El vuelo de la fortuna Capítulo 6
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Capítulo 6

Diez días antes de la tragedia

Cofrentes

Dos chimeneas colosales y humeantes le dan la bienvenida.

Emiten dos columnas de vapor de agua como dibujadas por el trazo de un niño de una casa feliz.

El valle que acoge la central nuclear de Cofrentes es un enclave precioso.

Un Springfield colorista de dibujos animados.

Es sábado y ha madrugado mucho. Es la segunda vez que conduce hasta allí.

Mar no se atreve a dar el paso. La carretera horrible y serpenteante obliga a conducir con cuidado.

Las vistas del valle son impagables. La orografía de esa zona interior de la Comunidad Valenciana es rica en recursos, verde y montañosa.

Las curvas de la carretera le impiden pensar.

Mantiene la mirada pegada en el firme; su conciencia se marea en el asiento trasero.

Para unos instantes para tomar el aire, pero no se permite vomitar donde ha estacionado.

El viento cortan te la despeja de golpe en la carretera fantasma.

Un recurso natural que alimenta las docenas de aerogeneradores que pueblan el enclave.

El aire es limpio, huele a bosque de verdad, fresco y sutil, un aroma que no ubica porque lo asocia a ambientadores de pino que no huelen a pino.

Se recompone. No hay tiempo que perder. Tiene que abrir la Fea en un rato, des pués de localizar a Germán.

Sabe que vive en algún lugar del valle desde que un viejo amigo, un profesor, le referenció para un puesto como controlador de potencia en la instalación nuclear.

Puede que Germán resida ahí desde hace nueve años.

O quizá diez, no está segura. Se lo contó una amiga común a quien entonces no quiso prestar atención.

Ojalá lo hubiera he­ cho. Solo sabe que, como ingeniero eléctrico, trabaja en una construcción que agoniza.

Hace frío en Cofrentes. En esos pueblos apacibles del interior, siempre lo hace.

Se arrebuja en el abrigo. L as ráfagas que mueven las palas de los gráciles molinos arrecian.

Retoma la marcha y llega al pueblito. A pesar de ser últimos de abril, aún huele a leña.

Un perro ladra en algún lugar. Como Mar, callejea, husmea.

Después de varios minutos vagando por el pueblo sin rumbo fijo, regresa al coche.

O lo intenta, porque no es capaz de recordar dónde lo ha dejado.

De camino al vehículo, ensaya su discurso y se siente absurda.

«¿Por qué nadie querría ir conmigo a ningún sitio? ».

La esperan casi dos horas de curvas de vuelta a Castellón. Otro día estúpido que no la ayuda a avanzar hacia su destino. Tiene la sensación de caminar en círculos. No comprende por qué Germán la bloquea así.

Se sacude el frío y la tontería. Es hora de volver.

Al fin y al cabo, es sábado, día de venta, al menos para las tiendas que venden.

Antes de ponerse al volante, su atención requiere otro café.

Aunque necesitaría algo más fuerte para reunir el valor de decirle a su marido todo lo que le quema en la garganta, pero debe mantener la cabeza fría y convencerle, si es que da con él.

Por una vez la fortuna le ha sonreído y está decidida a hacerle entrar en razón. La entrada a ese zepelín es su billete al éxito, la última bala de Maravillas Poquet.

—Qué frío hace —dice al entrar en el bar—. Un café cortado, por favor.

El camarero le devuelve un cortado oscurísimo. «No voy a dormir en un mes». En desagravio, afana un puñado de azucarillos y se los guarda en el bolso.

«Va bien vestido», piensa sobre el hombre tras la barra de aluminio.

En Cofrentes hay dinero. El que deja la central nuclear en funcionamiento desde 1984.

Los escasos mil doscientos habitantes viven directa o indirectamente de la planta de energía.

Imposible encontrar a alguien que hable mal de la instalación, cuyo cierre está previsto en unos años.

—Estoy buscando una casa para alquilar por aquí —improvisa Mar.

El camarero no la cree. Está entrenado en ese tipo de conversaciones con ecologistas de incógnito o malos periodistas que persiguen un titular sobre la enésima parada del reactor. El aforismo del sobre de azúcar está de su lado y le brinda un hilo del que tirar:

«La fortuna se disuelve en lo cotidiano».

Tira por ahí.

—Vengo a una entrevista de trabajo para el balneario y, si todo va bien, quizá mi pareja y yo nos vengamos a vivir a la zona durante un tiempo —fabula—. Él es escritor, ¿sabe? Y puede trabajar desde casi cualquier parte…

El dueño del bar desconfía, pero ve negocio en el cuento sobre el alquiler.

—Mi mujer y yo tenemos una casa en alquiler en Ayora, muy cerquita de aquí. —Simula desinterés y seca el mostrador—. Es un lugar tranquilo, más grande y poblado que este. A unos veinte minutos en coche.

No sabe qué decir. Aquella conversación no va a ningún sitio. La Fea y sus maniquís pálidos la esperan. Pregunta cuánto le debe. El hombre teme estropear el trato. La evalúa. Debe de haberle causado buena impresión. Será porque no viste la ropa que vende.

—Les haríamos un buen precio. Es una casa amplia , de dos plantas, reformada y con calefacción central, suelo radiante y fachada de piedra.

La pareja que la ocupa ahora se va a casar y se quieren ir a Valencia .

Se marchan a la capital, como todos por aquí…

La dejan en unos días. —Y añade, contrariado—: Yo no le veo ningún sentido porque el Germán este tiene un puestazo en la central…

No puede creer su suerte. Se atraganta y comienza a toser. Tiene que asegurarse de que es él. De que el hombre del que le habla es su marido.

—¿En la central, dice? —exclama, roja, entre tos y tos.

El camarero le ofrece un vaso de agua del grifo. Se la bebe con aprensión.

—Sí, es una pareja tranquila. Me apena perderlos. No han dado ni medio problema.

Poquet suspira, impaciente.

Al propietario del adosado se le escapa el detalle que busca:

—Echaré de menos a ese pelirrojo.

De pronto, sabe que lo tiene. «¿Cuántos ingenieros pelirrojos que se llamen Germán puede haber por aquí?».

—¿Me deja su tarjeta, caballero?

—No tengo , pero le puedo anotar la dirección.

Garabatea algo en una servilleta.

Una dirección y un teléfono. Le hace una foto para no perder las señas.

Quedan en verse en una semana, fecha en que la pareja ya habrá dejado la vivienda.

«A la tercera va la vencida».

Se presentará en casa de Germán, pero no el día convenido.

El hombre sonríe. Mar, más.

—Invita la casa.