Capítulo 25
Tres días antes de la tragedia
El Embryo continúa surcando los cielos. Los minutos transcurren laxos como en un país en el que siempre es verano. Hace horas que Mar le ha perdido la pista a Germán. Cuando ha regresado de pasar la noche con Begur, ya no estaba.
La conversación con Sherezade le ha sentado bien. Maravillas se ha rendido con la primera luz del alba. Ondea la bandera y depone las armas cuando surcan el Canal de la Mancha. Hace lo que cree que se espera de ella .
Firma el divorcio. Deja la segunda copia del documento sobre la almohada.
Faltan tres días para llegar a Lakehurst.
Ha pasado el resto del día deambulando por el dirigible, caminando para recuperar la calma tras el numerito de ayer con Germán. No es sencillo. El mar tiene memoria. La espuma de la resaca, en la cresta de las olas.
Después de comer, pasea a la espera de una nueva oportunidad de adueñarse del cuaderno.
Las ideas crecen entre los dedos de Savaté como la levadura.
Begur le explica que ha sido visto en cubierta, en la sala de exposiciones y admirando las vistas con Hans Acevedo y su nefrólogo.
También charlando con algún que otro Afortunado, como Aurora Mengual, la catalana del sari.
Incluso ha intercambiado palabras amables con Germán en el casco interno de la aeronave.
Habla y escucha . Y escribe, escribe. Todo ello supervisado por Patricia Aguilar, que , con cara de fastidio, no entiende una palabra de lo que anota.
Se lo cuenta con naturalidad mientras disfrutan del té en su sala favorita.
Sobre el regazo de Begur , un ejemplar de La ratonera .
Parece tan obsesionada con Ponce como la propia Mara villas.
A Poquet le enternece la permeabilidad de la aristócrata a la belleza.
—Tiene los ojos amarillos por la ictericia. —Habla de Hans Acevedo—. El pobre casi no ve. Los riñones de ese chico están al borde del colapso. Tengo entendido que no le queda mucho… En cambio, no sé, Ponce parecía emocionado al contármelo. Como si fuera detrás de algo, lo conozco…
Paladea su té. El instinto de la baronesa le dice que algo terrible está sucediendo a bordo del Embryo y que él está dispuesto a desenmarañarlo.
—No es la única persona a quien le encanta jugar a los detectives, baronesa. —Mar señala la novela de Agatha Christie.
—Todo ese dinero… — Cambia de tercio Begur, misteriosa—. Esos pobres padres. Y el chico se les va ante sus ojos. La salud es lo único que no se puede comprar.
Ninguna de las dos sabe entonces cuánto yerra.
Mar endulza su té humeante . La profecía de azúcar se desparrama por el platillo.
«El azar baila con el final en el último baile».