El vuelo de la fortuna Capítulo 23
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Capítulo 23

El camarote de Begur es maravilloso.

Mientras se adentran en Reino Unido, la mujer de la cabina cuarenta la recibe en un elegante pijama de dos piezas.

Prepara dos bebidas humeantes y le ofrece asiento en una mesa redonda al fondo de la habitación, con dos butacas con pinta de mullidas .

Al igual que Ponce, ha decidido retirarse hace unos minutos .

—¿Qué líos te traes con Savaté, hija? Es evidente que tu marido te adora.

Mar cambia de tema.

— Gracias por el capote, Begur. ¿Te importa si paso la noche aquí? No me apetece regresar a mi cuarto.

—Claro , querida. Me vendrá bien la compañía.

Se ponen cómodas.

— ¿Sabes? —Begur camina de puntillas sobre la escena con Germán.

Intenta protegerla, pero no hay modo fácil de abordar lo evidente—: Con quererse mucho no basta , Mar.

Lo he visto otras veces… El amor es maravilloso , pero cambia.

Con los años, se convierte en otra cosa .

Solo hay que prestar atención a las señales para que ninguno de los dos salga herido.

No es una cuestión de física, querida. Ni siquiera de química. Solo es cuestión de tiempo.

Razón no le falta, pero el matrimonio acabado deberá continuar manteniendo el tipo hasta Lakehurst. «Nuestra coartada —piensa Mar— será querernos», pero dice:

—Los matrimonios discuten .

—El mío con el barón no.

Maravillas se arrellana para escuchar una historia de esas que ya no quedan. Una con final feliz.

—Nos conocimos en la Barcelona de finales de los noventa y el amor nos arrolló. Al principio lo gestionamos bien. Quedamos, muy civilizados, a tener la conversación en una cafetería elegante y discreta del Born.

El barón por entonces estaba infelizmente casado.

—¿ La conversación ? — pregunta.

—Sí, ya sabes. El protocolo estándar de la ilegitimidad . Esa charla que mantienen dos personas comprometidas para sentar las bases del lío desde que el mundo es mundo. « Esto tiene que ser divertido», «Me encanta mi vida» y estupideces por el estilo que por supuesto jamás se cumplen.

No sabe de qué le habla. Pero hace ver que sí.

—Yo a esas alturas de la vida, con cuarenta tacos, imagínate.

Estaba de vuelta de todo. Tenía un trabajo estupendo en la Fira de Barcelona como directora de Tèxtil Llar.

No fueron fáciles los comienzos para una italiana, pero la ciudad implacable para algunas cosas era refugio para los que nos dejábamos la piel en el trabajo.

Me iba bien. En el amor, regular, así que acudí sin muchas expectativas a nuestra cita.

—¿Y cómo fue la charla ?

—La charla, fenomenal. —Ríe—. Continuamos debatiendo los límites difusos de nuestro acuerdo en un hotel aquella misma tarde y durante las semanas siguientes.

«Es solo sexo», alegó cuando su mujer nos cazó.

Continuamos viéndonos durante muchos años.

De forma intermitente. Y yo mientras hacía mi vida.

—Pero no era solo sexo.

—Nunca lo es.

—Y dejó de ser divertido.

—Sí, porque dolía. Dolía no vernos. No tocarnos, no reírnos a todas horas.

Albert era un tipo brillante. Ingenioso.

Tenía cincuenta y cinco años, muchas responsabilidades y no quería un escándalo en la rancia sociedad catalana.

Nacido en Girona, casadísimo, con cuatro hijos y un alto cargo en banca.

La indiscreción en la caja de la estrella pasaba factura.

Hasta que un día me citó en la misma cafetería en la que habíamos comenzado a tontear. Yo tenía preparado mi cierre infalible.

Mar no pregunta. Sabe que se lo va a contar.

—En estas ocasiones —continúa Begur—, lo más limpio es hacer pensar a la otra persona que la ruptura ha sido idea suya.

Digamos que es la cara B de la charla de arranque.

La decantación del «No eres tú, soy yo».

Pero, para mi sorpresa, me quedé con la palabra en la boca.

Sin ejecutar mi afectado jaque mate: «Amor, no quepo en tu vida».

—¿Y qué pasó?

—Pues que hincó la rodilla. Imagínate el cuadro.

Y yo le dije que no, claro. Nunca necesité un hombre para hacer mi vida.

Le dije que no por la unilateralidad de ese romanticismo absurdo de los hombres, pero, sobre todo, porque quería que tomara esa decisión sabiéndolo todo acerca de mí.

Algo que nun ca le había contado a nadie.

Begur es mejor que Sherezade. Maravillas no quiere dormir nunca.

—¿Compartes conmigo tu secreto?

—Tuve un bebé hace muchísimo, Mar. Una personita a la que nunca llegué a conocer.

Los ojos de la aristócrata se enturbian. El ambiente animado del camarote se apaga. Como al ingeniero, le abruman las situaciones que no sabe gestionar . No le pregunta por el bebé. Tanta intimidad la anula .

—Pero al final todo acabó bien.

—Si por acabar bien entiendes que fuimos felices y comimos perdices la respuesta es sí. Mucho. Lo fuimos.

—¿Qué te hizo aceptar su propuesta?

—Su empeño. Albert renunció a su vida, a su patrimonio. Enturbió la baronía. Sus hijos le dieron la espalda. Tan solo conservó un par de propiedades en Alcossebre, una de ellas próxima a la cala Mundina.

—Conozco esas casitas con vistas al faro de Irta. Son hermosas .

Piensa en Begur y en su amor de película. En Germán y en Cruz, y en si alguien la ha querido alguna vez así.

Está llorando y ni siquiera lo sabe. El recuerdo feliz del faro de Irta la persigue . Mar llora por una baliza de regreso a casa que ya no es.

—¿El barón fue tu faro?

Niega con la cabeza.

—No, cariño. El de Alcossebre es diseño de la brava Lorite.

Ríen.

Begur siempre ha sido su propio faro.