El vuelo de la fortuna Capítulo 4
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Capítulo 4

Un año antes de la tragedia

Madrid

Un sonido atronaba en un hotel cuyo número de habitación no importa.

—Patricia. Pat, tu teléfono.

El chico la zarandeó.

Nada.

—Cariño, es tu móvil. No deja de sonar.

El dispositivo iluminó la oscuridad . Al cuarto tono, Pa tricia se retiró el antifaz.

No le gustaba recurrir a los somnífe ros, pero era el único modo de apagarse por unas horas.

De no pensar. Ni siquiera en el novio que descansaba a su lado, ese al que ya no quería.

Desde que trabajaba para la fundación , y de eso hacía ya dos años, dormitar sin sueños se había convertido en la norma. Aquel dormir de esclavos .

—¿Diga?

Era la jefa de gabinete de Volkers. El consejo quería verla a primera hora.

—¿Qué hora es ?

Su pareja no respondió.

Miró el reloj. Eran las dos de la mañana de un martes. No, ya era miércoles .

Patricia Aguilar no tenía tiempo para disputas.

Y, sin embargo , discutieron. Solo contaba con unas horas para ultimar la presentación .

Debía repasar los detalles del plan de visibilidad del décimo aniversario de la organización.

Era una propuesta atrevida. Más que eso.

Una locura que costaba una fortuna. Se dirigió a la ducha para rehuir la hostilidad.

Bajo el agua trató de recuperar algo de lucidez.

Cuando intentaba hacer algo con su pelo, escuchó el portazo desde el baño.

Por el sumidero, la esperanza de otra reconciliación encendida.

Comprendía su enfado . Llevaban planeando aquella escapada meses.

Aguilar estaba de libranza. Y  ya no. No era la primera vez que sucedía.

Tendría que ocuparse de eso también. Más tarde.

Esa madrugada tenía que aprovechar la segunda oportunidad que le brindaba el consejo .

Era buena en las distancias cortas. En cambio, en las videoconferencias, flojeaba.

No en vano, habría jurado que su puesto pendía de un hilo tras la última reunión.

De aquello haría un par de semanas. La cara de su jefa desde la sede en Frankfurt dejaba poco a la imaginación .

De su propuesta de replicar el itinerario de Hindenburg lo único que pareció satisfacer a Volkers fue escuchar un nombre : Ponce Savaté. El escritor del momento.