El vuelo de la fortuna Capítulo 11
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Capítulo 11

Ocho días antes de la tragedia

Grao de Castellón

Los destellos del atardecer sobre el agua la deslumbran .

Maravillas teme perderse la entrada desencajada de Germán, que llega tarde a su cita en la plaza del Mar.

A  sabiendas, se ha sentado volteada a la terraza.

Por un día ha dejado de vivir como su ciudad: de espaldas al mar.

Pide un segundo café para saborear toda esa paz.

La brisa le revuelve el cabello y los mástiles de las embarcaciones del puerto deportivo se mecen, como si fueran de papel.

El olor a vida, a sal, lo impregna todo.

Las gaviotas planean. Risas. A su derecha una bandada de mu jeres solas, juntas, meriendan.

Charlan animadas. Son un escuadrón colorista, desdibujado.

Las ha visto mil veces, ruidosas, haciendo cola a las puertas de los teatros, a la salida del cine y su sesión de las cinco, riéndose en los viajes.

Son ellas, pero no son ellas. Formaciones completas de mujeres sosteniéndose.

A su izquierda, un mirador enorme le brinda la perspectiva que necesita.

Rebusca en el bolso, empuja la soledad al fondo de sus cosas y roza los pasajes de la fundación. Los tiene. Los extrae y la propuesta queda sobre la mesa. También, bocarriba, el resto de las cartas. Que Germán emprenda con ella la mayor aventura de sus vidas.

No le ve venir.

—Pues tú dirás, Mar.

Las mujeres se levantan, se llevan la alegría consigo.

Mar le tiende el papel satinado. Él toma el documento y lo escruta con parsimonia. Sus ojos deambulan por la promesa que les brindan los billetes de primera clase. Poquet lee su cara como un libro abierto.

—Pero esto es una invitación para dos personas… —dice Germán.

—¿ Quiere tomar algo el señor? —Penetra en la burbuja de intimidad sobrevenida, reventando la respuesta de jabón.

—Un café con leche. Gracias.

Mar señala su segunda taza. Niega con la cabeza.

La camarera se va, y regresa el asombro.

—Mar, ¿esto es el zepelín imposible del que todo el mundo habla? No dejan de aparecer Afortunados en las noticias . Ayer entrevistaron a un tendero de Bhopal, en la India . Y antes de ayer a una anciana china…

—¿Y no te parece increíble que nos haya tocado a nosotros ?

—Me parece una broma de mal gusto, sinceramente. ¿Qué pintamos nosotros ahí?

No tiene respuesta para eso, pero deja caer el precio inmoral que se ha llegado a ofrecer por cuatro días de travesía. La lista de pasajeros es un programa de famosos de casas suntuosas.

—Supongo que la organización habrá decidido sortear algunos billetes para garantizar una composición etnográfica igualitaria —repite algo que ha oído en algún lugar. No sabe muy bien lo que está diciendo.

—O sea, que somos la cuota demográfica de una fundación que no conozco.

—No lo veas así, hombre, somos la pareja europea de esta arca de Noé.

Germán está a punto de perder los nervios.

—Mira, Mar. He venido por educación y por respeto a nuestro pasado juntos. Pero esto me parece una estupidez. No voy a subirme a ese globo. Ni contigo ni con nadie. Tengo una vida, ¿sabes ? Estoy en medio de una mudanza, no puedo tomarme más días, así como así, para faltar al trabajo y…

«Y está Cruz», piensa.

El café con leche de la camarera más solícita de la historia interrumpe el nombre de quien se interpone entre Germán y ella. Entre el viaje de sus sueños y su mejor versión. Entre Ponce Savaté y su talento. Un nombre que no quiere oír.

Guardan silencio .

Mira el sobre de azúcar que él no toca:

«La suerte no se pide, la suerte se conquista», piensa en Sun Tzu.

—Y está Cruz —dice, al fin.

Charlan un poco más, Mar corteja el arte de la guerra . Intenta hacerle entender que se necesitan mutuamente. Hablan de su boda lejana, de los tres años que estuvieron juntos. De su estancia en Japón. Le enternece. Se enternecen. Lo ha querido mucho.

—A veces, echo de menos nuestra vida en Namie —dice.

Germán sonríe.

«Está guapo cuando sonríe».

No dicen nada y miran el mar.

Maravillas aprovecha la calma para tomar una servilleta.

En ella, garabatea el nombre de la ciudad nipona que ha romantizado.

Saca un poco la lengua. Cae en la cuenta de su gesto infantil cuando siente húmedos los labios.

Le ofrece el dibujo como una niña que busca la aprobación de su padre. Germán aún obra ese efecto.

Escribe 浪江町 y Germán pronuncia el pueblito .

—Namie —lee a la perfección la ciudad próxima a la central de Fukushima Daiichi, donde vivieron dieciocho meses—. Te acuerdas de escribirlo.

—Me acuerdo de muchas cosas. — Sonríe, pícara—. También recuerdo cómo ponerte nervioso…

Germán cambia de tercio:

—Nunca me perdonaré haberte puesto en peligro…

Intenta tomarla de la mano. Mar la retira a tiempo. Casi olvida que él también está jugando. No puede permitir que la partida termine en tablas.

—No tenías modo de saberlo .

Esto último lo dice de verdad. Fue una suerte que el tsunami que devastó la planta los pillara en Iwaki , visitando a unos conocidos.

Estar a cincuenta kilómetros al sur del epi centro les salvó la vida.

Días más tarde, aturdidos y desconcer tados, consiguieron llegar por tren a Narita, huyendo de la muerte y de la catástrofe, para tomar un vuelo de regreso a casa.

«Las personas que bajaron de ese avión ya no serían las mismas», se lamenta.

Germán nunca encajó la devastación, regresar a España, a un país azotado por la crisis.

Renunciar a su empleo, a su estatus y a su sueldo.

Instalarse en Castellón, en la casa de sus abuelos, improvisar un autoempleo de segunda mano, la Flea Market —entonces al menos conservaba la «L», y con ella algo de glamour—, volver a ser un paria .

Discutir a todas horas. Por aquel entonces ya no le hacían gracia la rebeldía de Mar ni sus desplantes.

Los chequeos constantes para descartar complicaciones por la exposición a la fuga de la radiación les minaron el ánimo.

La población de Iwaki quedaba lejos, sí, pero continuaba estando en el perímetro de Fukushima Naiichi.

Germán nunca soportó las agujas. Con todo, llevaba mejor los pinchazos del Hospital General que sus maravillosas puyas.

Una noche, harto de tanto dolor, decidió hacer las maletas y regresar a Puerto de Sagunto, a la calle donde comenzó todo.

Tras Japón, el matrimonio se desintegró año y medio después.

No cerraron bien las cosas. No supieron hacerlo mejor.

Mar se hizo cargo de la reforma del piso de los iaios , sobre la tienda; él continuó pagando el alquiler de un local cuyo precio no dejaba de subir.

—Aún recuerdo la noche que me dijiste que regresabas a la calle Progreso —dice ella.

—No fue una decisión fácil.

—Para mí tampoco lo ha sido aceptar tu dinero todo este tiempo. Agradezco tu generosidad, pero la Fea está a punto de echar el cierre.

Germán obvia la última parte. Ahora tiene otra familia de la que ocuparse, como le explicará con delicadeza: la que quiere formar con Cruz.

—Como dices, Mar, ha pasado mucho tiempo. Creo que ha llegado el momento de oficializar las cosas. Necesito el divorcio.

—Estoy de acuerdo… —Añade, cautelosa— : Por un módico precio.

Ve cómo Germán mide sus palabras .

—Dices que ese pasaje cuesta una burrada, miles de euros. Quizá puedas revenderlo, no lo sé. Yo creo que ya he aportado bastante…

—Germán, sin ti, ese pasaje no vale nada. Necesito ir contigo.

—…

—Créeme, me fastidia tanto como a ti. Además —añade a la desesperada—, a bordo va Ponce Savaté.

Germán la mira con cara de pez. No está al día de sus delirios literarios. Ni de que le guste leer. De que escriba en absoluto.

—¿Quién?

—No importa, Germán. Si accedes a viajar conmigo , renuncio al pago del alquiler.

—Es un importe asumible.

Es obvio que le van bien las cosas.

Sube la apuesta.

—Y firmo aquí mismo el divorcio. Ahora. —Saca los documentos amarillentos que en su día le remitió la abogada de Germán—. ¿Ves? Tu firma ya está estampada desde hace más de una década en las dos copias.

Germán observa los papeles con su firma aniñada. La tinta palidece ante la noticia. El azul de la rúbrica ha perdido fijación.

Su esposo suda y se palpa los bolsillos de su americana. Le incomoda tener que darle explicaciones a Cruz .

Le tiende un bolígrafo a Mar.

—¿Eso es un sí?

Asiente pensando en qué le dirá a su nueva mujer.

Maravillas firma una de las copias y se la entrega:

—La otra, cuando embarquemos en Frankfurt.

Acuerdan verse en el hotel Florentin, el punto de encuentro de la organización, en unos días.

Cae la tarde. La puesta de sol es un espectáculo.