Capítulo 18
Minutos después de la bajada de tensión eléctrica, Mar acaba de maquillarse en el camarote veinticuatro.
La luz ha titubeado justo cuando se pintaba la línea del párpado.
Ha vuelto como si nada, coincidiendo con el regreso de Germán, que entra y sale del camarote como una aparición.
Contra todo pronóstico, el delineado ha salido estupendo.
A juego con el otro ojo. Algo que ocurre una vez de entre un millón.
El peinado es elegante. Hoy su cabello no la desafía y ha resuelto seguir el camino pautado de las horquillas.
Ha estrenado un carmín caro que la hace sentir indulgente con su autoestima.
En sus lóbulos pequeños, las perlas de la joyería diminuta de Namie.
—¡Llevas mis pendientes!
Asiente de buen humor. El nácar le imprime luz a la cara.
«Él también está guapo». Se muerde la lengua y se traga el piropo.
Sigue molesta con él. Por su capricho, le será más complicado coincidir con Ponce y acceder al camarote del escritor desde el sótano.
La habitación actual es más contenida. Y bonita, es cierto, pero no es capaz de encontrar nada.
Por fortuna, ha hallado acomodo, junto al hervidor de agua, para sus sobres de la suerte. El azar siempre encuentra su lugar.
—Ayúdame con la cremallera. —Gira sobre sí misma y deja a la vista una espalda desnuda, sin rastro de sujetador. Le ofrece su nuca delicada y ríe. Él la ayuda y se voltea.
Mira a Germán. Está elegante. Repeinado. Sus cabellos cobrizos han perdido su fuego por la gomina, pero su porte continúa ahí. Parece haber nacido para llevar ese traje. Tiene la quietud de los que duermen bien, de los que compran el sueño de otros.
—¿Ya estás?
—Un segundo. Los zapatos.
No localiza los que busca. La mudanza ha sido apresurada y las pertenencias de Mar están desparramadas por el coqueto aunque oscuro camarote .
Se percibe más ajetreo que en la primera cubierta, además de los pasos de la tripulación y personal de mantenimiento .
No escuchan el zumbido del hum , pero sí los quejidos del Embryo: los asentamientos de las tripas y del puente de mando.
Sonidos que Mar no sabe identificar. El camarote la aleja del cuaderno, pero acerca a Germán a una de sus obsesiones: la electricidad.
Ahora, el cambio no se le antoja tan arbitrario.
Le reconforta estar cerc a de los controles.
El fuerte de Mar no es hacer favores.
Tampoco marcará las distancias con la pareja de Cruz cuando los venza el sueño.
La cama es más estrecha que en la habitación de primera. Y, en algún momento, tendrán que compartir ese elefante.
—Aquí están tus zapatos.
Están encima del somier, junto a la estola de piel.
Los dos miran la cama.
Ninguno de los dos dice nada.
Caminan en silencio y ascienden al salón.
Se pierden varias veces por los pasillos del Embryo.
El zepelín blanco es un laberinto de lujo.
Sin embargo, la espera ha merecido la pena.
Han llegado. Mira por primera vez el salón comedor con asombro.
Es inmenso. La decoración, exquisita: amueblado con maderas nobles en tonos suaves que contrastan con las luces bajas.
Las líneas rectas con motivos geométricos imitan las líneas de la naturaleza con destellos en oro y plata, el sutil encanto del art decó.
Al fondo, un conjunto de jazz tras los pesados cortinajes granates del escenario.
Dándoles la bienvenida, el capitán Schäfer con su traje de gala y su barba cui dada.
Las mesas redondas, preparadas para la cena, salpican la superficie del salón dispuestas con escuetos pasillos para maximizar el espacio.
Junto a la entrada del salón, una lista establece el orden de las mesas. Maravillas levita.
Germán toma su mano enguantada y se dirigen hacia la mesa número diez. Los comensales visten de etiqueta para la primera cena. El mood , los años treinta.
Mar celebra las vistas fabulosas. Tienen el escenario enfrente. Se lo dice a Germán.
—Mira qué buena mesa.
Disiente.
El deporte favorito de su marido es llevarle la contraria.
—Las buenas mesas son las de los vitrales. Mira qué estrellas.
Ya hay varios desconocidos a la mesa de copas de vidrio talladas, mantelería de hilo y cubiertos de plata.
La elegancia de los comensales es desigual y la dependienta se mira complacida.
Vestido negro de cuello halter de satén, escote de vértigo en la espalda.
En el pelo, no se ha atrevido con las ondas de agua.
Moño bajo, pequeño detalle de fantasía para fijar el recogido, en solidaridad con las horquillas.
Y los pendientes de Germán. Los guantes de su tienda le dan un toque de distinción.
Levanta la mirada y le sonríe una cara conocida.
—¡Qué suerte, querida! Nos volvemos a encontrar. —La baronesa desmantela de un plumazo la complacencia de Poquet. Sus gemas refulgen como criptonita. La pedrería de Mar muestra inerme su condición de baratija.
Se sientan juntas . Se presenta al resto de invitados.
Hace un poder . Saris florales y kimonos de seda occidentalizados para adaptarse al protocolo.
Dejará que Germán lleve la voz cantante con el inglés.
Comienza la cena y busca a un aliado en la mesa.
Encuentra el vino blanco. Cuando ha perdido la esperanza de que algo interesante suceda esa noche, aparece Ponce Savaté, peinándose con los dedos y ajustándose la camisa.
Tiene prisa y solo busca pasar desapercibido.
La mesa del matrimonio queda lejos de las estrellas, pero cercana a la entrada .
Hay una localidad vacante: la silla que da la espalda al escenario.
Ponce se deja caer desfallecido sobre su butaca , perlado de sudor. Es evidente de dónde viene.
La mesa celebra la adhesión del nuevo comensal entre alharacas.
El escritor de moda está frente a Mar Poquet y no parece haber saciado su apetito.
Le gusta lo que ve.
Aprueba su atuendo exánime.
Sus baratijas vuelven a brillar.