Capítulo 22
Germán y Mar descienden con dificultad a su camarote en el casco.
El espejo del baño, enorme, consigue hacer la habitación más amplia.
La ebriedad del hombre les lastra el paso .
Farfulla. La leonera los saluda en cuanto pasan la tarjeta magnética.
El camarote veinticuatro está destrozado.
No necesitan llamar a seguridad. Mar conoce al vándalo.
El culpable reprime sus ganas de vomitar en el quicio del dormitorio.
Germán se deshace de la mano que sostiene sus pasos y arroja su frustración sobre la taza de inodoro. La bilis la guarda para Mar.
Si ha sido él, la única pregunta que le ronda la cabeza es cuándo ha armado ese desastre . Concluye que orquestó el caos tras ausentarse de la cena mientras Mar lo buscaba sin éxito. Los problemas de ira de Germán vienen de lejos.
Contempla la habitación dislocada y en ella quiere ver la obra de un hombre acorralado en busca de su libertad. Sin embargo, no ha dado con los documentos.
Su relación continúa hibernando bajo la cama .
—¿Por qué me haces esto? —dice Germán mientras le acuesta. Su aliento apesta a alcohol—. ¿Por qué me has traí do aquí? Yo solo quería llevar una vida tranquila con Cruz y ahora no voy a tener más remedio que hacer lo que debo hacer…
Mar rehúye su vaho , ignorando sus palabras enigmáticas.
Germán le arrastra el jergón con su abrazo de oso.
Se desploman sobre las sábanas revueltas .
Es inútil forcejear, Germán le lleva treinta kilos.
Decide tumbarse a su lado. Esperar a que el licor le venza .
El cuerpo de Poquet recuerda cómo acoplarse al suyo.
La soledad no entiende de voluntades tenaces.
Yacen vestidos unos minutos sobre su condena.
Abre un ojo. El reloj se acerca a la una de la madrugada.
«¡Maldita sea!». Ni Arya Devant igualaría su truco de escapismo: se libra de la mano de Germán, gira sobre mí misma y se sacude el mullido edredón.
Él se agita y su anatomía perfecta la busca .
Le esquiva. Se incorpora, sale de la cama y busca a tientas un calzado más cómodo.
Aún es buena hora y quizá pueda hacerse con las notas de Savaté. Apostaría un brazo a que el escritor no está dormido como un buen chico. Eso solo puede significar una cosa: sus ideas están desatendidas mientras el autor se ocupa de otros menesteres. «El cuaderno me espera».
El suelo crepita bajo la punta de sus pies cuando sale con un código en la yema de los dedos.
Mira el plano que se ha salvado del naufragio de la ira de Germán.
Uno de esos que dicen «Usted está aquí» y que no sirven de gran cosa.
El mapa del tesoro le indica qué camino tomar hasta la habitación treinta y ocho de la cubierta superior. A la primera de cambio, se pierde.
Abre la portezuela de un pequeño cuarto cercano a la góndola del puesto de mando que en el croquis figura como un armario.
Gira la manecilla entreabierta. Sale una persona , que para su sorpresa, le espeta un sucinto «Buenas noches» y bloquea la cancela.
Su cabeza le traiciona. Está borracha de adrenalina.
Sus ojos acaban de dar con un segundo laboratorio, el del casco interior.
Un laboratorio que no existe sobre el papel; la realidad se empeña en llevarle la contraria.
En ese momento, no lo procesa. Solo quiere la Moleskine .
Recalcula la ruta. A su paso, ve habitaciones modestas.
El personal de a bordo duerme al amparo de la noche estrellada.
Sube las escalerillas. El ambiente festivo impera .
El destino sonríe a los de primera clase.
Risas, carreras , persecuciones de amantes.
Algún ronquido pese a la mala conciencia .
Continúa por el que ha sido su pasillo durante unas horas y reconoce el camarote de Begur, la anciana de nariz entrometida.
Mar reza para que duerma. Muy cerca, da con el treinta y ocho.
Pronto, se siente estúpida. «Aquí acaba mi plan sin fisuras».
Está en traje de noche y babuchas frente a una puerta que no tiene ni idea de cómo burlar.
«Estúpida», se fustiga. No se da por vencida .
Palpa la puerta. No está sellada. La empuja con su hombro.
Sin mucho esfuerzo, la batiente se abre.
Se ha equivocado.
Savaté está en el interior.
El chico parpadea. Como si necesitara enfocar lo que acaba de ver.
Mar tiembla .
La puerta está entornada porque claramente esperaba visita. Y esa persona no es Maravillas Poquet. El cuaderno está ahí, dejado caer. En el mueble auxiliar, junto a la entrada. Podría tocarlo si quisiera.
Ponce se ajusta la bata.
—¡Esta sí que es buena! —dice perplejo.
Al escuchar voces familiares, la habitación número cuarenta se abre de par en par.
Alguien la llama por su nombre. Es Begur.
—He dejado a Germán en la habitación —dice— y quería reunirme con vosotros en el salón, pero me he desorientado .
Los ojos de Ponce en su calzado. Las chinelas pisotean su coartada.
El escritor evalúa sus opciones. La baronesa la salva:
—No tienes por qué mentir, querida —dice Begur , enternecida—. Toda la mesa sabe que tu marido no es la mejor compañía esta noche. Anda, pasa.