El vuelo de la fortuna Capítulo 20
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Capítulo 20

Cuatro días antes de la tragedia

Embryo

—¿Puedo preguntarte por tu cuaderno, Ponce? Es tan famoso como tú. —La mujer del sari pregunta el secreto mejor guardado del guionista.

—Pero antes, querida, deberás contarme la historia de ese sari…

«Esto ya no es coquetería, es narcisismo». La sorpresa de Mar le nubla el juicio, no la deja ver que Savaté solo está siendo amable, que está tratando de vender libros.

—Pues soy de origen catalán, pero vivo en Jaipur desde hace mucho tiempo, de ahí la vestimenta. Me temo que no soy muy exótica. —Resulta llamarse Aurora. Se presenta.

Begur celebra la coincidencia de compartir mediterranía con la Afortunada de la mesa diez. La respuesta satisface a Ponce.

—Mi bloc de notas está a buen recaudo, Aurora. Pero debería haberlo traído. Uno no sabe dónde puede encontrar la inspiración.

— ¿Y qué apunta?

—Pues casi cualquier cosa. Dibujo mucho.

Cosas que me llaman la atención. Palabras inconexas.

Que usted viva cerca del observatorio de Jantar Mantar, aunque haya nacido a mi les de kilómetros de allí.

La bajada de tensión eléctrica de esta mañana.

No sé —confiesa—. Es todo bastante arbitrario.

Cabos de los que poder tirar, conceptos que esconden una buena historia…

Mar mira a Germán. La conversación le aburre y finge ir al baño.

La fanática del escritor aprovecha la salida del único caballero de la mesa para saltar a su lado y pedirle una foto.

Su bolso de mano es diminuto. Ha dejado su teléfono en el camarote.

El ídolo pone a disposición el suyo. Poquet se ofrece a hacerles la foto.

Antes de intercambiar posiciones, llega a tiempo para quedarse con el código de desbloqueo del terminal.

No se lo cree.

Es una combinación de ocho dígitos que reconoce al instante:

27042023

La fecha de un acontecimiento inolvidable en la vida del escritor. Y no es la de su boda ni la del nacimiento de su único hijo.

«El 27 de abril de 2023. La fecha del lanzamiento de su novela más icónica, La luz más vibrante , con la que llegaría a alcanzar su primer millón de copias». Mar cae en la cuenta de la relevancia de ese hallazgo casual. Es muy probable que reutilice la contraseña en otros dispositivos.

Begur, la mujer y Ponce sonríen a la cámara.

El flash ciega sus sonrisas.

Una obsesión congela la de la escritora sin talento.

«Te tengo». Y  pulsa el botón de nuevo.

El júbilo por las instantáneas la anima.

Les muestra la imagen que acaba de tomar, en busca de su aprobación. La amplía. No advierte que, tras sus sonrisas encantadoras, el objetivo ha captado de fondo a un Germán en actitud hostil con un operario.

Solo tiene ojos para visualizar cuándo escabullirse de la cena y colarse en la habitación de Ponce para probar suerte con la combinación.

Tiene un código y le quema en las manos.

Ponce Savaté continúa ajeno al peligro que correrán sus secretos en las manos de la fotógrafa casual y disfruta del ágape con Schäfer.

En cambio, ese enigma no es el único que Maravillas ansía resolver: Germán está de nuevo en su punto de mira.

Tarda demasiado en regresar. Se dice que las continuas ausencias de su marido, además de una falta de respeto, son una provocación.

La indignación la quema en la garganta. En ese estado, Mar no puede mantener la compostura del corsé social. Se retira de la mesa con una excusa.

—No tardes —dice Begur.

— Tranquila, estaré de vuelta antes de los discursos.

Lo que tengan que decir los patronos de Aguilar la trae sin cuidado.

Solo quiere gritar. «¿Dónde demonios se ha metido Germán esta vez?

». Si se trata de una estrategia para captar su atención, sin duda, está funcionando.

Camina sin rumbo por el dirigible. Pasear siempre la ha ayudado a decantar ideas.

A cada paso, la adrenalina se transforma en claridad mental.

Le sorpren de su actitud hacia su pareja después de tantos años.

Esa pasión enervante, tan alejada de la indiferencia, solo puede significar una cosa.

Y eso la aterra. Últimamente no puede dejar de sentir miedo, esa sensación pegajosa que se le adhiere a la piel fría.

Atraviesa a zancadas las zonas comunes. Ni rastro de su marido.

El tiempo apremia. En breve, comenzarán los discursos grandilocuentes.

Como Afortunada que se sabe, debe rendir ciertas pleitesías.

Decide regresar. «Maldito Germán». Ya de vuelta, al fondo de la biblioteca, encuentra una sombra derrumbada sobre un mueble bar amplio que hace las veces de barra.

Se acerca un poco más. Reconoce la figura recortada en la pe numbra, el traje a medida, los zapatos caros.

El peinado salvaje, por domesticar. Es Patricia, pero la ve distinta.

En privado, se acoda sobre la barra como un animal que devora su alimento.

Desmadejada, ni huella de su diligencia, quebrado el mecanismo interno del payaso de una cámara de pega.

—Buenas noches.

El saludo la pilla por la espalda. El resorte se activa torpemente .

Un hilo invisible tira de su testa y la postura de la soldado de Indace se reestablece.

Sus ojos acuosos no engañan: está borracha.

Examina a la Afortunada: Maravillas Poquet .

Se dicen sus nombres, aunque no hace falta. La invita a acompañarla.

Mar se arrellana en uno de los taburetes . Un camarero les toma una comanda que no les apetece beber.

Se hace cargo. La tensión de las últimas horas en el Em­bryo ha hecho mella en la publicista; la escena de expulsión de los pasajeros que se negaron a someterse al control médico violentaría a cualquiera. Solo necesita hablar con alguien.

Mar mira con pena a la ejecutiva que no va a la peluquería. Se la imagina acumulando horas durante todo el año para arañar diez días de vacaciones en los que coronar una cima lejana con dos móviles a tope de batería. Tras minutos de charla intrascendente, hablan de su eterno viaje aplazado:

—¿Sabes? Había planeado ir a Perú este verano con mi pareja, pero…

—Las personas se cansan de esperar —concluye Mar.

Asiente.

Maravillas no ha sufrido ese tipo de presión corporativa, pero reconoce la mirada de los mártires del esfuerzo. La soledad de quienes solo trabajan.

—¿Y no has pensado en buscar otro empleo? No sé, otro comienzo. Regresar.

—¿Regresar a dónde ?

—No sé. ¿Qué tal a casa, por ejemplo? ¿De dónde eres?

—De Artana.

Mar se sonríe al compartir tantas cosas con Aguilar. Apenas cuarenta kilómetros separan sus lugares de nacimiento. Ambos con más pasado que futuro. Comprende que no es viable regresar a la Plana Baixa. En el municipio a los pies de la sierra de Espadán las oportunidades son escasas.

—De Artana al mundo.

Aguilar sintetiza su vida en un resumen ejecutivo: formada en la UJI gracias al programa de la fundación, saltó a Madrid a una big four . Parte de su pellejo aún debe de estar pegado en el respaldo de una silla ergonómica de la planta veintidós.

—Y hace unos años alguien me habló de este empleo. Pensé que viajaría, que vería mundo, que esto me llenaría. Y durante mucho tiempo, quizá demasiado, así ha sido.

—Pero ya no.

—…

—Tus padres deben de estar muy orgullosos.

—Pues no sabría decirte. No los veo mucho.

Apura su pisco sour .

—Creo que solo necesitas unas vacaciones, Pat.

—Lo que necesito es vivir sin miedo. —Acaba de presentar su renuncia silenciosa.

Y ni siquiera lo sabe. Demasiados cabos que no casan en el vuelo de la fortuna.

Como aquella maniobra de carga en el aeropuerto de Castellón.

Aguilar se ha cansado de justificar que todo va bien. Ante la prensa, ante sí misma.

El camarero interrumpe la conversación de las discípulas de Paulo Coelho.

Unos pasos presurosos les trasladan la prisa. Deben volver para los parlamentos. El taconeo de Arya Devant se dirige hacia el salón principal. No pueden ver que el rostro de la maga está arrasado por las lágrimas.

El tiempo de las confesiones ha acabado.

La farsa debe continuar.