El vuelo de la fortuna Capítulo 30
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Capítulo 30

Cuarenta y cuatro horas antes de la tragedia

El foco del escenario alumbra la mesa de la fortuna como un interrogatorio en busca de la verdad. Arya Devant busca un vo luntario.

El agraciado es Ponce Savaté.

Los aplausos del público jalean el pasmo.

El guionista se dirige hacia la maga con paso vacilante.

Sube al escenario. El truco de magia sienta bien a los comensales para centrar la atención en el lugar equivocado y reír un poco.

Arya Devant, la prestidigitadora de talento formidable, se centra en la tarima de Ponce Savaté, con la mente en el misterio del Embryo.

Le birla la cartera y el reloj con desparpajo mientras le susurra algo al oído.

También el móvil y la tarjeta opaca que abre la habitación número treinta y nueve.

El espectáculo continúa vitoreado por la borrachera de risas contagiosas y Ponce regresa a la mesa . Arya desvalija a unos cuantos pasajeros más, incluida Volkers, quien no coopera demasiado.

La fama de la maga es absolutamente merecida.

Los objetos sustraídos son colocados en un enorme sombrero de copa, tras el escenario, y se conmina a las víctimas a recogerlos al final de la noche para no entorpecer el curso del espectáculo.

A continuación, Arya Devant sorprende con un majestuoso número de telas aéreas.

Sus acrobacias son hipnóticas. Sus piernas dúctiles, como de vidrio soplado , crean figurillas inventadas a decenas de metros sobre sus cabezas .

Las esculturas de cristal podrían quebrarse en cualquier momento por la terrible altura.

Los espectadores contienen la respiración con expresiones aisladas de «Oooh» y «Aaah», como niños asombrados de circos antiguos.

Los corazones palpitan a ritmo de redoble de tambor .

Maravillas aprovecha la coartada del encantamiento, sumado a las luces bajas, para escabullirse de su asiento.

Algo le dice que Savaté es más listo de lo que parece: les lleva varios cuerpos de ventaja en la investigación del misterio de los Afortunados.

«Quizá con el robo mate dos pájaros de un tiro y logre averiguar algo más».

Sin ser vista, se dirige a la parte posterior de la tramoya, donde los ayudantes de Devant sueñan con irse a dormir.

Las pertenencias del blanco de su talento están desa­tendidas.

El sombrero con la llave de Ponce está a centímetros de Mar.

Otra clase de peligro la seduce. Desde su posición eleva la vista hacia las cabriolas de Arya.

Su número es excepcional, y su equipo, descuidado.

Intenta captar el truco de su baile con la muerte, pero no lo halla.

Esa noche actúa sin arnés y, de cer ca, las telas se ven deslucidas, quebradizas.

Cualquier gesto podría costarle la vida.

Los tejidos que la salvan podrían truncar al cisne vidriado.

Aparta el mal presagio de una manotada. Se decide.

Mete la mano en la chistera. Su conejo blanco es una tarjeta negra.

El corazón desbocado. «¡La tengo! Tengo la llave de la habitación de Ponce Savaté». La Moleskine la llama.

La adrenalina le impide pensar.

«Calma».

Se acelera. Tiene que darse prisa: llegar al camarote, coger el cuaderno y estar de vuelta antes de que el número finalice para retornar la tarjeta. Por suerte, el salón se encuentra en la misma cubierta. Calcula que a Arya Devant aún le quedan unos diez minutos de piruetas mortíferas.

Llega con solvencia a la habitación del escritor.

Introduce la tarjeta opaca en el lector.

La luz verde parpadea. Está en la guarida del genio.

El orden del camarote treinta y ocho la exaspera.

Mira en derredor y le cuesta hallar el cuaderno.

Está sobre el mismo mueble, pero en una posición ligeramente distinta.

Es evidente que alguien ha accedido al contenido antes que ella.

Aún no lo sabe, pero la vida le brinda la resolución del que será el primer asesinato del Embryo en bandeja.

Savaté despierta un sinfín de apetitos, pero solo su talento aplaca el hambre de Mar.

El cierre del mecanismo brilla con el resplandor sobrenatural de su deseo. Sostiene la Moleskine. Sus manos tiemblan y se le precipita de entre los dedos. Los segundos transcurren raudos. Las piernas le fallan. Se sienta en la butaca junto a la entrada y teclea el código memorizado:

27042023

La misma combinación que desbloquea el teléfono.

No pasa nada.

Vuelve a intentarlo.

« Agua».

El cierre de seguridad cumple su cometido.

Diseñado ex profeso por un suizo amigo, resiste a los embates de Poquet.

Similar al de los diarios de su adolescencia, solo que sin llave, el candado joya parece inexpugnable.

Solo se abrirá con el código exacto. El mensaje del display es claro: último intento.

Sin embargo, Ponce Savaté es Ponce Savaté, y sabe que el ego es el mayor de sus enemigos.

«Piensa, Mar. Piensa».

El tiempo se agota y quizá sea la última oportunidad de echar un ojo a su cabeza, de saber cómo piensa, antes de que lleguen a destino.

Solo faltan cuarenta y cuatro horas. Hace repaso mental.

Una vez descartadas las fechas de su boda y el nacimiento de su hijo, hitos de sobra conocidos por las entrevistas que colecciona, insiste con la misma data.

Sabe que está tan obsesionado con el éxito como ella.

Y que celebra cada paso. Con su superventas La luz más vibrante se le abrieron de par en par las puertas del mercado internacional.

De pronto, una corazonada.

Último intento.

Invierte el orden de las cifras de lanzamiento de su novela fetiche.

32024072

«Bingo».

Los ojos sedientos de Maravillas recorren las páginas de aquel oasis.

Sin embargo, no hay nada. Solo dunas. La libreta de Ponce está prácticamente vacía.

Le cuesta entender. Toda aquella pose afectada, la actividad frenética…

Y de pronto comprende que los rumores acerca de la etapa baldía del escritor son ciertos.

Hay muchos dibujos, eso sí, y unas cuantas anotaciones aquí y allá.

Bosquejos de zonas del Embryo, retazos inconexos que no logra identificar.

Frenética, pasa las páginas, nada a simple vista que valga la pena.

Mira el reloj, menos de cinco minutos para que todos aplaudan a Arya.

Saca su móvil y fotografía cada página. Quizá pueda ampliar los detalles y estos la catapulten a una gloria en diferido.

Escucha unos pasos. Los nervios la traicionan .

Cree que es Ponce que está de regreso. «Dejaré las últimas páginas para luego».

Sale espantada de la habitación. El caminar vacilante pasa de largo y, con él, la presión desaparece, pero la peor decisión ya está tomada: se ha llevado la libreta consigo.

Llega justo a tiempo para ver cómo Arya celebra las mieles del éxito.

Entra por la puerta opuesta, los pesados cortinajes de terciopelo rojo la protegen , y regresa la tarjeta opaca a la chiste ra en el momento en que los voluntarios suben a por sus pertenencias .

Mar se incorpora a la mesa con el cuerpo del delito en el minúsculo bolso.

Germán la mira con la cabeza en otra parte. Los ojos brillantes por el alcohol .

—Estoy cansada. Me quiero ir a dormir —dice Mar .

—Te acompaño.

«¿Me acompaña? ¿En serio?».

Le concede treinta minutos. Mar ha alegado la necesidad de un baño tranquilo; sabe que su desnudez le perturba. Treinta minutos: es el tiempo del que dispone para fotografiar las páginas restantes y devolver la Moleskine sin testigos.

Baja hasta el camarote veinticuatro. El propietario no bajará a esas horas al pabellón de servicio.

En la seguridad del compartimento de Mar y Germán, introduce la combinación.

El cuaderno se abre a la primera. Fotografía las páginas que queda ban.

La tensión eléctrica vuelve a bajar, como el aviso de una salva que ignora.

Cuando sus ojos se aclimatan de nuevo a la iluminación, consigue dar con una especie de patrón en la es quina inferior de cada plana de la libreta.

Una suerte de matrícula por cada apunte en un código inventado.

«Así que el pequeño ególatra sí es creativo, después de todo».

Última foto. Su teléfono está a punto de apagarse por la ausencia de carga.

«¡Maldita sea!». Necesita apuntar. Rebusca entre el caos de la habitación.

Abre el bolso. Un puñado de azucarillos salen a su paso.

Busca lápiz y papel. No encuentra nada donde anotar.

Se desespera. La libertad sale a su encuentro: el acuerdo de divorcio está donde lo ha dejado por la mañana.

No quiere invalidarlo, causar más daño a Germán y a su ri­dícu­la novia.

Sin embargo, escribe lo que ve, con trazo vertiginoso, en el dorso de la última página.

Le aterra cometer un error. No poder consultar el enigma, sin las instantáneas completas, cuando tenga que regresar la Moleskine a su dueño.

Copia de la fuente con los ojos achinados, como en trance.

Esto es lo que ve:

S9LL1V9R9M_T€∞QØP_9M1HS∞K∞F_93 — 42

N9MR€G_S9LS9C_9M1HS∞K∞F_93 — 42

91V1L_€TN9RR€F_ØS€V€S_04

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«¡¿Qué mierdas es esto?!».

Hay símbolos subrayados y una última línea envuelta por un remolino profundo. El guionista ha trazado círculos tan virulentos que su inquietud ha traspasado las hojas. No tiene tiempo para averiguarlo.

«Germán ya está aquí».

Guarda los misterios bajo el colchón y se atrinchera en la ducha. Mientras el agua humedece su cuerpo firme, confía en que Germán se duerma rápido y pueda regresar a la primera cubierta.

El deseo está de su lado.

Las acrobacias entre Arya y Ponce, a tenor de sus miradas, le darán unas horas de margen antes de que perciban la falta.