El vuelo de la fortuna Capítulo 3
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Capítulo 3

Dos semanas antes de la tragedia

Castellón

En la tienda no hay ni un alma. Se apilan las cajas de ropa por planchar y los maniquís posan indolentes como cadáveres ingrávidos.

Los ve desde la acera mientras avanza hacia su negocio.

Tiene la cabeza en otra parte, en la invitación del Embryo.

Un patinete, en el que no repara, está a punto de arrollarla en la calle de Enmedio.

Milagrosamente, frena a tiempo. Mar se trastrabilla mientras sortea a una horda de turistas lentos que arrastra equipajes baratos.

Encuentra a Elena acodada en el mostrador .

Ha abierto la Fea Market, pero no ha hecho nada más.

La tienda está manga por hombro. Afortunadamente, el toldo amable del edificio contiguo amortigua el caos.

No está segura, pero daría un brazo a que Elena lleva pegada a la pantalla del teléfono desde las diez, la hora de apertura .

La desidia se retroalimenta. Supone que sus pocas ganas de trabajar se contagian.

Y no puede exigirle a su empleada una pasión por la economía circular que no siente ni comparte.

A ella le gusta estrenar. Mar compra en Zara .

Regenta la tienda de ropa al peso desde antes de que estuviera de moda, cuando Germán la instó a hacer algo con su vida cuando regresaron de Namie.

Y ese algo fue aceptar el traspaso de un establecimiento al que se le ha desprendido la L del cartel.

La Flea Market, el nombre con que la había bautizado la anterior propietaria en honor a los mercadillos londinenses, es desde hace meses la Fea Market.

La tienda favorita de las profesoras de inglés.

—¿Y esa cara? —pregunta Elena cuando la ve entrar.

—¿Qué cara?

—Pues coño, Mar, esa que traes hoy. Como de contenta. A ver si te está dando un ictus.

—Muy graciosa.

Se ha equivocado con Elena. No está enfrascada en el móvil.

Tiene entre las manos la última novela de Ponce Savaté.

Está leyendo en papel una edición especial.

La de después de la película. Lo sabe porque el nombre del autor es más grande que el título de la cubierta.

Y se sorprende. No sabía que Elena disfrutara de la lectura.

En realidad, no conoce a casi nadie que lea.

Y eso la anima un poco, aunque no sabe por qué.

—Bueno, ¿qué? ¿Te ha tocado la lotería?

—¡Mejor! Me ha tocado uno de esos pasajes de los que hablan las noticias. — Le muestra el preciado envoltorio, exultante—: Un pasaje doble para embarcarme en el Embryo con todos los gastos pagados.

Elena la mira con incredulidad. Los canales de televisión no dejan de anunciar que es un vuelo ambicioso, un viaje sin escalas desde Frankfurt a Nueva Jersey de precio astronómico.

Los informativos hablan de un dirigible elevado por energías renovables para poner en valor la investigación de una fundación de la que nadie había oído hablar.

Un viaje que replicará muchos aspectos del vuelo original: desde el itinerario, pasando por los menús hasta los atuendos de la cena temática con el capitán, y, por supuesto, sin conexión a la red.

Elena la acri billa a preguntas que no sabe responder porque lo que quie re es pasar pantalla y ocuparse de lo único que se interpone entre ella y ese zepelín : Germán.

—¿Qué harás tantos días sin internet, Mar?

Maravillas se encoge de hombros.

—Supongo que sabré disfrutar de la cena con el capitán, de las actuaciones a bordo, de los amplios salones y de las vistas. Al fin algo del glamour en esta vida de segunda mano.

Elena está entusiasmada. Comienza a recitar los nombres de los pasajeros supuestamente célebres.

No conoce a ninguno. La radio dijo que los camarotes de primera se agotaron en minutos y que el dirigible estará atestado de gurús tecnológicos, nobles europeos y especuladores rusos que no saben en qué nueva excentricidad dilapidar sus fortunas.

—¡Tía, si va hasta la baronesa de Begur! Me encanta esa mujer. Qué estilazo tiene.

La baronesa la deja fría. No le pone cara. Su empleada continúa recitando su particular lista de los reyes godos.

—¡Mar! No me lo puedo creer. ¡Llévame contigo! —Comienza a dar palmitas con su voz aguda.

—Me temo que la invitación doble es personal e intransferible. —Sonríe.

Entonces Elena sorbe su atención como un agujero negro:

—¡Mira! Ponce Savaté acaba de colgar un vídeo en sus redes anunciando que es uno de los pasajeros del Embryo. Dice que se embarca con el deseo de buscar inspiración para el guion de su próxima peli…

No puede creer su suerte.

—¡¿ Ponce Savaté va a bordo?! Déjame ver eso. —Le arrebata el móvil.

—¡Oye, que me has hecho daño!

Ponce Savaté, rubio y repeinado, sonríe a sus seguidores desde el dispositivo de su amiga mientras aporta detalles sobre el itinerario del Embryo.

Faltan dos semanas.

—¡Mar! Y anuncia que viajará sin su familia, deja a su chica y al crío en casa.

Su corazón atruena. Se agita. «Tengo que embarcar como sea».

La dependienta continúa hablando, pero Maravillas Poquet ya no la escucha.

Elena piensa que su jefa está loca por Ponce.

No es descabellado. La ha visto leyendo su obra mil veces, estudiando sus textos al milímetro.

Sabe que anota los puntos de giro. Memoriza sus diálogos.

Es sencillo confundir la obsesión con el deseo.

Se equivoca. Ponce Savaté no es su héroe.

Mar no le idolatra. Solo le envidia. Anhela su éxito, su vida…

Quiere pensar como él piensa. Quiere ser él.

—Igual tienes una oportunidad. Es tan guapo…

En cambio, Mar solo puede ver el vídeo en bucle una y otra vez y fijarse en el cuaderno que el guionista sostiene en su mano mientras parlotea. El brillante del cierre de la Moleskine centellea a cámara como una promesa. El plan del robo comienza a tomar forma en su cabeza.

—¿Me estás escuchando?

—Primero tendré que convencer a Germán.

—¿Germán? ¿Tu Germán? ¿Y qué tiene que ver ese triste con tu viajazo épico ?

—Todo, Elena. Todo. Sin Germán no hay vuelo.

La alegría se desvanece. Invierte unos minutos estériles en explicarle las instrucciones de la invitación. Elena exhala sonoramente por la nariz.

—Entonces no entiendo por qué estás tan contenta, Mar. Ese tío no va a mover un dedo por ti. Ni siquiera sabes dónde vive.

Niega con la cabeza. Las comisuras de su boca se amplían como las del gato de Alicia en el país de las maravillas .

Tiene motivos.

El primero porque tiene una idea bastante aproximada de dónde ha estado Germán todos estos años.

Y el segundo porque hay algo que él desea con todas sus fuerzas.

Y que solo Maravillas Poquet le puede dar.