Capítulo 8
Seveso, Italia
Hacía un calor asfixiante para ser julio en Seveso.
La humedad ambiental por la proximidad de los Prealpes lombardos y la cercanía de llanuras y ríos convertía a la localidad próxima a Milán en un horno.
— Santa Madonna! Qué calor hace en tu casa, Clara.
Livia Ferrante, dieciocho años, alegre y espigada como un alambre, entró abanicándose con un periódico en la casa baja de los Fabiani. Dejó Il Corriere de la Sera sobre la mesa en la que Clara estaba remendando la camisa de su marido.
Se besaron con efusividad.
—Es verano, Livia. Hace calor en todas partes.
Lo sabía. Acababa de dejar leche fresca a las crías de la gata del callejón para combatir el bochorno. El atigrado era su debilidad. Cuando iba a contestar algo divertido e inconveniente, un ataque de tos interrumpió su ingenio. Aquella vez el acceso era fuerte. Sin embargo, continuó fumando.
—Tienes que hacer algo con esa asma, Liv. ¿Has ido al médico?
—Esta maldita humedad no ayuda.
—El tabaco tampoco.
Un niño pequeño apareció de pronto y le sacó la lengua.
Livia le guiñó un ojo. Pensó que el crío era tan guapo como Michele, el marido de su amiga.
Clara apenas tenía veinte años, dos más que ella, y ya era madre.
Estaba a punto de serlo por segunda vez.
Clara parecía feliz con su destino: esposa, madre e hija ejemplar.
Allí estaba, zurciendo la ropa de su prole, bella y feliz mientras Livia encadenaba cigarrillos con la cabeza en las nubes.
—¿Dónde está Michele?
—Está en Icmesa, en la fábrica.
—Si es sábado… —dijo Livia—. Desde que forma parte del comité de empresa trabaja más que nunca, chica.
—No bromees con eso, Livia. Michele está muy implicado. La compañía ha dado vida a este pueblo. Paga esta ropa, esta casa . Por cierto, bonitos pantalones. ¿Los ha visto tu madre?
Livia sacudió sus perneras de campana de color grana. Su madre la iba a matar por aquella excentricidad.
—No me cambies de tema. Ya me ocuparé de la mamma luego.
—Sabía de sobra que tendría sermón al llegar a casa .
Su madre anhelaba que se pareciera a Clara o a las demás buenas chicas de la tradicional Seveso.
Que fuera cualquier otra, excepto su hija—.
Icmesa está que se cae a cachos, Clara. Un día de estos la fábrica nos dará un disgusto.
—Precisamente, Michele quiere mejores condiciones de trabajo para sus compañeros, renovar la maquinaria, más seguridad. Hoy tenían reunión del sindicato.
—Vale, vale, me has convencido. —Livia estaba segura de que Michele había salido a tomar unos vinos con sus amigotes de los plaguicidas. Cambió de tema—: ¿Qué hacemos esta noche?
—Qué haces tú, querrás decir. Yo estoy para pocos trotes… —Clara se tocó la barriga y señaló el periódico sobre la mes a—. ¿Cómo vas con ese periodista de Milán, ese estirado que bebe los vientos por ti? ¿Lo verás hoy? Al tal…
— Stefano.
—¿Y vas a llevar esos pantalones con Stefano esta noche?
—Pues me los pensaba quitar…
—¡Livia!
Risas .
A Livia le gustaba hacer reír a su vecina.
Amigas del barrio, de la calle y de la escuela, habían crecido fieras y libres hasta que a Clara le dio caza el amor.
Se mostraba esquiva con el sentimiento, no así con los hombres.
Hacía y deshacía con su cuerpo lo que le venía en gana.
Disfrutaba del sexo como cualquier chico de su edad, una rara avis en Seveso .
En cambio, ese sábado de julio de 1976, reía y fumaba indolente para ocultar su preocupación por un encuentro que había mantenido meses atrás y que no se podía quitar de la cabeza. Un hombre por el que le preguntó Clara.
—A mí no me engañas. A ti el que te gustaba era el español que conociste en Via Montenapoleone.
Livia trabajaba en un pequeño taller de marroquinería en Seveso.
Tenía un talento natural en sus manos huesudas.
La calidad de las pieles, sumado a un diseño solvente con un patronaje único, hacía que los bolsos del negocio familiar se vendieran muy bien en Milán.
La tintura de las pieles tampoco era lo más recomendable para su dolencia respiratoria, pero por aquel entonces poco se conocía de las enfermedades profesionales para quienes bregaban sin seguridad y sin contrato.
El oficio no la llenaba, pero le servía para ayudar en casa.
Odiaba ser una carga, pero su trabajo en el taller le permitía dos veces por semana viajar a Milán, ese universo paralelo, para abastecer a un lujoso comercio en el corazón de la ciudad de la moda.
El autobús que cubría el trayecto la trasladaba apenas unos kilómetros más allá.
Sin embargo, aquella máquina del tiempo la propulsaba veinte años hacia delante, a un futuro más amable en una Italia feroz con las mujeres como ella.
No contestó a la pregunta sobre el desconocido de Milán.
—Respondiendo a tu curiosidad sobre mis planes con Stefano , te diré que hemos quedado esta tarde para ir al cine a ver Taxi Driver .
—¡ Taxi Driver ! —dijo Clara, sorprendida. La cinta de Scorsese había sido recibida en la católica Italia de los setenta con fuertes críticas por su contenido violento. Especialmente controvertida había sido la interpretación de una jovencísima Jodie Foster que daba vida una prostituta adolescente.
—Me encanta Robert de Niro… Pero que salga una putana … ¡Ay, Livia! Vas a matar a tu madre a disgustos .
—¿Por Stefano o por Scorsese?
Risas.
—Creo que debería preocuparse más por Stefano, la verdad. No creo que Scorsese pueda hacerte uno de estos. —Rio y se señaló el bombo.
La artesana demudó el gesto y se tocó el vientre de modo instintivo.
Su periodo era tan inconstante como su compromiso para estudiar.
Sus ciclos nunca habían sido regulares, pero con la segunda falta había comenzado a preocuparse .
Le en tró la prisa por borrarse de la escena y sacudirse un pálpito que, más pronto que tarde, tendría la facultad de alterar su vida.
—Se me ha hecho tardísimo. Me voy a casa.
—¿Qué hora es? —preguntó Clara—. Tengo que preparar el almuerzo.
—Las doce y treinta y siete.
Un estruendo terrible como el de una bomba cortó la conversación. El tiempo se detuvo. Los segundos parecieron horas.
Desconcierto.
Livia y Clara salieron a la calle . El pequeño de Clara lloraba. La madre lo cogió en brazos, lo encajó en su cadera.
En la calle todo el mundo corría.
—¡Ha sido en Mena, en Mena ! —dijo un vecino.
En Mena, localidad cercana a Seveso, se encontraba la fábrica de pesticidas.
—¡Icmesa, Icmesa! —lloraban las mujeres—. Ha habido una explosión en Icmesa.
Livia miró al cielo.
Una nube amarilla comenzaba a adueñarse del aire como una pesadilla tóxica, densa.
El niño de Clara comenzó a llorar con más fuerza. Llamaba a su padre.
De pronto, un grito desgarrador la trajo de vuelta.
Era Clara.
—¡Michele! —dijo—. ¡Michele está en la fábrica!