El vuelo de la fortuna Capítulo 27
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Capítulo 27

En la cocina del lujoso zepelín se ultima el ágape de la segunda noche a bordo. Como cada detalle, el menú ha sido cuidadosamente elegido por Monika Volkers. La recreación de las minutas del vuelo original del Hindenburg tiene que ser perfecta.

—Dicen que devora a los señores para desayunar.

—¿Quién?

—Arya Devant, quién va a ser. La diva de sonrisa triste , la del póster que me has obligado a colocar en la despensa.

—Una imagen de una mujer de piernas formidables los sonríe con la mirada vacía desde el estante de los dulces.

Es bellísima. En el cartel promocional la mujer luce suspendida, etérea, enredada en sus telas rojas—.

El repostero en jefe del Embryo cierra el armario y se dispone a rematar su premiada crème brûlée .

La misma que el pasaje a dieta dejará sin tocar en sus platillos de Limoges.

—Tú solo devoras pastelitos de Belén, envidiosa —dice el chico filipino—. Para las bakla como yo, la Devant es poco menos que una diosa. Así que un respeto para la reina del aire.

El repostero adora que su amante emplee expresiones en tagalo.

—Dicen que tiene una memoria prodigiosa y que la nemotecnia de sus números es tan sofisticada… El mismo don que la catapultó a la fama internacional ha sellado su desgracia.

—¿Qué desgracia ? —El chef prefiere un buen chisme a los dulces lusos.

—A la muerte de su hermana pequeña. Sí, la ayudante que no salía en las fotos.

La ráfaga de una noticia lejana acude a la mente del portugués: la muerte de la menor de las Devant en un brutal accidente de tráfico.

No sabría decir cuánto tiempo hace de aquel horror difuso.

Tal vez dos años. Arya acababa de consolidarse en Estados Unidos y el incidente en una de las principales arterias de Los Ángeles abrió los informativos durante semanas.

La cobertura no cesaba, primero, por el caos circulatorio ; después, por el impacto en la vida de la socialité del momen to.

Hasta hubo redactores colándose en la iglesia.

El auténtico drama quedó en ángulo muerto.

El suspenso de la gira, la caída de una estrella.

El lapsus de una mujer que resultó ser fatal.

Su terapeuta le insistía en que nadie debe culparse por un accidente.

Arya se mortificaba . Nunca se perdonó olvidar la fecha en la que Sira regresaba de aquella audición.

La ayudante, además de encargarse del mantenimiento del atrezo y apoyar en los trucos de mentalismo simulado, perseguía sus propios sueños.

Las malas lenguas ubicaban a Devant haciendo acrobacias con el marido de otra, en un hotel cercano al estreno al que había sido invitada.

Nunca trascendió el nombre del autor cuya adaptación cinematográfica se estrenaba a lo grande, en letras de neón.

Cansada de esperar , tomó un taxi en el aeropuerto. El vehícu­lo enfiló la I-405 North, justo saliendo del aeropuerto de Los Ángeles . Era tarde y apenas había tráfico. Sira pensó que es taba de suerte antes de cerrar los ojos.

El impacto se oyó a dos millas.

—Desde entonces —continúa el filipino —, trata de llenar el vacío que siente con cualquier espejismo de calor. Su mirada acuosa le da ese punto, no sé, como… de animal herido.

El chef observa al portento del cartel y a su fiereza impredecible.