El vuelo de la fortuna Capítulo 17
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Capítulo 17

Mira el reloj, faltan dos horas para la cena del capitán. Por una vez, su inseguridad va con tiempo. Tiene la ropa extendida sobre la amplísima cama. También los complementos. Duda con el calzado.

Germán pone sus nervios en pie de guerra.

Suelta la bomba.

—No me lo puedo creer, Germán. ¿Que quieres qué? —d ice Mar.

—Un cambio de camarote —repite.

La primera vez que lo insinuó, pensaba que bromeaba. Que solo quería castigarla.

—Esto es alucinante.

—¿Acaso no lo oyes?

Silencio.

—¡¿El qué?!

Un sonido imperceptible, una pequeña vibración constante, se deja escuchar en la primera cubierta.

Lo desecha.

—No, ahora mismo solo escucho tus sandeces. —Se cruza de brazos—. Yo de aquí no me muevo.

«Maldita sea. Ahora no puedo dejar de oír este estúpido zumbido».

Tiene que hacerse fuerte en la estancia de lujo de la primera cabina, como sea. El cuaderno y su rey Midas están ahí, justo en la habitación de al lado, cualquier concesión al cambio sería una gran pérdida.

—Es el hum constante de los sistemas eléctricos.

Mar no ha oído hablar del « hum» en su vida.

—Sé que tú también lo oyes, Mar. Ese silbido se produce por la vibración de los motores y transformadores cuando la corriente los atraviesa.

Pone los ojos en blanco.

—Me he informado, ocurrió lo mismo en el Hindenburg.

Y el Embryo ha copiado paso a paso su diseño.

Puede que haya, y habrá, posibles fluctuaciones de potencia —dice Germán—.

Las cabinas de primera clase están demasiado próximas a los paneles de distribución.

Ya no es por el ruido, Mar. En caso de apagones, la primera cubierta no tardará en verse afectada.

En el casco , donde están los motores, es muy probable que los ingenieros hayan reforzado el cableado. Abajo estaremos más seguros.

Su esposa no entiende una palabra. Pero es evidente que Germán ha hecho los deberes. Su decisión de cambio de compartimento es firme. Tiene sus pertenencias empaquetadas.

Se rinde.

—¿Y cómo vamos a conseguir un cambio de cabina así como así ? El pasaje está completo, Germán.

El ingeniero le enseña una tarjeta magnética. La llave de su nueva estancia. No da crédito. Ha conseguido un camarote en las tripas del Embryo . Uno de los destinados a la tripulación con galones.

— Es la número veinticuatro.

«Ahora ya sé dónde estaba Germán mientras yo tomaba el té con Savaté», pero se equivoca.

Unos minutos antes, Ponce Savaté había mentido al despe dirse.

Lo hace a menudo, mentir. Su trabajo consiste en escribir historias que jamás sucedieron.

A veces, un engaño es el camino más corto para eludir una discusión, proteger autoestimas.

Ponce Savaté no se había retirado para acicalarse para Schäfer.

Tampoco para escribir. Tenía una cita con Pat Aguilar para un tour privado por las instalaciones.

En la reunión de hacía un año habían acordado cierto trato de favor a cambio de narrar la experiencia a bordo del dirigible: acceso a la lista completa de pasajeros y entrada libre a las estancias del Embryo.

«Salvo a los dormitorios —puntualizó Monika Volkers tras la reunión—.

Al menos, a aquellas alcobas a las que no haya sido invitado.

Convendrá conmigo, señor Sava té, que lo contrario sería de muy mala educación».

Sus miradas se electrificaron. El guionista, de camino a verse con Aguilar, rescata la mirada refulgente de Volkers. El deseo afilado.

El autor no puede escapar de la maldición de su belleza.

La pulsión ajena planea sobre él enturbiando su trayectoria.

Vive atrapado en un estúpido cliché como un personaje plano de su invención.

Ya no combate el placer. Para qué. Se ha rendido al efecto que surte sobre ciertas personas.

Bellas y poderosas. Desde la reunión, llevan viéndose un año con sigilo, a caballo entre Madrid y Frankfurt.

Ser el amante de una de las mujeres más poderosas de Europa comporta ciertos riesgos.

El más peligroso tiene nombre propio: Ernesto Acevedo.

—Tan impuntual como siempre —dice Aguilar.

—Y tú tan bella.

Ponce no sabe descifrar su mirada. Por alguna razón, sus encantos no funcionan con la publicista, y eso le desconcierta. Le molesta. Lo intenta con una broma .

—El tráfico, ya sabes, cada vez está peor.

Le sale bien. Ríen.

La mujer le guía con soltura por los recodos menos conocidos del aerostato.

El peinado de la chica es terrible. Necesita con urgencia un tratamiento hidratante.

Su desastre capilar, encrespado y quebradizo, hace juego con el estado de nervios de esa mujer fiera y capaz.

Está triturada por la coordinación de aquel prodigio volante.

Ponce Savaté no puede obviar el fuego de los ojos de Patricia, alimentado por otra pasión muy distinta a la que espera: la satisfacción por el trabajo bien hecho.

Había oído hablar de esos especímenes corporativos difíciles de encontrar, pero nunca había dado con uno.

Perros fieles cuyo salario emocional pasa por tres palabras del amo exigente.

«Buen trabajo, Aguilar». Pat, como buen cánido rescatado, se desvive por la aprobación de su patrón. El respeto de Acevedo es su galleta.

Savaté mira a la chica sin disimulo. Imposible calcular el valor de las exquisitas prendas, sus zapatos a medida. Sin embargo, un directivo sin tiempo para el salón de belleza no es más que un siervo. «Los amos del mundo siempre van bien peinados», piensa. La esclava dice:

—Y, por aquí , enseguida accedemos al panel de control.

La información le saca de su ensimismamiento. Han recorrido una gran distancia, bajado escaleras . Segundos antes de adentrarse en la góndola exterior del centro de mando, muy próxima a los motores, una puerta se cierra con estrépito.

Acierta a entrever otro laboratorio distinto al de esta mañana en la cubierta superior.

—¿Para qué sirve esa sala?

Aguilar mira el plano que se sabe de memoria.

—Me temo que en este nivel del dirigible no hay laboratorios, Ponce.

Patricia se rasca la cabeza y dibuja un interrogante sobre el plano cuando dejan atrás el pasillo del casco del Embryo.

Ya están en la góndola externa. No hay tiempo para regresar y subir el segundo tramo de escaleras.

El guionista extrae el cuaderno de su bandolera, introduce el código de seguridad y la libreta se abre como una flor solícita.

Anota con premura. «¿Laboratorio ?».

—Interesante caligrafía.

—Sí, es ilegible. —Sonríe presuntuoso—. Desde que sufrí el robo del anterior, mejor prevenir. Escribo en lenguaje encriptado.

Busca admiración en los ojos de Aguilar. No la encuentra.

El capitán los saluda en el cuadro de mando. Cae la noche.

—Le presento al capitán Heinrich Schäfer —se limita a decir.

—Buenas noches, capitán.

Patricia explica que la visita al puente de mando se suele obviar por cuestiones logísticas y de seguridad.

—El señor Savaté está muy interesado en conocer esta cabina y profundizar en el uso de los aparejos para su nuevo proyecto.

—Sí, parece un milagro de la aeronáutica. Todo este panel es una maravilla, ¿es original? —dice Ponce mientras observa elementos cuyos nombres desconoce. Resultan ser manómetros, altímetros, velocímetros y giroscopios.

Todo reluce de un modo mágico. El ruido es ensordecedor por los motores de gasoil. Schäfer se complace de tener un espectador tan reconocido.

—Esta parte frontal, la analógica , es original, sí.

Por supuesto, hemos incluido por seguridad pantallas led e instrumentos de navegación actuales como mapas por GPS , indicadores de sistemas eléctricos que nos avisan de las condiciones meteo rológicas, estado del combustible…

Resumiéndolo mucho, tenemos ante nosotros el corazón y el cerebro de la bestia: aquí los controles principales —señala Schäfer—, allá los canales de comunicación.

— Pensaba que no había comunicación con el exterior.

—Y no la hay. Es una frecuencia interna para hablar con mis hombres. La radio, de onda corta, solo conecta con las torres de control en las maniobras de despegue y aterrizaje .

Savaté acaricia los objetos de medición con la mirada.

Sus ojos curiosos saltan de un panel a otro, de una luz a otra.

La cabina es metálica y pequeña, como el frontal de un minibús escolar.

Para hacerla acogedora, se ha revestido con listones de abedul.

La mezcla de laca y lubricante se le pega en la nariz.

El calor es asfixiante. Caben a lo sumo cinco personas.

Para hacerles hueco, ha tenido que salir un operario mecánico de botas gastadas, de saldo.

Junto a Schäfer, otros dos técnicos trasiegan pacíficamente con el instrumental de vuelo.

Trabajar en esas condiciones, al frente del mastodonte, no es idílico. Pocas comodidades para una responsabilidad hercúlea, apenas compensada por las vistas .

La negrura de la noche es alucinante.

—¿Es cierto que estos trastos tienen dos timones? —Aguarda la respuesta como un niño la Navidad.

—Sí, acompáñenme —les dice— . Miren. Son estas dos palancas.

Ponce parece un tanto decepcionado . Quizá esperaba el timón de un barco pirata.

«Demasiadas películas».

—Esta palanca es el timón vertical y la contigua es el timón horizontal. Subimos y bajamos, pero, al contrario que los aviones, también podemos desplazarnos hacia los costados. Estos interruptores corresponden a los motores.

El novelista infiel lee para sí las etiquetas bajo los indicadores: Motor izquierdo , Motor derecho , Luz de navega­ción y Alarma .

Un pequeño bandazo alerta a Ponce y a Aguilar. El capitán trata de mantener la calma y lo consigue. En cambio, una luz roja comienza a parpadear. No responde. La tensión eléctrica baja imperceptiblemente y la góndola se queda en la penumbra unos segundos. Schäfer se encoge de hombros.

—No se alerten, llevamos con fallos eléctricos desde el despegue. Afortunadamente, no tiene la menor importancia.

La seguridad del capitán no da opción a réplica .

Tras un manotazo seco contra el panel metálico, el Embryo deja de titubear.

La luz recobra su aspecto sereno. El altímetro cesa en su empeño de avisar sobre una caída libre imposible que no ha ocurrido y el velocímetro regresa diligente a los parámetros de la normalidad.

Las agujas continúan temblonas cuando Ponce y Pat salen de la cabina.