El vuelo de la fortuna Capítulo 7
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Capítulo 7

Dos horas más tarde

Castellón

Tras dejar el coche en el aparcamiento de Rei En Jaume, llega a la tienda pasadas las once del sábado.

A paso rápido son apenas unos minutos tomando Ruiz Zorrilla.

La mañana en la arteria comercial transcurre apacible y tranquila.

La calle huele a café, a esmorzars y coca de llanda.

Debería hacer in ven tario porque los clientes, también hoy, se resisten a ent rar.

En lugar de eso, fantasea con los atuendos que lucirá en el Embryo, las conversaciones interesantes en ese espejismo de vida futura.

No es consciente, pero tararea. Está a un paso de dar con Germán y eso la acerca a la escalerilla de embarque de su destino.

Un futuro próximo en el que inspirarse en las ideas de Savaté.

Mar se sorprende de su buen humor. Pronto se le pasa.

Un hombre que huele a tabaco y traspiración trae un pedido descomunal de ropa que hay que clasificar, planchar y perchar en las diferentes secciones de la tienda.

Ha estacionado mal y tiene prisa. El centro histórico es un horror circulatorio.

A pesar de la amplitud del ensanche, la calle de la Fea es lo que es, una encrucijada de callejuelas medievales solucionado solo en parte por la segunda ampliación de las murallas.

Un vehículo de alta gama le ha dificultado el paso y el transportista solo quiere que le firme el albarán.

Si los consumidores eco supieran de dónde se obtienen esas prendas, se cuidarían muy mucho de ponérselas: subastas, desahucios, contenido de guardamuebles embargados por impago, objetos de pisos de ancianos solitarios.

Lo que menos abunda son piezas de grandes almacenes de temporadas pasadas.

Desde que reciclar es un negocio, las cadenas textiles han montado sus canales de distribución de piezas de baja calidad.

A pesar de la economía circular, la industria de la moda es la segunda más contaminante del planeta.

Se produce tanta ropa y tan rápido que miles de toneladas acaban cada año enterradas a miles de kilómetros de las personas que no han querido comprarlas.

Mar firma el recibo y el hombre desaparece. El sol juguetea con las fachadas bajas. Cuando más despanzurrada está la tienda, suena el llamador de la puerta. Es un cliente habitual.

—Haz como que trabajas un poco, anda —le dice a Elena—. No quiero atenderle.

El comprador improvisado manosea con desdén los montones de ropa que acaban de llegar .

—No va a comprar nada, jefa. Es ese profesor pirado. Creo que viene a pasar el rato, a hablar con alguien.

Mira al cliente, que luce una camiseta lavada en la que ape nas se distingue un lema, «Renovables sí, pero no así», y cruza con él una mirada huidiza. Su cara se le antoja familiar, como la de alguien cuyos quince minutos de fama le arrebataron un trabajo funcional. No consigue ubicarle.

—Ordena esto, anda —le dice con cariño—. Parece un zoco.

El aspecto abigarrado de la tienda es intencional. Mal iluminada y con pequeños montones por género para que los curiosos compren más unidades. La ropa pesa mucho. Venderla al peso es más rentable que por unidad. Y la sensación de ganga para el cliente, más tangible. Marketing de mercadillo.

El señor menudo saca una bolsa de tela. Es una de publicidad de la película As bestas. Llena a Sorogoyen hasta los topes: dos pantalones, calzado profesional, camisas de domingo…

—Curro Peiró se ha echado al gasto hoy —piensa Elena en voz alta.

El tal Peiró está al fondo de la Fea. Aun así, bajan el tono.

—¿Quién?

—Sí, mujer. El profesor de la Universitat Politècnica que se hizo tan famoso por sus libros acerca del cambio climático.

Llegó a ser asesor del ministerio. Antes de que Ribera fuera nombrada vicepresidenta de la Comisión Europea y dejara el Gobierno.

En algún punto, se radicalizó. Perdió la chaveta, vamos.

Le invitaron a dejar su puesto en la facultad por sus salidas del tiesto en redes.

Poquet la mira como si le contara una película .

—Quizá te suene porque, sin ocupación conocida, comenzó su peregrinaje por platós nacionales. La cagó pero bien, y un presentador de los gordos, muy tocada su credibilidad tras su cobertura de la Dana, decidió despedirlo…

—Y desde entonces compra aquí, en mi tienda —dice incrédula.

Peiró se acerca al mostrador con sus ojillos esquivos y su caminar nervioso. Elena cuenta las piezas de su botín. A pesar de tratarse de ropa de trabajo pesada, con botas técnicas incluidas, la cuenta no asciende a cuarenta euros.

—Buena elección, Curro —dice Elena, complaciente—. Recuerda que no devolvemos el dinero , pero dispones de quince días para cambio o para gastar el vale.

Mar ve a Elena sonreír genuinamente.

Ojalá tuviera ese don.

—Gracias, guapa —sentencia Curro Peiró, enigmático—. El vale no será necesario.