Capítulo 32
Seveso
El sonido de una ejecución es algo que no se olvida.
La descontaminación de las tierras de labranza de Seveso había comenzado. También las ejecuciones masivas de ganado intensivo: cabras, cerdos y vacas . Ese sonido.
Lóbrego, rítmico.
Livia seguía las noticias por la RAI . Temblaba con cada detonación del percutor de aquella granja . El zumbido sordo que acababa, una a una, con la vida de aquellas reses. Los animales se desplomaban como fingiendo un desmayo cuando el metal penetraba en sus testas. La pistola neumática no cesaba.
—Por favor, apaga eso —dijo Stefano—. No lo mires.
—No me protejas, haz el favor. Quiero ver qué dicen sobre la manifestación del domingo . Es inconcebible lo que está sucediendo.
La tensión social iba en aumento por la terrible gestión de la tragedia.
El gobierno local, probada su inoperancia, fue re legado por el central , quien tomó el mando.
Se rumoreaba que al sacrificio de ochenta mil animales les sucederían otros, no exentos de controversia : las interrupciones terapéuticas para las gestantes de las zonas contaminadas .
No había cifras oficiales, se hablaba de cuatrocientas mujeres.
Un terremoto emocional para un país católico y pacato que santificaba la maternidad sobre todas las cosas. Donde el aborto era ilegal.
El noticiero mostró un plano aéreo con una zanja inacabable en el que una excavadora se disponía a sepultar centenares de vacas en hilera mientras los operarios preparaban una solución de cal viva con la que sellar la gigantesca fosa común.
—De la manifestación del domingo ni una palabra. —Livia se peleaba con el televisor—. Van a cargarnos también con la decisión. Acusarnos de no querer seguir con esto, o, en caso de querer continuar, de hacerlo bajo nuestra responsabilidad.
—¿Sabes qué vas a hacer? —Stefano caminó de puntillas para no despertar al elefante de la habitación.
—¿Con el niño? —Livia llamaba a las cosas por su nombre.
Le tenía aprecio a Stefano, pero que la tratara como a un jarrón chino le resultaba exasperante. Su concepción paternalista del amor hacía que un futuro juntos fuera poco probable.
—Claro que no. ¿Cómo hacerlo? Solo te he hablado a ti del embarazo…
Livia matizó su crispación:
—Nunca he querido ser madre, Stefano. Al menos, no ahora . No sé… Quiero vivir. Trabajar. Ver mundo. Quizá, más adelante , estudiar. Ser alguien.
—Veo que ya has decidido, entonces.
Puso los ojos en blanco. Había dejado de ser divertido tener que explicárselo todo a aquel chico listo.
Los primeros días en el apartamento ínfimo habían sido soportables.
El periodista trabajaba casi todo el día fuera de casa y, al regresar, encontraba a una Livia agotada en la cama.
Como buen caballero del sur, durmió en un sofá destartalado al comienzo.
Poco a poco, fueron encontrando acomodo en el colchón.
Después, la postura. La juventud desesperada y el vívido deseo hicieron el resto.
Los ojos de Stefano, esa mirada limpia de desamparo, la devolvían al punto de partida.
Su enfermedad pulmonar había mejorado y ambos sabían que la convivencia estaba tocando a su fin.
—No, caro . En la vida no todo es blanco o negro. No sé si me gustaría formar una familia más adelante. —Estaba siendo sincera—. Depende de tantas cosas…
—De encontrar al hombre adecuado.
«No , por favor, no sigas por ahí», y atajó:
—Desde luego, el español no lo es.
Al italiano le aterraba la idea de que Livia pudiera localizar al padre.
— Quiero decir —se aclaró la garganta— que si tú quisieras… Ya lo sabes. Yo, Liv, yo… podría aprender a querer a ese hijo.
—Eso no puedes saberlo, Stefano. Lo hemos hablado mil veces. No sabemos nada del desarrollo del bebé. Qué efectos tendrá la contaminación sobre mi organismo. Han sido muchos días…
Él bajó la mirada. Las alteraciones eran más que probables.
Las secuelas persiguieron durante generaciones a los niños del sudeste asiático: la generación napalm.
No, no podría garantizar que pudiera amar a un crío así.
Nadie podría . Admiraba a Livia por su fortaleza.
La entereza de las cuatrocien tas mujeres de una Italia católica y rural que debían enfrentar se a su conciencia, sus familias y su libertad.
Que atravesaban idéntica tesitura. El gobierno había articulado «la excepción» : la posibilidad de someterse a interrupciones del embarazo terapéuticas, voluntarias y gratuitas a las residentes de las zonas catastróficas, con independencia de lo avanzado de su estado.
Los archivos documentarían interrupciones desgarradoras a escasos días para llegar a término.
Italia contenía el aliento. La histeria se abría camino.
Enfrente, la intransigencia como un muro.
Los designios de un dios del Antiguo Testamen to.
Los hombres tomando decisiones sobre los cuerpos de las mujeres.
—Lo que proponen es eugenesia. El holocausto de la pobreza.
Borrar el rastro de su ineptitud, colocando la espada de Damocles sobre nuestras cabezas.
Si nos deshacemos del niño, ellos han ganado.
No habrá engendros sobre sus conciencias.
Los monstruos seremos nosotras por no acarrear la incertidumbre.
La duda, al fin y al cabo, de saber si la criatura vendría sana a este mundo.
—Tienes que contárselo a Clara. Quizá su postura te ayude.
Stefano ignoraba que las amigas ya habían hablado.
Sus vecinos estaban decididos a acudir a la protesta antiabortiva del domingo, a pesar de las restricciones de movilidad.
Clara había decidido.
Livia sostenía la opción contraria.
Tenía que salir de Milán para proteger la vida de un hijo que no quería.