El vuelo de la fortuna Capítulo 10
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Capítulo 10

Un año antes de la tragedia

Madrid

El guionista llegaba tarde, pero a nadie del consejo pareció importarle.

La presentación de Patricia Aguilar ofrecía una salida al desafío que enfrentaba la fundación desde su origen: encontrar una cura para Hans Acevedo.

Se trataba de un plan tan estrafalario, una ocurrencia tan efectista, que la junta pen só que podría funcionar.

En plena época de viajes espaciales, la prensa se enamoraría de la celebración del décimo aniversario de la fundación por su epicidad: replicar las condiciones del vuelo del zepelín Hindenburg de Frankfurt hasta Nueva Jersey.

Un viaje de cuatro días sin escalas para las élites de la sociedad internacional.

El proyecto ya estaba aprobado de antemano. Acevedo apenas tuvo que forzar la máquina para que se dieran las de­sa­venencias típicas de un comité. Aguilar era lista. No se hubiera tragado que un plan así se aprobara sin fricción.

—Pero vamos a ver si lo he entendido, señorita… —dijo un integrante del consejo.

Comenzaba el juego.

—Es señora. Señora Aguilar.

—Su maravillosa propuesta consiste en calcar el viaje de un dirigible que, si no recuerdo mal, se incendió en 1937 … ¿Esa es su idea?

Sostuvo el pulso. Estaba acostumbrada a esa agresividad. Tironeó de su falda. No era aquel señor de cara roja a quien debía impresionar. Monika Volkers imponía su presencia aplastante.

—No exactamente.

Aguilar explicó con voz neutra que la tragedia inmortalizada por Morrison y las imágenes de Pathé fueron un cúmulo de fatales coincidencias.

—Los factores que confluyeron en la deflagración de Hindenburf fueron tantos, y tan diversos, que la probabilidad de que se den unas condiciones similares es rayana al cero.

La lógica le daba la razón: el mal tiempo sumado al combustible altamente inflamable, un fuego de san Telmo o una chispa originada por una toma de tierra defectuosa, hicieron del aterrizaje en Lakehurst un infierno.

Lo que Aguilar atribuyó a la mala fortuna sentenciaría las líneas comerciales de los aerostatos para siempre .

—Pero acabaron pereciendo decenas de personas…

Las directivas se revolvieron incómodas en sus asientos.

Explosión y Embryo no era el tipo de publicidad gratuita que deseaban.

Ansiaban darle una oportunidad a la publicista de pelo encrespado, pero, si la propuesta no mejoraba, votarían en contra.

Los ejecutivos más jóvenes no habían sido informados del paripé. Su voto era irrelevante.

Patricia Aguilar se creció antes las objeciones, instó a consultar el anexo F para cualquier cuestión relativa al protocolo de seguridad y puso un vídeo.

Cuando comenzó la proyección, los asistentes se dejaron sorprender por la magia singular del Embryo.

Era soberbio. Todo él: la envergadura, la capacidad, la distribución de las cuidadas estancias…

A ambos lados del torpedo amable podía leerse en letras pastel: «Fundación Embryo».

—En unos meses se conmemoran noventa años del último vuelo del Hindenburg. Justo cuando se cumplen diez años de nuestra fundación. Una institución que, por cierto, no conoce nadie .

El cabeceo de la genetista Volkers la ayudó a continuar . Reprodujo lo ensayado ante el espejo de una habitación vacía :

—La fundación, con sede en Frankfurt, y de capital español, destina decenas de millones anuales a la investigación básica.

Algo que ninguna farmacéutica haría, simplemente porque no les interesa.

Los impulsores del proyecto —miró a la pareja— luchan por encontrar la cura de un puñado de enfermedades raras con una prevalencia tan irrelevante que otras corporaciones han desistido de estudiar.

Los milagros con retorno de la inversión ridículo no existían: los aquejados de progeria, piel de mariposa, huesos de cristal o la enfermedad de Lear continuaban a la cola de los avances para mejorar su vida. La lista de estas enfermedades era inacabable…

Una directiva lamentó que Indace no sacara rédito de su labor social.

—Gracias, a eso me refiero —dijo Pat—. ¿Quién conoce todo lo que hacemos desinteresadamente por cientos de personas cada año?

Pausa dramática.

— Nadie, la respuesta es nadie.

—Ya sabe, Aguilar, que nosotros no hacemos publicidad —dijo Ernesto Acevedo.

Lo sabía. Durante años la política del holding había sido hacer un buen trabajo.

—No le hablo de hacer anuncios, señor. —Se tocó el pel o—.

Le hablo de comunicar. Con todos mis respetos, tarde o temprano tendremos que defendernos.

Trabajar en una maniobra de distracción que cambie el foco de la polémica .

Las nuevas protestas de los animalistas comenzaron en la red y ya han saltado a las televisiones nacionales.

Al hombre le gustó el arrojo de la chica.

—Si no pensamos en algo, se nos van a comer vivos —añadió Aguilar.

—La escucho.

—A pesar del boicot, tenemos una gran base de consumidores de apoyo.

Los beneficios crecen. Las compras de los hogares continúan subiendo desde la pandemia, cada vez tenemos más margen a pesar de la inflación, la estrategia de diversificación saliéndonos de los lácteos con la adquisición de las nuevas compañías ha ido bien.

Las acciones cotizan al alza. El décimo aniversario de la fundación nos brinda una oportunidad enorme.

—¿Para qué?

—Para desinformar.

Acevedo achinó sus ojos grises.

—La diversificación en energías renovables como el biometano o el hidrógeno verde son, si me permite , buenas decisiones alineadas con el compromiso de la sostenibilidad del que hacemos gala. Sin embargo, lo contamos tarde y mal .

—El hidrógeno verde es como una navaja suiza, Aguilar. Tiene todo un abanico de utilidades, y todas ellas funcionan mal —bromeó Acevedo.

La sala celebró la ocurrencia.

—Pero al menos me concederá que la industria láctea genera grandes residuos. Eso sin tener en cuenta los sabotajes de los antiespecistas a nuestras granjas de engorde masivo o las directivas europeas sobre bienestar animal.

—La diversificación ha sido un modo de sobrevivir.

—Acevedo se impacientó. Quería aprobar de una vez la iniciativa para que su heredero tuviera una oportunidad.

Prosiguió—: Las leches veganas, las margarinas y las bebidas enriquecidas no dan más de sí.

Es purpurina, señora, usted lo sabe mejor que nadie.

Estrategias absurdas para contentar a los bobos de la bicicleta.

Solo tapan bocas y decoran el porfolio. El consumo de leche animal lleva un descenso imparable .

El sector se va a la mierda por culpa de lo políticamente correcto.

El consumo de lácteos per cápita lleva una caída acumulada del veinticuatro por ciento en quince años .

¿Qué propone, Aguilar? Se le acaba el tiempo.

—Doblar el presupuesto anual de la fundación.

Parte del importe se destinaría, por supuesto, a la investigación, pero también serviría para contratar a la mejor agencia de relaciones públicas y amortiguar el golpe por la crisis reputacional.

También —dirigió el cursor de nuevo a la pantalla— para fletar esta aeronave gigantesca que replicaría un itinerario de ensueño.

Un trayecto que, además, partió de la ciudad de nuestra sede.

—Un poco pillado por los pelos, ¿no? —dijo una voz.

—Además —se unió una de las dirigentes—, tampoco acabo de ver que todos los pasajes sean de pago. Como entidad sin ánimo de lucro, deberíamos regalar algunos tíquets…

— Bien visto —dijo Monika Volkers—. Dirigiremos un sorteo para asegurarnos de que esas invitaciones se destinan a colectivos multiétnicos en los que haya paridad.

—Por supuesto —dijo la ejecutiva, satisfecha.

—Yo misma me encargaré de elaborar la lista —dijo Vol­kers.

La atmósfera de la reunión había cambiado. Patricia pensó que casi los tenía.

Alguien levantó la mano. Una última pregunta.

—¿Sí?

—¿También el nuestro funcionará con hidrógeno? —dijo Cara Roja.

«Touché».

—Un momento. No me joda, Aguilar. ¿Ese chisme ya se propulsaba con hidrógeno en los años treinta? —preguntó Acevedo.

—Sí, aunque no de origen renovable.

En 1937, las reservas de helio en una época de contexto prebélico estaban en territorio estadounidense.

La Segunda Guerra Mundial no tardaría en llamar a la puerta.

Así que los alemanes optaron por un combustible que tenían en abundancia, pero más inestable.

El hidrógeno elevaría aquel Titanic del aire.

El presidente ladeó la cabeza. Buscaba el ángulo poco evidente de la estampa. El vuelo de la fortuna estaba a punto de levar anclas, con una salvedad.

—No se hable más —dijo el presidente de Indace—. El nuestro volará con hidrógeno verde.

Abrió la boca. No salió una palabra.

—Por fin podré darle salida a ese camelo… Buen trabajo, Patricia.

—Señor, con el debido respeto… — dudó—, desde el accidente del Hindenburg, el hidrógeno no es legal para este tipo de desplazamientos. En nuestros días solo… solo está permitido para vuelos experimentales o con fines publicitarios .

—¿Y me puede decir exactamente qué es este vuelo ?