Capítulo 14
Seveso
El teléfono de casa de Clara y Michele atronaba como solo lo hacen los aparatos que portan malas noticias.
—Liviaaaaaa, Liviaaa… —La madre de Clara aulló el nombre de la amiga de su hija por el callejón que unía las viviendas.
Resultaba imposible no oírla. Sin embargo, Livia no esta ba en casa aquella mañana, sino en el taller de cuero.
Intentaba mantenerse al margen de la nube densa que cubría su pueblo natal hacía una semana.
Trabajar era su modo de pensar con las manos, de aislarse del mundo.
La madre de Clara intuyó que debía de estar en el obrador y envió a su nieto a buscarla; apenas eran cien metros en línea recta.
El crío solo chapurreaba, pero Livia sonrió al verle y le acarició el pelo.
El pequeño se enredó entre sus piernas en un abrazo amoroso.
Livia se agachó, besó sus rizos y le ofreció su mano.
El pequeño rodeó sus dedos índice y anular con su manita gordezuela.
La gestualidad era suficiente para hacerse entender.
Quería que lo siguiera.
Al tacto, Livia advirtió que la piel del niño presentaba una erupción cutánea enrojecida. También la carita se le había cubierto de un extraño acné. El niño tironeaba de su mano, feliz, como solo pueden serlo quienes habitan el momento presente.
Livia llegó al galope al hogar de Clara.
Con las prisas, no prestó atención a la vegetación del huerto aledaño que se había vuelto amarillenta ni a cómo algunas plantas se habían replegado sobre sí mismas como papiros con edictos de muerte.
La misma sentencia había alcanzado a los animales domésticos de Seveso. Ni rastro de su gatito rayado.
La carrera le provocó a Livia una ligera crisis asmática.
Sus pulmones y sus ojos ardían. Los Ferrante no tenían línea telefónica en casa.
Los vecinos de la calle utilizaban el teléfono de Clara y Michele a cambio de unos centesimi di lira .
Un extra irrisorio, más como labor de cohesión vecinal que como compensación por el servicio, que convertía aquella casa humilde en un locutorio.
Livia se burlaba de Michele y de su compromiso social, pero los detalles del sindicalista de Icmesa le hacían la vida más fácil.
— Pronto? —respondió Livia.
«Es Stefano , el periodista», destripó todo misterio Clara, que la besó nada más entrar por la puerta.
Le guiñó un ojo cómplice . Livia temió que su amiga estuviera tentada de esperar y escuchar la conversación íntegra, como solía hacer.
No obstante, regresó a la cocina, donde su madre preparaba el tradicional coniglio in umido , un estofado de conejo, para toda la familia .
Era domingo, y, tras aquella desgracia, nada como un buen homenaje con productos de la tierra para pasar página y celebrar la vida. Un milagro.
— Pronto? —repitió Livia.
El periodista de Il Corriere de la Sera no se anduvo con rodeos.
—Livia, tienes que salir de ahí.
— Yo también me alegro de oírte, Stefano.
La risa se tornó en tos.
—No bromeo, Livia. ¿Cómo va tu asma ? ¿Has tenido alguna crisis últimamente?
Otro acceso de tos habló por ella.
—Una semana después de la explosión, por fin la empresa se ha dignado a hablar —dijo Stefano con la voz entrecortada—. Alguien de dentro me traslada que es muy posible que se haya liberado a la atmósfera una sustancia tóxica. Esas partículas en suspensión podrían explicar tu tos.
—Esto es Italia, Stefano, la gente habla…
— dijo Livia, ajena al enemigo invisible que la envenenaba lentamente— .
Yo me encuentro bien, Stefano. Y aquí hay mucho que hacer.
Los vecinos se han volcado con la tragedia.
Muchas personas de Seveso, de Mena y de otras zonas cercanas se han ofrecido voluntarias para retirar los escombros y limpiar la nave siniestrada.
La voluntad de Michele es reabrirla cuanto antes.
Stefano conocía bien a Michele. Su amigo los había presentado con la intención de emparejarlos, sin demasiado éxito.
— Me parece muy loable, pero tienes que salir cuanto antes de ahí. ¿Tienes picores, alguna erupción? ¿Te cuesta respirar? ¿Te lloran los ojos?
La respuesta a cada una de las preguntas era sí.
—Icmesa está ocultando información, Livia.
Están reteniendo el resultado de las muestras exploradas.
Ya tienen los análisis y no los comparten con las autoridades, y menos aún con la población.
He tenido acceso a los informes, Liv , la cantidad de dioxinas expulsada por la fábrica es monumental .
Un simple granito de arena podría acabar con un ejército de ratas. ¿Has visto algún gato últimamente?
Livia comenzó a sentir terror porque la respuesta era no.
Lo dijo:
— No, la verdad es que no ha regresado el gato al patio trasero del taller.
—Y eso no es todo : los análisis toxicológicos revelan que la composición química es muy similar a la del agente naranja, el herbicida empleado como arma química en Vietnam.
«Napalm», pensó Livia. Un documental dijo que Estados Unidos había rociado aquella sustancia abrasiva directamente sobre la población durante la contienda. Las consecuencias genéticas se perpetuaron a través de mutaciones durante generaciones.
—Pero, Stefano, eso no puede ser. Es demasiado peligroso. Icmesa no… —Dudó—. No puede hacernos esto. Deberían alertarnos, no sé, desalojarnos.
—Livia , es una compañía suiza. Reconocer eso es poco menos que admitir su responsabilidad.
Te diré lo que va a pasar : los máximos responsables de la organización dirán que no estaban al corriente y que los inútiles de los italianos no los informamos en tiempo y forma.
Después, anunciarán un comité de investigación para esclarecer los hechos que, por supuesto, no servirá de nada.
Y, por último, dirán que la población no corre ningún riesgo.
Liv, cuando esto ocurra, cuando os digan que estáis a salvo, por favor, asegúrame que te vendrás conmigo a Milán.
Livia escuchó unos fuertes golpes que se colaron por la línea. Era la persona que urgía a Stefano a finalizar la llamada. El periodista llamaba desde una cabina. Y un vecino impaciente no dejaba de aporrear la puerta metálica. Para colmo, no llevaba más cambio.
— Se está agotando el saldo y un pesado no deja de molestar. Puede que se corte en un…
La conversación se interrumpió.
Stefano se había quedado sin monedas.