El vuelo de la fortuna Capítulo 29
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Capítulo 29

Seveso

En Seveso, Livia consiguió alcanzar el apeadero sin proble mas. El diminuto autobús que la llevaría en línea regular a Milán estaba prácticamente desierto. El conductor reconoció a la usuaria habitual. Sin dejar de fumar, la ayudó con la maleta. No pesaba gran cosa.

Cuando se acomodó en el vehículo, el cochero dio el pasaje por completo: una artesana , un grupo de muchachos, un par de ancianos y una enfermera.

Apenas diez personas. «Esto es todo», se dijo , y subió pesadamente con la colilla prendida entre los dientes .

La normalidad persistía en no ser alterada.

El tumulto, ser evacuado, pero pocas personas sabían que la línea con Milán continuaba en funcionamiento.

Algunos, como vería a lo largo del trayecto, abandonaban sus casas acarreando los bultos a pie.

— En breve interrumpirán el servicio —dijo el hombre, lacónico.

El motor rugió con apatía.

Livia sintió un escalofrío. Pronto se complicaría burlar el perímetro de las zonas contaminadas.

Intentó dormitar en vano los veinticinco kilómetros que la separaban de la capital.

El silencio le ponía los pelos de punta, como si el puñado de ocupantes hubiera acordado contener la respiración al unísono.

Demasiados problemas. En unas horas, se encontraría con el menos importante: Stefano.

Sabía que su ofrecimiento no era desinteresado.

Miró su muñeca. Con las paradas pertinentes, tardarían en alcanzar Milán casi una hora.

Por la ventanilla, veía a los valientes del éxodo que no habían querido esperar las confusas directrices.

Algunos de ellos llevaban pañuelos alrededor de la nariz y la boca para no respirar las partículas dañinas .

Transportaban fardos grises, de colores difusos.

Sintió cómo su mente se aquietaba por el traqueteo, contagiada por la sensación del vidrio contra la frente. Poco a poco vistas más agrestes y amables tomaban el relevo a la vegetación devastada, al paisaje fabril. Sonrió con ternura.

Los Alpes, lejanos, acordaron regalarle un nuevo comienzo.

La puerta se abrió para dejar bajar a la enfermera en la Stazione Centrale.

El chirriar del mecanismo la despertó. Se había quedado dormida, después de todo.

La vista imponente de la estación contribuía a su sensación de irrealidad.

El bullicio, el ruido y la alegría continuaban ajenos a la ruina de Seveso.

La Stazione Centrale se erigía orgullosa ante sus ojos como el símbolo de la reconstrucción posbélica que era.

La misma necesidad de pasar página, de progresar, que había lle vado Icmesa a la Lombardía, una bomba de tiempo en una época donde el entorno era paisaje. Y el desarrollo económico, religión.

Cientos de personas, migrantes del sur en busca de prosperidad, salían aturdidos de aquellos trenes por la emoción paralizante de las nuevas promesas.

De una vida por estrenar. El transporte continuó, zigzagueando entre una ciudad furiosa y viva, hasta la piazzale Cadorna.

Solo un muchacho y Livia desembarcaron en la última parada, cercana a la residencia de Stefano.

Tomó el tranvía hasta la casa del periodista.

Tuvo que caminar unos metros cuesta arriba hacia el Parco Sempione.

Alucinada, comprobó que el follaje de los árboles del parque continuaba siendo verde y que los pájaros trinaban.

Cuando alcanzó el número sesenta y tres de la dirección manuscrita, se desfondó.

Las fuerzas le vinieron justas para llamar al timbre.

Por supuesto, Stefano no estaba en casa.

Eran poco más de las cuatro de la tarde.

Se debatió entre ir a la redacción de Il Corriere o quedarse donde estaba.

Stefano no debería tardar; sabía que era el día convenido para que Livia se mudara con él.

Así que se dispuso a esperarle en los escalones de la entrada.

Hizo un ovillo con el pañuelo de su cabello para apoyar la cabeza, sería su cojín, y se sentó sobre la maleta para proteger la falda.

La voz de Stefano la cogió por sorpresa.

Su alegría la esperaba.

Cuando el redactor la despertó, la noche no tenía luna.