El vuelo de la fortuna Capítulo 21
34%

Capítulo 21

Mar ocupa su asiento justo a tiempo. Un segundo después, Germán se une a la mesa.

—Te estaba buscando. Has tardado mucho.

—Estaba en el baño, ya te lo he dicho.

El tintineo de una copa cercana mata la disputa.

El foco de atención se centra en la anfitriona de la cena, Monika Volkers.

La mesa de los dueños del mundo, a la que se sienta el capitán Schäfer y un puñado de elegidos, está estratégicamente ubicada, cerca del escenario.

El cañón de luz recorta la figura esculpida de Monika como una aparición imponente.

Ondas en el pelo, vestido gris oscuro de seda, diamantes discretos, auténticos.

La inteligencia, un aderezo incómodo que se confunde con soberbia.

—Gracias por acompañarnos en este primer día de travesía —dice Monika Volkers— .

Este itinerario es muy importante para nosotros por varias razones .

Pero la mollar es difundir la misión que realizamos en la Fundación Embryo desde hace una década.

Nuestra labor comenzó cuando mi hijo Hans fue diagnosticado con el mal de Lear.

Tenía cinco años. El peregri naje médico fue angustioso.

Nadie sabía decirnos qué tenía. —Ernesto Acevedo tiende la mano a su mujer y ella la estrecha suavemente.

El anillo de su marido se le clava por la presión—.

Cuando al fin obtuvimos el diagnóstico, fue un jarro de agua fría.

Una enfermedad de las calificadas raras, incurable, que afecta a uno de cada cuarenta mil nacidos en el mundo . Y uno de ellos fue mi niño.

A la gran sala se le encoge el corazón por un adolescente de quince años que no aparenta más de nueve, por complexión y desarrollo.

La mente de Monika continúa clavada en el instante que lo alteraría todo para siempre.

El día que el pediatra dictó sentencia de muerte: el Heredero no viviría mucho más.

Gracias a la determinación de sus padres, y , por qué no decirlo, a su dinero, Hans Acevedo Volkers había logrado llegar a la juventud con una calidad de vida decente, pero el tiempo extra se le estaba agotando .

Monika se culpaba. Ser madre nunca había entrado en sus planes.

Conocer a Acevedo los trastocó. El amor tiene esa cualidad dúctil para moldear creencias.

Al verla, él resolvió que cambiaría de esposa.

Tuvieron a Hans tarde. Él sobrepasaba ampliamente los cincuenta.

Volkers entraba de puntillas en los cuarenta.

Aquello no fue determinante para la suerte de Hans.

Como averiguaría más tarde, las mujeres Volkers habían sido portadoras de la enfermedad durante generaciones.

Desde entonces, decidió entregar su vida a salvar la de su hijo.

Así nació la Fundación Embryo . Su cometido: desarrollar tratamientos para los desahuciados por las grandes farmacéuticas.

Ponce Savaté disimula un bostezo y mira el reloj . Admira a aquella mujer entregada, pero está agotado por un viaje tan exigente en cuestiones amatorias. El discurso deprimente de Volkers le borra el gesto. El drama no acaba nunca :

—Una de las complicaciones del diagnóstico de la enfermedad de Lear es que los síntomas suelen confundirse con cualquier otra dolencia.

En fin, no quiero aburrirles. —Alza la copa —.

Solo quiero trasladarles que su dinero en estos pasajes irá destinado a una buena causa. —Mira al chico—. Por ti, hijo.

El cañón de luz se dirige ahora a una silueta que se ha mantenido en la penumbra, como lo están las cosas que nadie quiere ver.

La mano escuálida del muchacho levanta la copa. Está extrañamente flaco, con el trazo de los huesos en sfumato sobre su piel de papel pintado. Su cuello apenas se mantiene, como el de un ave fuera del nido.

La mirada entelada hacia los gritos ahogados.

—¡Salud! —El corazón de Hans aletea por el esfuerzo. Se desmadeja en su silla con motor.

—¡Salud! —responde el auditorio.

El cuarteto de jazz toca con voluntad de borrar las penas que empañan la velada. Su talento está a punto de conseguirlo. La reunión comienza a fluir, el alcohol a correr. La vida sigue. Los viajeros del Embryo están de vacaciones. El zepelín blanco se aleja plácidamente de los Países Bajos.

El capitán Schäfer se deja querer por el pasaje, atiende solícito a las preguntas. Danza por las mesas en una coreografía invisible como la reina del baile que se sabe. Es el turno de la mesa de Begur, Savaté, Casals y Poquet.

Sin saberlo, la polémica sale a la pista.

—Seguro que está harto de responder a la misma pregunta, capitán. — ­La baronesa está achispada—. Pero ¿cómo diantres vuela este aparato?

El alemán está encantado de ofrecerle la explicación corta.

—Imagínese, baronesa, que el dirigible flota como una pompa de jabón. Simplemente conseguimos que la masa de las cámaras del Embryo pesen menos que el aire. Así es como conseguimos levitar.

—Increíble.

—Queda el pequeño detalle de la propulsión . —Germán abre la boca que, hasta el momento, solo ha empleado en beber.

—Sí, eso es más complicado. El Embryo es más eficiente en energía que cualquier otro vehículo porque, al contrario que los aviones, no necesitamos combustible fósil para levitar, solo para desplazarnos.

—¿Y qué carburante emplean ?

Schäfer se siente en un examen. Sabe por dónde va .

—Los motores consumen combustible ordinario, sí. Pero la maravilla radica en el hidrógeno verde que nos mantiene en el aire.

—¿Verde? —pregunta la baronesa.

—El término indica que se emplean energías limpias como el sol o el viento en su elaboración.

—Y a usted, Schäfer, ¿qué le parece pilotar un dirigible sustentado por este tipo de tecnologías ? —se encona Germán. Busca pelea.

—Disculpe, no entiendo la pregunta. Mi inglés no es tan fluido como debería…

— Todo este vuelo es un camelo, una pantomima, y usted lo sabe —dice Germán, alterado. Está borracho.

Schäfer balbucea una respuesta políticamente correcta, de seando reconducir la conversación. Germán se atrinchera en su postura apocalíptica.

—El hidrógeno verde está fallando a gran escala. La industria automovilística ya lo ha descartado. También la aeronáutica. ¿Electrificación de la economía? ¡No me haga reír!

La baronesa se incomoda. Toda la mesa lo hace.

Schäfer se calla. Es inútil hablar con alguien que ha elegido su verdad.

Germán fabula ahora acerca de las causas del Gran Apagón.

Tiene las orejas rojas. Los comensales escuchan por educa ción.

Son personas formadas que saben que las energías renovables no fueron las culpables del fallo a gran escala.

El guionista mira divertido a Mar Poquet.

No envidia la noche que le espera a esa mujer aguantando la turra de su marido.

A Savaté el cambio climático le da dolor de cabeza.

—Díganme, ¿de dónde demonios sacaremos la energía cuando cierren las centrales nucleares de medio mundo por el buenismo imperante?

Schäfer se va con la música a otra parte. Mar Poquet se disculpa ante su mesa:

—De verdad que no sé lo que le pasa esta noche. —Y es cierto que no lo sabe, porque Mar ignora el plan de Germán: asustarla para recuperar su atención—. Le acompaño al camarote a dormir la mona y regreso para el número de magia. No quiero perderme el espectáculo de la Devant.

Los trucos de la artista internacional serán lo único que Mar Poquet verá desaparecer esa noche. El cuaderno y su código de apertura tendrán que esperar.