El vuelo de la fortuna Capítulo 9
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Capítulo 9

Nueve días antes de la tragedia

Cofrentes

Son las diez de la mañana de un domingo de finales de abril y Mar está frente a la puerta de Germán.

La vivienda de Ayora es bonita. El camarero no mentía.

Dos alturas, ladrillo caravis ta, una terraza amplia en el segundo piso, ideal para niños, donde no juega ninguno.

Hay dos coches de gama alta en la puerta, ambos de combustión.

El pequeño, nuevo, de líneas suaves y color empolvado, debe de ser el de ella.

El grande tiene el maletero abierto. Se fija mejor.

Un montón de cajas se amontonan sobre la acera.

Las pertenencias de la pareja están por todas partes a medio embalar, invadiendo el jardín.

Debe actuar deprisa, no quiere montar una escena.

No tiene nada en contra de ella, solo quiere a su cónyuge durante cuatro días y, después, cada uno podrá regresar a su vida.

Es la tercera vez que viaja al estúpido valle de Ayora y hoy está decidida a soltar la bomba.

El tiempo se agota. En cinco días el dirigible partirá desde Frankfurt y tiene que hacerlo con la pareja a bordo.

Se siente como un personaje de una película de tribunales con una notificación que no quiere entregar.

Mete las manos en el abrigo y patea el suelo para entrar en calor. No le extraña que se vayan. «Joder, qué frío hace en este pueblo». Al sacar una mano, un sobre de azúcar se precipita a la orilla.

«La suerte es un trampolín, pero el salto lo das tú» .

Salta.

Llama al timbre.

Como era de esperar, no abre Germán.

Lo hace una mujer joven, guapa. En mallas, coleta baja, alegre. Germán le da igual, pero le jode que haya encontrado una mujer más atractiva que lo quiera . Encima, para variar, hoy se ha vestido con ropa de la Fea. Huele a humedad.

­—Hola, ¿está Germán?

—Sí —duda—, está en el sótano. ¿Quién lo busca?

— Una amiga —dice.

De pronto tiene quince años.

—¿Quién es, Mari? —dice, a lo lejos, su marido—. ¿Cariño ?

La tal Cariño la mira.

—Soy una amiga de Puerto de Sagunto —matiza la vaguedad.

—¿Quieres pasar? Yo soy Cruz —se presenta la guapa—. Estamos recogiendo, nos mudamos, pero quizá pueda encontrar la cafetera por algún sitio . Creo que todavía no la hemos embalado.

—No te preocupes, no quiero molestar.

Un hombre que no sabe quién es aparece en la puerta del adosado del pueblito. Es más alto de lo que recuerda, más atlético, y no lleva gafas. Quizá se haya operado o lleve lentillas. En todo este tiempo, ha perdido un poco de su cabellera rojiza, pero ha ganado en estilo. Cruz le ha sentado bien.

La mira como quien mira a un fantasma. Lo es.

Hace trece años que no se ven. Él es un hombre cercano a los cuarenta. Mar tiene treinta y tres.

—¡Maravillas!

La expresión de Germán no es de acritud ni de mal gesto, es el rostro perplejo de alguien que odia las sorpresas.

Se alejan unos metros, donde Cruz no puede escucharlos.

Al menos, le concede eso.

—¡¿Qué haces aquí?!

Germán Casals la observa como lo hacen los ingenieros sin pretenderlo. Con esa mirada de jíbaro que conjura su tontu na predecible. Siente su cuerpo menguar, pero sus ganas de crecer junto a Ponce Savaté en el Embryo son imparables. No se detiene.

—Cuánto tiempo, Germán. He visto que la vida te trata bien…

—Me lo he ganado a pulso, ya lo sabes. Supongo que la suerte se persigue.

Le escucha hablar y la aburre. Parece que está leyendo una de esas frasecitas de azúcar que atesora.

—¿Cómo vas con la tienda de Enmedio?

—Muy bien, gracias —miente.

—¿Vienes por la tienda? ¿Es eso, Mar?

Germán ha continuado pagando religiosamente el alquiler del bajo durante todo ese tiempo. Mar cambia de tema:

—He oído que te casas, Germán.

Ve el miedo helador en sus ojos y eso le gusta. Se han cambiado las tornas.

«Ahora mando yo».

—Cariño, ¿te falta mucho? —dice una cantarina Cruz—. Quiero pasar por la pastelería antes de ir a casa de mis padres.

Mar le mira a los ojos:

—¿Saben tus suegros que ya estás casado?

—¿Qué coño quieres, Mar?

—Solo cuatro días de tu vida a cambio de tu libertad.