El vuelo de la fortuna Capítulo 28
45%

Capítulo 28

Cae la noche, por fin. Una vez disipada la tensión entre ambos, Maravillas y Germán hacen su entrada en el elegante salón.

Él se muestra más relajado y le ofrece su brazo.

Parece algo desmejorado, pero es el hombre más atractivo de la sala.

En apa riencia, ha aceptado su señal de rendición en forma de contrato y ha resuelto que pasen los días a bordo del modo más cordial posible.

Como en los cruceros, la disposición de los comensales de las mesas es la misma durante el trayecto.

Alguien se ha tomado muchas molestias en cuadrar gustos, edades y procedencias para que esas pausas fluyan en armonía.

Ese alguien ha sido Patricia Aguilar. Solo de pensar en toda esa carga mental , Mar la compadece.

En cambio, a Begur le divierte contravenir las normas e ir saltando de mesa en mesa con su mirada de niña atrevida.

Su intención es sentarse cerca de la mesa presidencial.

Mirar de cerca al hombre de los ojos mercurios.

Maravillas decide dejarse llevar, por una vez .

Arrastra en su cambalache de puestos a Germán.

Ponce Savaté se suma al peculiar baile de las sillas.

Supone que el guionista siente que con la baronesa deja de ser un personaje.

Que no actúa, por unos instantes. Se siente a salvo.

También con Maravillas Poquet, aunque no debería.

Aguilar los reprende sin pasión por el cambio.

La improvisación no entra en sus planes.

Desde ayer, a la mujer imperturbable se la ve tan encrespada como a su cabello.

La vista huidiza, la ropa más holgada. Sin embargo, hay algo más que fatiga: es desencanto.

Por su modo de mirar a Ponce, se diría que la perra fiel se dispone a morder.

La mesa de esta noche es divertida. Entre los comensales, un señor de Bhopal que no habla mucho y una diseñadora de Toulouse que habla por todos ellos .

La velada es animada. Ríen. En la crème brûlée se acerca Aurora Mengual a saludar.

Ponce Sa­ vaté tuerce el gesto ante la fanática de las letras que hoy no lle­ va sari.

Y regresa a su papel de galán. Sonríe como un autómata.

—Buenas noches, querida.

—¿Qué me he perdido? —dice la del sari sin sari.

Le hacen un resumen.

—Hablábamos de las casualidades del destino —resume Begur .

—Me encanta.

—De lo que estábamos haciendo cuando decidimos embarcarnos aquí.

—Bueno, yo en realidad no hacía gran cosa —aclara la mujer—. Me llegó la invitación por correo certificado. Soy uno de ellos, de los Afortunados.

—No me diga —dice Savaté—. ¿Y en qué camarote se encuentra?

Se lo dice y Savaté escribe una información que conoce desde la noche anterior. Lo hace en la aplicación de notas de su teléfono. La libreta está a buen recaudo.

—Yo también soy un Afortunado —dice el señor que no habla.

—Y nosotros —dice Germán.

La energía de la mesa se carga de un modo extraño.

— También yo —dice la chica francesa.

Todos se miran. Ninguna de las caras de los agraciados, excepto la de Aurora , le decían gran cosa a Poquet.

Nunca ha seguido mucho las noticias.

—¡Qué mesa más densamente poblada por la fortuna! —P almea excitada Begur.

Mar se revuelve, inquieta.

Tanta suerte le da repelús.

El guionista juega a desentrañar el punto de giro de la trama de sus vidas. Busca un nexo de unión. Comienza por enumerar las ciudades de residencia de los huéspedes:

—Tenemos entonces: Castellón, Bhopal, Toulouse y Jaipur. —Ponce pasa revista en busca de un patrón— . Y Madrid y Barcelona —se excluye—, que son nuestras ciudades, baronesa. Es decir, que somos afortunados de disfrutar de la compañía de esta mesa.

—Disculpa que te contradiga —dice Aurora Mengual, encantada de ser el centro de atención —. Yo vivo en la India, aunque soy originaria de Alcanar.

—¿Alcanar? —pregunta Ponce.

—Sois demasiado jóvenes, tal vez no recordéis la tragedia de Tarragona, la del camping de Los Alfaques.

—Cómo olvidarlo —dice Ponce.

El accidente del camión de propileno es uno de los accidentes químicos más graves de la historia reciente de España. Imposible olvidar aquellas imágenes de los setenta, todos aquellos cuerpos calcinados.

—¿ Estuvo ahí, Aurora? —pregunta Begur.

—Sí, pero no recuerdo gran cosa. En 1978 tenía cuatro años. Solo retengo ese terrible olor…

—Ese olor acre no se olvida. ­—Rajay Kumar muestra su mano deformada.

Se la destrozó aquella noche mientras se abría paso entre el gentío que huía del desastre industrial más terrible de la India.

Murieron tres mil personas. Desde entonces, Bhopal es sinónimo de muerte, y dice—: Regalo de Bhopal. Fuga tóxica de 1984.

Estupor.

—El olor y el color del cielo es algo que yo nunca pude borrar —dice la francesa—. Esa nube amarilla…

La afortunada de Toulouse les cuenta cómo sobrevivió a la explosión de la fábrica AZF , la misma que cambió la fisonomía de la ciudad para siempre. También les relata cómo se endurecieron las normativas sobre perímetros de seguridad en torno a fábricas de residuos.

—Toulouse. Accidente químico de 2001. —Alza la man o—. Presente.

La baronesa intenta decir algo. Ahoga sus palabras al entender que el destino está pasando lista . Silencia un nombre a medio camino. El de una ciudad que Maravillas no conoce, que no reconoce:

«Seveso», susurra .

No la entiende.

— Todas las mejoras de seguridad siempre llegan a posteriori . —Germán sabe de qué habla—. El tsunami de Japón sirvió para implantar nuevos protocolos en las centrales nucleares, sobre todo en los muros de contención contra el oleaje.

Todos se miran perplejos.

—Terremoto de Fukushima. Marzo de 2011.

Mar y Germán levantan la mano.

«Esta mesa es una gran falla del sistema».

—Presentes.

La curiosidad de Begur, con su inocente juego, ha hackeado el plan maestro de Volkers, que limitaba la coincidencia máxima de dos agraciados por mesa. No estaba previsto que los Afortunados hablaran entre ellos.

—¿Cuál es la probabilidad de que precisamente nosotros estemos a bordo del Embryo? —Mar rompe el mutismo—. ¿Nos han hecho creer que somos siete, pero a estas alturas podemos confiar en que eso sea cierto? ¿Cuántos más estamos atrapados en este vuelo?

Ponce la mira:

— Estamos obviando la madre de todas las preguntas, Maravillas.

—¿ Y qué cuestión es esa?

—Para qué demonios os han reunido a todos aquí…