Capítulo 24
Seveso
La evacuación por la nube tóxica había comenzado al día siguiente de la conversación con Stefano. Tan solo para los residentes de la zona A.
Livia decidió huir.
Seveso había escapado de la delimitación arbitraria de las zonas contaminadas por milímetros.
Un caos irrespirable lo invadía todo. Personas corrían de un lugar a otro por el trazado errático del pánico .
Prisas, carreras confusas bajo el sol entelado.
Un campesino suplicaba al operario de una camioneta que le llevara consigo.
El conductor, un astronauta de mono blanco, guantes, máscara antigás y gafas de protección, ni siquiera le miró.
Estaba demasiado ocupado trasladando gallinas y otros animales de corral agonizantes a una monto nera.
Allí, otro cosmonauta los introducía en bolsas herméticas para ser incinerados.
La protección de los técnicos contrastaba con la vestimenta de los vecinos: mujeres en falda con las piernas desnudas, pieles infantiles devoradas por el sarpullido, al descubierto de los pantalones cortos.
Una mujer enorme arremetió a la carrera contra Livia y casi la hizo caer sobre su maleta .
Avanzar no era sencillo. Livia trataba de abrirse camino entre una turba a contracorriente.
Una muchedumbre se dirigía hacia el ayuntamiento y la arrastraba con ella.
Un megáfono atronaba, en algún lugar, dando órdenes contradictorias.
Se iba, dejaba Seveso.
Tras hacer el equipaje y despedirse de sus padres salvó los metros que la separaban de Clara.
Tenía poco tiempo, el autobús partiría en minutos.
Aun así, Livia trató de convencer a su amiga para que huyeran juntas.
No se había atrevido a confesarle la verdad sobre su estado, pero si de algo estaba segura era de que ninguna debía permanecer un minuto más bajo la nube amarilla.
No quería pensar en el efecto que tendría el veneno que respiraban sobre las nuevas vidas en curso.
Cuando logró alcanzar la casa , jadeante, la encontró saliendo por la puerta.
—¡Qué bien que has venido! —dijo Clara—. Nos vamos al ayuntamiento . Michele dice que van a indicarnos cómo proceder.
—Clara, esto es un desastre. —Dudó, agitada—. Me voy a Milán. Me marcho con… con Stefano.
La miró confundida.
Sabía que le debía una explicación. Sus padres jamás habrían transigido a que se marchara a vivir con un hombre, ni siquiera en aquellas circunstancias. Livia se anticipó:
—Sé lo que estás pensando. He dicho en casa que me voy a Milán, que dormiré durante unos días en la trastienda de Via Montenapoleone. Mi afección respiratoria se está agravando, así que no me han hecho demasiadas preguntas.
La madre se había rendido. Tosía demasiado.
Hubiera pre ferido conservar a su hija pequeña .
Las mammas de Seveso se aferraban a la tierra y a la familia.
Livia había escuchado que se avecinaba una profunda descontaminación de los cultivos y un sacrificio masivo de animales de granja, pero la información llegaba con cuentagotas.
Mientras tanto, los vecinos se aferraban a salvar cuanto podían.
El día de su marcha, la madre trasegaba en el huerto tratando de conservar alimentos y proteger los conejos contados que habían sobrevivido milagrosamente.
Las pérdidas se estimaban millonarias, pero si les quitaban ese pequeño terruño y el corral entonces qué .
Su padre se había encerrado desde la explosión en el pequeño taller para no pensar.
Sus manos lo hacían por él. Pero los ingresos de aquello apenas daban sin el complemento de los frutos de la tierra.
La preocupación los hacía envejecer por momentos. No se quedaría para ver eso .
Al salir por la puerta, su madre se había limitado a abrazarla fuerte y a susurrar a voz en grito : «Cuídate, hija, cuídate».
—Clara, tienes que venir conmigo.
No dijo nada.
—Stefano está de acuerdo. Nos apretaremos.
Su amiga se tocó la barriga y la miró como a una extraña.
—Liv, estoy bien. Estaremos bien. No puedo dejar a Michele solo. Ya sabes que sin mí no sabe ni atarse los zapatos. Además, está haciendo mucho por Icmesa. Sé que la empresa nos lo recompensará de algún modo. Confío en ellos.
—¡¿Que confías en ellos?! La gestión está siendo desastrosa.
—Su mente en la agonía de los animalillos del callejón, en las plantas mustias, los rostros arrasados por el acné de los niños.
Su respiración aleteó . Los ojos doblemente llorosos por el vertido y por la despedida—.
Si está afectando así a la vegetación, a los gatos…
¿Has pensado en cómo puede afectarle a…? — Le miró el vientre.
—A Davide. Ya tiene nombre. Este nacerá en enero y será tan fuerte como su hermano . Entiendo que te quieras ir tú, con esas toses y pitos, Liv. Pero yo… Además, tengo que cuidar de este .
El futuro hermano mayor de Davide se escondió tras las faldas de su madre.
—Y ahora, Livia, de verdad, tengo mil cosas que hacer.
Están llegando los equipos de descontaminación.
Medio pueblo está ya en el ayuntamiento, junto a la iglesia.
La reunión informativa debe de haber comenzado.
Michele dice que habrá autobuses para quienes quieran dejar sus casas en unos días, pero yo no me muevo de aquí.
Esto es seguro. No estamos en la zona A.
Livia no dijo que también ella esperaba un hijo.
Que ya iba para tres faltas. No pudo o no supo encontrar las palabras para expresar su terror.
La vida que albergaba era, con certeza, del asturiano, de aquel español altivo que compró unos guantes bonitos para otra mujer.
Ya no recuerda ni su cara. Solo sus ojos fríos, sus dedos delgados. Y un curioso anillo de oro.
Se tomaron de las manos.
—Prométeme que me llamarás todos los días —dijo Clara.
Entrechocaron sus frentes.
—Y tú a mí. ¿Tienes para apuntar?
Buscó un papel y un lápiz de punta exánime .
Le resultó fácil hallarlos en aquella casa espartana.
Le dictó el número que su amiga anotó sobre el papel manchado de aceite.
Los lamparones de la pobreza. La lentitud de Clara era exasperante.
Aquella mujer de veinte años apenas si sabía escribir.
Liv tomó el relevo, nerviosa. El tiempo apremiaba .
Tenía que llegar antes de que el autobús a Milán partiera sin ella.
Escribió también la dirección de Stefano.
—Por si cambias de opinión. Sois bienvenidos, todos. —Le tendió el papel.
—Apunta una última cosa.
—Dime.
—Pero…
—Que lo escribas.
Lo escribió.
—Con mayúsculas.
—«Yo, Livia Ferrante, me comprometo a volver».
Lo anotó con mayúsculas.