido ligero son profundos y apestan.

Interpretan como adrenalina un incipiente ataque de ansiedad.

Aquella mujer exhausta no da para más .

—Señora, tenemos todo lo que necesitamos. Gracias por su cooperación. —El capitán inmaculado le devuelve el teléfono con amabilidad —. En veinte minutos la esperamos en el salón comedor para trasladar al pasaje las principales conclusiones de la investigación.

—Entonces ¿puedo…? ¿Puedo salir? —Mar solo piensa en reunirse con Germán y compartir con Pat lo último que ha averiguado.

Schäfer asiente. Ya no es sospechosa.

—Desde este momento, deja de estar confinada.

—Y, háganos un favor a todos —dice un autómata—: dese ese baño de una vez.