Capítulo 15
Cuatro días antes de la tragedia
Frankfurt
Hace frío en el aeropuerto de Frankfurt.
El ambiente helador juega a colarse en los huesos mientras los Afortunados esperan su turno para subir al dirigible.
La aeronave es imponente. Sus doscientos metros de eslora y su color blanco hacen del glo bo algo descomunal .
Los pasajeros contienen la respiración al ver por primera vez la que será su casa en los próximos días.
El zepelín, henchido de hidrógeno verde, levita a escasos pies del suelo, mecido por viento.
Finas maromas lo amarran al hangar destinado a vuelos especiales.
La aeronave, blanca nuclear, les da la bienvenida con el logotipo del Embryo en un tono pastel inofensivo a ambos lados.
Como en un juego, conecta con los balones de Nivea lloviendo sobre su infancia.
Mar abre la boca. El dirigible se encuentra suspendido a una altura de dos metros sobre el aeródromo.
Su flotabilidad se equilibra con la ayuda del lastre, los cabos de amarre y el personal de tierra.
El pasaje, cuatrocientas personas entre tripulación, personal auxiliar y pasajeros, deberá embarcar por sendas escalerillas retráctiles.
Siguiendo la ratio habitual de las embarcaciones de lujo de tres personas de servicio por viajero, la tripulación ha subido a bordo de madrugada para agilizar el proceso.
En el crucero del aire volarán cocineros, personal de limpieza y mantenimiento, artistas de entretenimiento, el capitán y su equipo, así como la sobrecargo y azafatos de vuelo.
Aunque el staff se había sometido al exhaustivo control sanitario en tierra, el procedimiento de embarque sería lento y tedioso.
Con el Embryo sobre sus cabezas, los pasajeros observan cómo enormes plumas cargan sus pertenencias.
También el voluminoso instrumental que requiere el tratamiento de Hans Acevedo.
Al menos, el material que sí figura en el manifiesto de vuelo.
Por fin, llega el turno de los Afortunados y el resto del pasaje.
Las ciento cuarenta y siete personas desfilan en una coreografía perfecta, captada por las cámaras.
Recorren el itinerario marcado por la alfombra roja hasta acceder a las plataformas, similares a los pequeños peldaños de un jet privado.
La ceremonia es retransmitida en directo por un puñado de televisiones en un sinfín de programas ad hoc .
Los Afortunados son los que más atención despiertan.
Los enviados especiales, desde su tarima de prensa, entrevistan a los pasajeros que posan en el photocall , como en la ceremonia exclusiva de la que se saben partícipes.
Una multitud se congrega alrededor del hangar, lo que le da al despegue un aire festivo.
Saludan con sus manos enguantadas en prendas de abrigo multicolores.
Familiares y curiosos con autorización no se han querido perder la botadura del Embryo.
De su éxito dependerá que toda una flota de dirigibles de Indace surque los cielos para compensar las emisiones contaminantes de la aviación convencional.
Mar Poquet y Germán Casals son ninguneados por los corresponsales y acceden anónimamente al dirigible, para alivio del ingeniero.
Van cubiertos de confeti. Germán ha alegado en casa un viaje de trabajo.
En la central, unos días de permiso por cuidado de un familiar.
No mentía del todo. Obtener la firma, el divorcio de Mar, era un modo de proteger a los suyos.
Al acceder al dirigible , a Maravillas le sorprende su calidez, luminosidad y confort.
Los pasajeros van entrando en gru pos de diez a la sala de extracciones para someterse a la revisión sanitaria.
Eso retrasa la marcha. El ambiente se enrarece y el aroma cambia .
Distribuidos por Aguilar por las entrañ as del Embryo, una bofetada a desinfectante y alcohol les anuncia que han llegado a la sala nívea, centelleante.
Se trata de la enfermería habilitada para cualquier contingencia médica durante el crucero.
Están en la primera cubierta. Mar mira a Germán, pálido como la pared de la sala futurista.
Pasan juntos a la misma cabina panelada.
Hay decenas. En cada una de ellas, una persona con bata les sonríe como un autómata, en una hilera sin fin de individuos intercambiables.
Solo entonces son conscientes de las dimensiones del Embryo.
Como era previsible, varias personas se oponen a la revisión y otras tres dan positivo en el test de antígenos. Los cinco son conducidos elegantemente a la salida por Patricia y el equipo de seguridad. La baronesa Begur, asmática, respira con alivio. Ha dado negativo.
— Esto es intolerable —dice una expulsada.
—Hemos pasado todos por la revisión, señora.
Desde la tripulación hasta la doctora Volkers.
La inspección es de obligado cumplimiento —explica seria Aguilar , y se dirige al resto de afectados—: En unas horas, tras estudiar cada caso, procederemos a la devolución del importe o a una gratificación por las molestias.
Entre los pasajeros excluidos figura una Afortunada suplente que desciende del crucero inflable con la mirada fijada en el Embryo.
El gigante blanco alza el vuelo como el globo fugitivo de un niño.
Ya en el aire, el movimiento del Embryo es inapreciable.
El personal de a bordo acompaña a los viajeros a sus dependencias.
Mar Poquet cree ver una cara conocida de camino a su camarote, pero son tantos estímulos que desecha el pensa miento como el mal augurio que es.
Aprieta contra sí su bolso repleto de azucarillos de la suerte que ha preferido no facturar.
Aún no lo sabe, pero necesitará varios gramos de buena fortuna para afrontar el trayecto transoceánico.
Germán, por su parte, parece haber visto a un fantasma y sus mejillas continúan lívidas.
Mar lo atribuye al pánico de su marido a las agujas.
La mira ausente mientras aprieta el algodón impregnado en alcohol. Mar se fija en su antebrazo musculado.
El camarote que les toca en suerte es el número treinta y nueve de la primera cubierta.
Mar solo desea instalarse. La tensión comienza a pasarle factura.
En el pasillo, alguien les obstaculiza la entrada.
Es Ponce Savaté. Está acodado en el quicio de la habitación contigua alzando el teléfono en busca de cobertura.
En persona, parece más rubio, más alto. Mar se frota los ojos.
El guionista maldice por lo bajo al ver interrum pida su conexión en directo en la red en la que más seguidores atesora.
Mar no puede creer que el escritor y su cuaderno anden tan cerca.
A su izquierda, una mujer invisible no pierde detalle de cómo el matrimonio se instala a su derecha.
Ya en el interior, Maravillas toma impulso y se abalanza sobre la cama.
Un tálamo amplísimo, mullido, con almohadas que han sido diseñadas para dormir en ellas un mes seguido.
La dependienta deambula por la habitación.
Se descalza, la temperatura es agradable y cálida.
Siente la alfombra bajo sus pies y lamenta no haber invertido en pedicura.
Saca su móvil del bolso para grabar y para informar a Elena de que todo va bien.
En su búsqueda, los azucarillos se desparraman por la moqueta; en un gesto instintivo, se guarda unos cuantos en el bolsillo del pantalón.
El teléfono no da tono. Comprueba, como acaba de hacer Savaté, que la experiencia de desconexión ha comenzado.
El Embryo está apagado o fuera de cobertura.
Con los nervios, Mar ha olvidado llamar a su madre.
Milagros estaría orgullosa si la viera. Quizá Ramón también.
«Debería visitarlos más a menudo». La nota mental pierde adherencia de camino al baño.
La exclusividad de las amenities compite por su atención.
Los aromas delicados la invitan a darse una ducha.
El rumor del agua le impide escuchar unos tímidos golpes en la puerta de la cabina treinta y nueve. Cómo su marido y otro hombre hablan en voz baja.
Cuando Mar regresa del baño, Germán aparta la vista de su albornoz entreabierto. Está húmeda y redonda.
Ve en él esa mirada. Su deseo aplazado.
Ninguno de los dos dormirá mucho esa noche.
El zumbido de la obsesión no la dejará en paz.
Tener tan cerca el éxito le roba la calma.
Ha escuchado en tantas entrevistas cómo es el proceso creativo de Ponce…
Sabe de su fijación de pensar con las manos, de su necesidad de dibujar, de anotarlo todo.
Tiene que hacerse con el cuaderno. Lo necesita para conjurar a sus propios lectores.
En el caso de Germán, la vibración constante del sistema eléctrico le brinda la excusa que busca para acometer su propio plan: acercarse al casco.
Germán aparta la vista.
La tensión se agranda.
La chispa del Embryo no tardará en prender.