El vuelo de la fortuna Capítulo 26
42%

Capítulo 26

—Soy un imbécil —dice cuando Mar regresa.

La habitación, lejos de estar ordenada, presenta un aspecto bastante aceptable, aunque nada está en su sitio. Germán se encuentra sentado sobre la cama, cabizbajo. Oculta algo a su espalda.

—Coincido.

Le tiende un ramo de flores absurdas. Naturales. Hermosas como todo lo efímero.

Mar ni parpadea.

—¿De dónde las has sacado ?

—Las he robado para ti.

Mar se imagina a un Germán cuadriculado yendo por los búcaros del salón principal, afanando la cantidad justa de cada centro para que nadie repare en su delito botánico.

—Si te viera tu madre …

La complicidad, a pesar de todo, sigue ahí, palpable. La conexión. La soledad. El deseo. Fueron tres años muy intensos y fueron felices. Lo justo para recodarlo con amargura. Con las flores en la mano, la asusta el cañón de luz que va cogiendo temperatura en la comisura de sus labios.

—Me da mucha vergüenza que me veas así.

—Las pondré en agua.

Obvia preguntarle si esos episodios con el alcohol se repiten con frecuencia. Si su madre, la directora retirada del ambulatorio de Begoña, sabe de la deriva de su hijo. Si siquiera Cruz está al corriente. Germán ya no es su problema.

—¿Sabes? Mi madre te continúa odiando —dice él.

—No es ningún secreto. Madre médica, padre ingeniero; nunca llegué a encajar en tu familia de cuento…

Germán no quiere discutir. Contra toda lógica, está en ese zepelín voluntariamente.

La invitación fue una sorpresa mayús cula , sí, pero una vez superado el pasmo inicial decidió apr o vechar la señal definitiva que llevaba trece años esperando.

Pasar cuatro días con una mujer que le habitaba como el espectro de una casa encantada.

El último intento absurdo por recuperar lo que tuvieron.

Lo había probado todo: borrar su rostro .

Olvidar su orografía en otros montes de Venus.

Muchos. Refugiarse en la alegría baldía de Cruz.

Beber le ayudaba a olvidar que quería lo que anhela todo el mundo.

La misma monotonía que a la vez se detesta.

Pero, sobre todo, le ayudaba a irse a negro.

El hecho de revolver el camarote buscando el acuerdo de disolución era solo fachada.

Debía presentar algo de resistencia para que su plan resultara creíble. A Mar nunca le fueron los mansos.

— No eres la persona favorita de mucha gente, Mar. —Intenta hacer una broma. Da en el clavo: ríen—. A  mi psicóloga tampoco le gustas.

Mar abre la boca de par en par. Germán descartó la ayuda terapéutica después de lo de Fukushima.

—¿Desde cuándo vas a terapia?

La primera vez que entró en la consulta no fue como esperaba. Acudió el día que Mar le citó en la cafetería del Grao. Necesitaba gestionarlo. Nadie le había contado que, para que la cosa funcione, el tratamiento requiere de mucho trabajo. El principal: querer rehabilitarse.

Por la cara que traía, la terapeuta supo que lidiaba con un primerizo. Se lo puso fácil:

—¿Primera vez?

Germán dijo que sí.

—¿ Y qué te trae por aquí?

—El pasado, supongo.

Si aquel hombre no ponía de su parte y ella tenía que seguir sacándole las palabras con sacacorchos, la sesión se iba a hacer muy larga.

Germán le habló entonces de la invitación del Embryo. De Mar, de Namie. De su regreso a Castellón, de los gritos. Del adiós. De su deriva desde entonces. De Cruz, de las otras mujeres. De la hipoteca, de una nueva vida a estrenar con unos hijos que no quería. Sueños que no olían a nada .

—¿Y vas a ir?

La mujer fingió indiferencia ante la epicidad de la misión de Germán y del trayecto : recuperar a una desconocida.

Cuando llevaban dos horas de sesión, pidió que le despejaran el resto de la tarde. Aquel hombre necesitaba ayuda de verdad. Jugar al gato y al ratón con una chantajista en lugar de confrontarla. En lugar de hablar con sus dos mujeres. Aclarar las cosas. Decir la verdad.

En aquellas condiciones, un paciente tan voluble era una bomba cuyo temporizador había echado a andar. Un peligro para la mujer de apellido pequeño, y para sí mismo.

—Gracias por abrirte así, Germán.

—Ahora viene cuando me pones deberes.

La terapeuta asintió.

—No tan rápido. Quiero verte todos los días antes de que te enroles. Prométeme que vendrás.

Germán no dijo nada.

—Y , ahora sí, aquí viene tu pauta.

Se la dijo. No volvió más.

—Nah. Solo fui un par de veces, cuando se acabó lo nuestro. Hace mil años. No eres tan importante —bromea.

Maravillas le tiende un jarrón feo . Las flores son bonitas. Germán las coloca con mimo.

— ¿Qué nos pasó? —Mar abre la caja de Pandora .

Germán se tensa. Encoge los hombros.

—Yo solo quería lo que tienen todos. No sé: recogerte a la salida del trabajo, pasear de la mano. Decirte «Te quiero» cuando lo sentía. Que tú también me lo dijeras.

Mar se muere por decirle las palabras mágicas.

Por decírselas a alguien.

Sus labios no se despegan.

—Supongo que me cansé de esperarte. De querer que sucediera algo bueno. ¿Sabes? Alivia vivir sin esperanza.

Lo sabe.

—Quizá teníamos algo bueno, Germán.

—Tú no sabrías identificar algo bueno aunque lo tuvieras delante . Esa obsesión tuya con triunfar, como el gran Ponce Savaté . ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo lo miras?

«Así que eso es todo. A eso se reducía la escena de la otra noche, el desbarajuste de la habitación».

A Maravillas le desconciertan los celos de su marido .

Le hacía felicísimo con la alegría naif de la guapa .

Entonces recuerda por qué aquello naufragó.

La convivencia infernal. La pasión extenuante. No es posible habitar el incendio.

—No es lo que crees —dice Mar, dolida.

Germán se le acerca. El jarrón se precipita por su manotazo involuntario. Una esquirla roza el zapato de tacón y una gotita de sangre, roja y perfecta, asoma por el tobillo de Mar .

—Lo siento muchísimo. —Se apresura con el control de daños. Se arrodilla. Levanta su falda ligera. Comprueba que se trata de un rasguño superficial.

—Germán, si esta va a ser la dinámica hasta que lleguemos a puerto…

—¿ Ves? Interpretamos a la perfección lo que se espera de nosotros. El papel de un matrimonio que no se soporta.

El ambiente se destensa.

—Y respecto a Ponce…

—No tienes por qué darme explicaciones, en serio.

Mar agradece la tregua.

—Ah, Germán, una última cosa.

—Dime.

—Gracias por las flores. No hacía falta.

—Voy a por un recogedor . Me ha parecido ver uno en el armario de herramientas de aquí al lado —dice él.

—Sí, buena idea . Recoge este desaguisado antes de que nos cortemos otra vez . Voy a cambiarme —dice, distraída, y elige el atuendo para la segunda actuación de Arya Devant.

Por fortuna, la cena de esa noche no es de gala.

El desastre floral acaba en la papelera.