Capítulo 19
Seveso
En Seveso el teléfono volvió a sonar de forma inesperada. Stefano había conseguido una moneda del buen samarita no de paciencia corta que aporreaba la puerta. Desde el telé fono público, logró arañar unos minutos decisivos para alertar a Livia.
Al tercer tono, Livia descolgó. Los dos anteriores, mientras el aparato rugía, los había invertido en cubrir la distancia en tre el callejón y la casa de Clara.
Necesitaba despejarse para asimilar la información de Stefano Biagi, el redactor de Il Corriere de la Sera.
«Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá no hubiera salido a tomar el aire».
Ahora, las bocanadas le abrasaban los pulmones.
Descolgó con los ojos arrasados. No tanto por la atmósfera irrespirable, sino por la certeza de lo que le había ocurrido a su gato y al resto de la camada.
El montoncito de animales desmadejados parecía dormir.
—Soy yo de nuevo —dijo Biagi.
—¡Stefano!
—Te decía que tienes que ponerte a salvo, Livia. Tengo información acerca de la nube de dioxina. Por algún motivo, no me dejan publicarlo…
Icmesa, filial de la multinacional Roche, tenía sus mecanismos para comprar voluntades en una Italia corrupta.
—Este jueves, la empresa ha reconocido el escape, pero no nos dicen de qué —dijo Livia—. Nos cuentan las cosas con cuentagotas y la gente sigue con su vida. Michele está yendo a la fábrica a desescombrar. Los obreros no tienen material, lo hacen con las manos desnudas. ¿Has averiguado algo más?
— No, solo pura lógica. La sustancia afecta antes a los pequeños, a aquellos de poco peso…
—¿Qué quieres decir?
—Verás… Ha pasado más de una semana desde la fuga, Livia. Según mis cálculos, ya deberían de haber comenzado a… — d udó— morir los animales más pequeños. —Stefano no podía verla, pero Livia asintió al otro lado del auricular—. La sustancia debe de estar haciendo lo mismo en…
«Dios mío, los niños». No era tonta. Stefano continuó:
—Y los niños pequeños ya estarán presentando erupciones en la piel como reacción a la dioxina. Es cloracné.
«El tacto de los granitos del hijo de Clara», recordó Livia, y la estremeció el tacto de aquella mano.
—Y las personas con problemas respiratorios pueden ver agravadas sus afecciones.
Más toses .
—Livia, os estáis envenenando. El anuncio sobre la toxicidad del vertido es inminente.
—Sus fuentes eran sólidas—: Van a evacuar Meda, la población que acoge a la fábrica.
Se ha filtrado que mañana se llevarán a los setecientos habitantes de la zona A.
Vosotros estáis en la zona B. Pero esas demarcaciones son un chiste.
La nube tóxica cubre una superficie de dieciocho kilómetros cuadrados. Tienes que salir de ahí. Vente conmigo.
Stefano se mostraba angustiado. No hacía falta ser un genio para saber que la evacuación sería un caos.
—No es tan fácil, Stefano. Mi madre se moriría del disgusto. ¿Cómo voy a irme a vivir con un hombre a Milán?
Ni siquiera la desgracia podía reprogramar las convicciones de una mamma rural. Y menos en aquel rincón de la Lombardía de los años setenta.
Livia se asfixiaba.
—Livia Ferrante, ¡escúchame! He hablado con el corresponsal del diario que cubrió la guerra del sudeste asiático. Me ha confirmado que el compuesto es sumamente nocivo.
Trataba de ahorrarle la jerga técnica. El tiempo era vital y podía notar su terror.
Le explicó, sin suavizar, que la dioxina conocida como TCDD era una de las sustancias más peligrosas creadas por el hombre.
Su toxicidad se medía en nanogramos, es decir, en milmillonésimas partes de gramo.
Ocho mil nanogramos serían suficientes para fulminar a una rata.
—Stefano, no te sigo . Esas cantidades me aturden. Di lo que tengas que decir .
—Livia, se han liberado dos kilos de dioxina a la atmósfera. ¡Dos kilos! Las consecuencias sobre la salud pueden ser devastadoras. Mi colega ya lo reportó en Vietnam: problemas respiratorios y cutáneos, los más inmediatos. A largo plazo…
—Cáncer .
—Sí, entre otras alteraciones.
—¿Qué quieres decir?
Le habló de una probable infertilidad química en el medio plazo. Y de algo más preocupante: las mutaciones para los embarazos en curso, documentadas en Vietnam.
—Es pronto para hablar de esto, Liv, sé que es demasiada información, pero me preocupan … —dijo al fin— las mujeres gestantes.
Livia levantó la vista y vio a su amiga Clara, embarazada de seis meses, canturreando y ayudando con el almuerzo en la cocina . Stefano añadió:
—Tras el napalm, se reportaron numerosos casos de abortos espontáneos —bajó la voz—, y decenas de niños nacieron con graves alteraciones.
«Malformaciones». Livia temía por la gestación de su amiga.
—Ya no puedo hablar mucho más. El hombre de afuera se impacienta. Mañana, antes del anuncio de evacuación de Mena, te llamo y organizamos tu salida. Dime al menos que te lo vas a pensar .
—Me lo pensaré.
—Una última cosa.
—Dime.
—No comas nada que provenga de la tierra. Nada. Ningún alimento del huerto de casa de tus padres, nada de animales de granja ni de aves de corral. Las autoridades locales lo alertarán mañana con un bando.
—Stefano, tengo miedo.
—Yo también.
—Verás… Creo que no me entiendes —dudó la artesana—. Creo que podría estar embarazada.
—Lo sospecho desde hace tiempo.
—Stefano, creo que el niño no es tuyo.
—Eso no cambia lo que siento por ti .
Cuando la conversación agotó el saldo de las palabras, Clara la arrastró hasta la cocina que daba al huerto.
Desde el dintel, Livia observó la mesa humilde, decorada y festiva para recibir a los parientes de localidades cercanas.
Celebraban la vida en aquel domingo abrasador.
Allí estaba Michele cubierto de un polvo blanquecino de pies a cabeza, sonriente como un niño.
Clara, con su barriga abultada, y el que sería su hijo mayor ofreciéndole la mejilla sin sarpullido en busca de un beso.
Gente buena en manos de malnacidos , ajenos a la verdad que saldría a la luz, imparable , como un escape de gas.
La madre de Clara gesticulaba orgullosa. Había cocinado durante horas el conejo casero con verduras de su propia huerta. Livia miró el plato principal.
El coniglio in umido parecía sonreírle desde la cazuela, humeante y beatífico, conforme con su destino.
La voz de Stefano resonó en su cabeza.
«No comas nada que provenga de la tierra».
Vomitó allí mismo.