Capítulo 13
Cuatro días antes de la tragedia
Frankfurt
Al día siguiente, el majestuoso vestíbulo del hotel Florentin parece la cantina de La guerra de las galaxias .
Personas de diferentes edades, procedencias, extracciones sociales, profesiones, tamaños y colores deambulan, contenidas, esperando indicaciones para el viaje extraordinario que emprenderán en horas.
La baronesa Begur reconoce ciertos rostros de los Afortunados.
La cobertura mediática del sorteo ha sido abrumadora.
Algunos, los más racializados y provenientes de países en vías de desarrollo, han sido sobreexpuestos por la fundación, y l as televisiones de sus países han hecho de ellos poco menos que héroes anónimos.
Sin embargo, a la afortunada española no se le ha dado ningún tipo de pábulo; se llegó a rumorear que había sido excluida por incumplimiento de contrato.
El foco se centró en otra compatriota de la lista de espera, proveniente de Galicia.
Begur degusta su té en el jardín anexo y disfruta de la tibieza del sol alemán, nada que ver con la calidez de su amada Barcelona.
Desde su bastión observa el vestíbulo y su gentío.
Recorre la mirada por el espacio escrutando a quien ha venido a buscar.
Fuentes solventes le han garantizado que la persona figura en el listado provisional de pasajeros del Embryo.
Ansía dar con una persona de treinta y tres años y de pelo moreno.
Con esa información y las fotografías tomadas con gran angular por quien contrató en España, podría ser cualquiera.
No obstante, Begur realiza su parte del trabajo y conoce el rostro del objetivo.
Su corazón atruena. No sabría decir si de excitación o de pesar.
Ya es la hora convenida y el ambiente es menos tenso.
Los ciento cuarenta y siete pasajeros se han relajado, han podido asearse y descansar en las estancias de sus agotadores trayectos con diferentes escalas.
Algunos han llegado horas atrás, pero, al contrario que Begur, han hecho notar su presencia con ejércitos de asistentes personales y un río de equipajes conjuntados con logos que hablan el lenguaje del poder.
El personal contratado por la agencia dirige a los invitados a una sala de conferencias más amplia y luminosa que la del día anterior.
Los azafatos visten de oscuro; ellas llevan el cabello recogido en un moño tirante, huelen a talco y hablan un inglés británico en un tono deliberadamente bajo. El volumen del privilegio.
Los asistentes personales pasan primero, con la mirada gacha, y acompañan a sus dueños a los primeros puestos, donde gozan de asientos reservados.
Estos ya saben lo que va a ocurrir gracias al briefing de la mañana.
Información para los jefes de gabinete de los dueños del mundo.
Los herederos se salu dan con ligeros cabeceos.
Las fortunas se reconocen. Sonri sas de complicidad, encantados de coincidir.
Los Afortunados se mezclan con el resto del pasaje.
No se conocen entre ellos. Ha corrido el rumor de que los suplentes también asisten a la sesión informativa.
La fundación no deja nada al azar. Puede que no todos lleguen a tiempo, que alguno se arrepienta a última hora.
Que incumplan los requisitos. Uno de los casos más plausibles es el de Mar Poquet.
El hecho de que Germán aún no se haya presentado comienza a preocupar a la española.
Sabe que según las normas su embarque quedará invalidado.
—Gracias a todos por venir.
El auditorio enmudece . Quien acaba de pronunciar las palabras de bienvenida es la presidenta de la organización en persona, Monika Volkers. Un paso por detrás, su marido, Ernesto Acevedo, que cede el protagonismo a la genetista.
Las luces se atenúan. Arranca una proyección sobre el aerostato.
Es un documental en time-lapse que resume en un par de minutos un año de arduo trabajo en la construcción del coloso.
La voz en off explica que el Embryo contará con energía renovable.
Al contrario de los vuelos intercontinentales, volará de un modo más sostenible con el planeta.
El ahorro de dióxido de carbono liberado a la atmósfera será considerable.
Tan solo se emitirá el de los motores de combustión.
El vídeo de la aeronave muestra los camarotes, las cubiertas, el amplio comedor, la sala de espectáculos y los enormes miradores donde extasiarse con las vistas.
El Embryo es una proeza majestuosa.
Las luces se encienden y los espectadores aplauden enfervorecidos.
Todos menos uno: Mar Poquet no deja de mirar hacia la puerta.
Germán no da señales de vida.
«¿Dónde se habrá metido?».
El tiempo se le agota al pequeño milagro.
—En unos minutos, nos desplazaremos hacia el hangar —e xplica Volkers con su voz grave, como de actriz de dobla je—.
Pueden acudir por sus propios medios o hacerlo con las lanzaderas que hemos preparado.
Recuerden, sin embargo, que solo podrán llevar consigo las pertenencias autorizadas por el control de equipajes.
Las encontrarán en sus aposentos una vez hayamos embarcado. Por favor, no olviden sus pasaportes.
Patricia Aguilar toma la palabra:
—Gracias, señora Volkers , por hacer realidad el sueño de muchos.
Este vuelo transoceánico permitirá que la encomiable labor de la Fundación Embryo sea conocida en todo el mundo.
—Dirige ahora su mirada al auditorio—: Quedo a su disposición, junto al capitán Heinrich Schäfer, para el turno de preguntas.
—¿A qué velocidad volaremos?
—Dependiendo de las condiciones meteorológicas, calculo que la velocidad máxima será de ochenta y cuatro millas por hora —dice Schäfer—.
Pero, si me permiten, lo importante no es la celeridad, sino disfrutar de este crucero del aire.
También volaremos a una altitud de entre tres mil doscientos y seis mil quinientos pies, el equivalente a unos mil o dos mil metros.
—¿Y a qué altitud vuela un Boing? —pregunta un asistente.
—Un Boing puede llegar hasta los trece mil pies de altura. Y, en cuanto a velocidad, la media son unas quinientas sesenta millas por hora.
El ayudante pregunta por la equivalencia.
—Sí, disculpe . Nosotros volaremos a unos ciento treinta y cinco kilómetros por hora. Un Boing puede alcanzar los novecientos. Es decir, que la distancia entre Frankfurt y Lakeshurt se podría cubrir perfectamente en unas nueve horas, pero…
—Pero eso no es lo que buscamos —retoma Pat Aguilar para zanjar la cuestión —.
Lo que nos mueve es vivir una experiencia singular.
Es recrear un vuelo histórico, disfrutando de las vistas y de la compañía de esta alfombra roja del aire.
Las amistades que harán aquí pueden abrirles la puerta de casi cualquier lugar.
Miradas de suficiencia.
—Sin mencionar la serie de espectáculos exclusivos que amenizarán sus noches, la selección de obras de arte que podrán disfrutar en la sala de lectura cedidas por las mejores colecciones privadas del mundo, etc.
Entre los espectáculos figura la ilusionista Arya Devant. Un número que Mar se perderá si Germán continúa desaparecido. Mira de nuevo hacia la entrada. Nada. La chica del pelo frito continúa con sus explicaciones:
—El hecho de volar a baja altitud comporta toda una suerte de ventajas… Verán, cuando lo hacen en un avión, ¿qué divisan desde la ventanilla?
—Nubes —responde el capitán.
—Así es, nosotros volaremos por debajo de ellas y podremos deleitarnos con las vistas desde una perspectiva única. Nuestro salón panorámico les va a encantar.
Una voz interrumpe la bucólica explicación:
—A mí lo único que me inquieta es el chequeo médico. ¿Es obligatorio? —dice un acento ruso—. Mis analíticas son perfectas. Me las hago cada año en La Prairie, en Montreux.
Aguilar desconoce dónde queda la clínica suiza.
—Gracias por la pregunta. Se trata de un control médico rutinario para garantizar su seguridad a bordo.
La recreación del Hindenburg no es solo estética .
También hemos replicado las condiciones del itinerario, con lo que estaremos incomunicados durante las noventa y seis horas de la travesía.
Viajaremos con un equipo médico al completo, por supuesto , pero tenemos que cerciorarnos de que están en condiciones de disfrutar el trayecto.
Vamos a compartir muchas horas juntos, suspendidos en el aire, en un espacio cerrado.
—Aguilar recita la versión aprendida, ajena a la verdad—.
Una maravillosa expedición que permitirá admirarnos con postales de cuento como la Römerplatz , el valle del Rin, los molinos de Kinderdijk o el Big Ben.
Tras cruzar el Atlántico Norte, algo que nos llevará cuarenta horas, llegaremos a la costa este de Estados Unidos para aterrizar en Nueva Jersey.
«El Atlántico Norte como punto de no retorno —piensa Mar—. Cuando atravesemos esa masa de agua no habrá modo de aterrizar».
Serán una esfera a merced del destino. Un globo que se le escapa , porque Germán ha decidido romper su acuerdo.
Maravillas no se lo perdonará.
—Esa comprobación es un seguro. Nos servirá para cerciorarnos de que están sanos, libres de enfermedades infecciosas. Compréndanlo: no podemos permitirnos una epidemia en la travesía. Les prometo que la revisión es un peaje insignificante para las maravillas que nos esperan.
Una figura flamígera toma asiento.
Mar parpadea. De pronto, le pican los ojos. Germán suda cada palabra:
—Nunca te perdonaré que, encima de mentirle a Cruz , me tengan que pinchar —dice Germán. Jadea por la carrera. Está lívido, más que de costumbre por su miedo cerval a las agujas.
—Caballero —dice Aguilar—. Sí, usted , el que acaba de llegar. No hace falta que se siente. Nos vamos ya. Los coches nos esperan.