Capítulo 5
Ponce Savaté era el tipo de persona que llegaría tarde a su propio funeral.
No lo hacía a propósito. Simplemente era así .
Cualquier terapeuta diría que se trataba de un gesto infantil de tener la última palabra.
El célebre guionista de televisión metido a escritor de éxito sabía que la reunión de aquella mañana era importante.
Se lo había dicho su agente . También la pesada del Departamento de Marketing, Patricia Aguilar.
Que era importantísimo que llegara con veinte minutos de antelación respecto a la hora fijada para poder acreditarse y superar el protocolo de seguridad del edificio.
Desde la fundación no habían querido adelantarle demasiado por teléfono, pero la contundente suma había aflojado cualquier reticencia inicial.
Iba con la mejor de las voluntades a escuchar la propuesta, y a firmar el contrato , por qué no decirlo.
Hacía meses que Ponce Savaté no trabajaba.
Que no escribía ni una línea. No desde el robo del cuaderno en el que había volcado sus ideas para un nuevo guion basado en un desastre aéreo.
Detuvieron a dos personas. Una de ellas, de su círculo más cercano.
Los maleantes fueron fácilmente apresados.
La cuidadora, espoleada por un novio jugador que le daba muy mala vida, confesó de forma voluntaria.
Sin los contactos adecuados no supieron qué hacer con la mercancía intangible.
Los Savaté tuvieron que prescindir de la chica a pesar de las súplicas.
Dejarla ir, con el cariño que le tenía el pequeño.
También, por prevención, despidieron al resto del servicio.
Sin embargo, aquel no fue el peor de sus males.
Todo el escándalo se filtró, también la idea.
Y el precontrato con una conocida plataforma de vídeo en streaming no llegó a materializarse.
En cierto modo , Savaté respiró aliviado.
Declaró a los medios que tenía el proyecto más avanzado de lo que decía.
Últimamente, dedicaba sus días a dibujar en su estudio entre fuertes medidas de seguridad.
Se estaba volviendo paranoico. Pero al fin parecía que la suerte le sonreía de nuevo.
Quizá aquella expedición pudiera alimentar la avidez de sus seguidores y devolverle el brillo gracias a una travesía que prometía ser épica.
Se las ingeniaría para explicar en casa aquello de estar tantos días fuera de España.
El crío de ambos aún era pequeño y apenas dormía desde que la niñera no estaba .
Tendría que enfrentarse a su esposa. Otra vez.
A aquella chica portentosa con la que estaba en deuda, y cuya carrera como autora no acababa de despegar.
Su mujer era la única de su círculo que elegía no creer en los rumores de infidelidad que cercaban a su relación .
Su convicción en Ponce era un fortín del que el escritor había drenado el foso.
—Vas a llegar tarde a tu cita de la una, Ponce —dijo desde el salón.
—Lo sé. Pero ¿qué esperan? Me han citado de hoy para hoy.
Su agente había insistido mucho en que asistiera a la cita, a pesar de la premura, aunque solo fuera a escuchar.
—Pero no te lo vas a creer. Cuando he ido a escoger el outfit , tenía las solapas del traje llenas de brillos.
—¿De cuál ? ¿Del azul?
—Del nuevo, el de la sastrería de la calle Serrano. Con este, todos mis trajes están quemados. Mis solapas brillan como las de un paleto. No puedo presentarme de esta guisa. Tenemos que despedirla. La chica nueva no nos sirve.
—Pues tendrás que hacerlo tú.
—No pienso despedir a una negra. Lo que me faltaba, que me tachen de racista.
—¿Y acaso no lo eres?
—Amor, tu gesto de condescendencia me ha costado miles de euros en trajes.
—Sigues sin responder a mi pegunta —dijo ella, y continuó leyendo.
Ponce Savaté prefirió no contestar . Podría ofender a la asistenta, que sabía que estaba escuchando .
No podía fiarse de nadie. Besó a su mujer en los labios como despedida antes de sacar la libreta negra de la caja fuerte.
El cuaderno pesaba lo suyo. Había encargado fabricar un sofisticado cierre de seguridad que funcionaba con un código de ocho dígitos para proteger sus preciadas ideas .
En caso de tener alguna. Lo de añadirle un brillante , lo reconoce, había sido accesorio.
Qué le iba a hacer . A Ponce Savaté le gustaban las cosas bonitas.
Consultó su muñeca. Ya era casi la hora.
De camino a la reunión con los gerifaltes de la Fundación Embryo debería hacer una parada en boxes en unos grandes almacenes a comprar un traje decente.
Sería de colección. Tendría que valer.