Capítulo 16
Ha sido un día intenso de emociones en el camarote treinta y nueve.
Cae la tarde en el primer día de travesía del Embryo.
El zepelín blanco, como el sueño del capitán Ahab, surca los cielos con la suficiencia de un cetáceo que sabe lo que hace.
Sobrevuelan la región de Brabante Septentrional, al sur de los Países Bajos.
Un mosaico de campos verdes, ríos serpenteantes, molinos y casitas apretadas se exhibe ante los ojos de Mar, ajeno a su belleza.
La tensión con Germán parece haberse disipado a pesar de su nueva salida de tono.
Germán ha acabado por insinuar un cambio de camarote.
Y han discutido. La primera de muchas. Las vistas son gloriosas: una combinación de tradición, naturaleza y modernidad.
El teatrillo entre ambos la agota, pero es consciente de que aquello acaba de comenzar.
Nada va a desviarla de su objetivo: absorber cuanto pueda de Ponce Savaté.
Ni siquiera un marido que a, estas horas, no sabe dónde se ha metido.
—Querida, ¿está usted llorando?
El cansancio de los ojos de Mar se dirige a quien le habla.
Una señora elegante que no ha perdido ripio de su desembarco en el camarote desde su llegada.
Estaba en la cabina contigua, en la primera planta.
«Por fin ha encontrado una excusa para hablarme», piensa mientras se enjuga las lágrimas.
Ni siquiera es consciente de estar hipando:
—No sé qué me pasa… Todo esto es tan hermoso —improvisa.
—Ay, querida, el síndrome de Stendhal es la mar de inoportuno.
La luz del atardecer baña la sala panorámica en la que medio centenar de pasajeros se distribuye alrededor de la zona acristalada. « Son pocos», se dice. Intuye que el resto debe de estar descansando y preparándose para la cena del capitán de la primera noche. La quietud los abraza.
—¿No es increíble que podamos admirar cada detalle con tanta nitidez?
Asiente. Su mirada sigue el curso de un río que no sabe cómo se llama.
—Es precioso el río Mena, ¿verdad ?
Sonríe sin ganas a la mujer, que parece leerle la mente.
—Volamos bajo. Schäfer me ha comentado que a unos trescientos metros. Somos unas afortunadas. Venga, venga conmigo, querida. Me disponía a tomar el té.
La mujer parece haber decidido adoptar a Maravillas y esta la sigue con mansedumbre.
Se sientan en unas preciosas sillas de mimbre de la sala, frontales al ventanal.
Sirve el brebaje caliente para acompañar el atardecer de galleta.
Los azucari llos corren por cuenta de Mar.
Coloca las profecías junto a las cucharillas de plata.
Begur lee su sobre y sonríe. Deja la buena fortuna para más tarde.
—¿Quiere usted una manta? —Amenaza con arroparla como lo haría una abuela.
Niega con la cabeza. Solo puede pensar en cómo acercarse a Savaté y a sus preciadas ideas.
—Llevo aquí desde que izamos, querida. —Mar la mira con el pelo húmedo—.
La pongo al día: se ha perdido la panorámica del Römerplatz, la catedral de San Bartolomé y los castillos del valle del Rin.
He de confesar que se me ha escapado una lagrimilla con la majestuosidad de la catedral de Colonia.
—Begur muestra su vulnerabilidad ante la belleza y la respeta por eso.
Admira la fortaleza de las personas frágiles—.
Pero no se apure, en nuestro itinerario podremos llorar a placer sobre las vistas del Canal de la Mancha o la estampa del palacio de Westminster.
Espero que el capitán haga un pequeño desvío para ver la misteriosa Stonehenge desde el aire… Son sobrecogedoras.
La mira con horror. «Esta mujer piensa contarme el itinerario completo».
La baronesa ha pagado su buen dinero y está dispuesta a exprimir la experiencia.
Mira en derredor. «¿Dónde se habrá metido Germán?
». En su búsqueda , los ojos de Mar tropiezan con los de Ponce Savaté , al fondo de la sala panorámica.
Desvía la mirada y se ruboriza como una adolescente.
—Estoy deseando atravesar el Atlántico Norte y observar los fiordos de Groenlandia. Por supuesto, también la Estatua de la Libertad, pero atravesar el Atlántico a esta altitud, a esta velocidad durante más de día y medio, tiene algo de… de épico. ¿No cree?
Begur parlotea sobre la grandeza de reposar en la era de la inmediatez.
De tomarse tiempo, de disfrutar de la compañía y las vistas pudiendo realizar el mismo itinerario en unas cuantas horas.
La escucha como quien oye llover: una lluvia insistente y tediosa que repiquetea contra los cristales de una casa vieja.
—¿No les inquietan las cuarenta horas que nos llevará atravesar el océano? —Una voz varonil la rescata del sopor—. No me digan que no sería un argumento estupendo para el guion de una película de misterio —dice Ponce Savaté.
El escritor las observa divertido.
—¿Puedo ? —Toma asiento junto a Maravillas.
No puede dejar de mirarlo. Ni a él ni a su cuaderno.
Es muy alto.
—¡Ponce, querido! —exclama la abuela.
—Cuánto tiempo, Begur. Me alegro de verte. —La tutea sonriente.
—Desde la fiesta de aquella firma de cerámica de Villarreal… —puntualiza ella.
Ambos sonríen, cómplices, evidenciando que fue un fiestón. Maravillas piensa que todas las personas influyentes se conocen. Y está en lo cierto.
—Ponce, imaginaba que estarías a bordo, pero no te tenía ubicado, hijo. ¿En qué camarote andas?
—En el treinta y ocho, en la primera planta.
— Eso me figuraba, en primera clase. Me congratula que te vaya tan bien con la literatura.
Ponce Savaté no se molesta en aclarar que es un invitado de la misteriosa fundación, aunque la reinversión de sus regalías por La luz más vibrante en las minas del Donbass le haya reportado cuantiosos beneficios.
Es conocido por manejar los tiempos como nadie.
Supo esperar y proteger sus inversiones en los territorios invadidos.
El resto de los fondos europeos aún debe de estar huyendo.
—El truco, como en todo, está en resistir.
«¡¡En el treinta y ocho!!». Mar no puede creer su suerte .
—Y ¿quién te acompaña, Begur?
—Te presento a mi amiga, a la señora de… Ay, disculpa, querida, con tanta cháchara se me ha ido el nombre.
—Hola, Ponce. —Le tiende la mano cordial al escritor que admira—. Soy Maravillas Poquet…, señora de Casals.
No sabe por qué he dicho eso último. Quizá porque es consciente de que viaja de prestado.
Y se le nota. El máximo premio que ha obtenido en su vida ha sido un reintegro.
Y, ahora, ese pasaje envenenado a bordo del Embryo.
Una especie de gato de Schrödinger de la buena fortuna.
Está de suerte y gafada al mismo tiempo porque tiene que compartir su aventura con el señor Casals.
—Encantado, Maravillas — dice la sonrisa de Ponce—. Tienes un nombre muy bonito .
Ya le habían hablado de las dotes de seducción del guionista metido a escritor. Pero Mar es inmune. «Este hombre —p iensa— tontea por deporte».
—Gracias —dice, lacónica—. Los nombres milagrosos vienen de familia.
Begur se agita en su silla.
—¿Decías algo de un argumento, Ponce? ¿No será un misterio de los tuyos mientras atravesamos el Atlántico?
—Verás, Begur, es lo que denominamos un whodunnit . Un crimen en un lugar cerrado. Y el argumento de la película se centraría en averiguar quién de todo el pasaje, y somos cuatrocientos, ha sido el culpable y por qué. Ingredientes a la trama no le faltan: ricos, misterios, incomunicación…
El hombre coqueto insiste en tutear a la baronesa para hacerla sentir como una colegiala.
Lo consigue. Es un profesional del flirt .
Mientras las ilustra, teatral, anota palabras ilegibles en su libreta mágica.
Previamente ha introducido el código de apertura.
Mar no ha alcanzado a ver la contraseña.
—¿Como hacía Agatha Christie? —Begur es una gran aficionada a las lecturas de misterio.
—Exactamente. Christie adoraba encerrar a sus personajes en ambientes claustrofóbicos de los que no podían escapar: trenes, mansiones , islas, etc.
—O en un dirigible.
«Así que este es el proyecto confidencial en el que Savaté está trabajando con la productora. Si yo fuera capaz de pensar así, de hacerme siquiera con una sola de sus ideas…».
—Un aeroestato que atravesará el Atlántico Norte… ¿durante cuántas horas?
— Cuarenta nos dijo la chica del pelo frito, ¿no?
Ríen.
Begur le hace sentir como en casa.
—Menos mal que alguien presta atención —bromea.
—Pues eso, ya tenemos misterio . Y el enigma tendría que resolverse, y los malos que ser detenidos antes de aterrizar en Nueva Jersey. ¿Qué os parece?
Begur hace palmitas.
Una mano helada se posa en la espalda de la mujer morena. Es Germán.
—Por fin te encuentro.
La magia se esfuma como en un truco de Arya Devant.
—Si me disculpáis —dice Ponce— , me retiro a escribir un poco y a prepararme para la cena.
Mar se pone mala al recordar que la reunión con el capitán es de gala. La temática son los años treinta.
Los hombres se despiden con un cabeceo .