Capítulo 1
Dos semanas antes de la tragedia
Castellón
La mañana del último día de su vida tal cual la conoce la pilla trabajando. Teclea : «Nací en la calle Progreso el año en que cerraba el último bar». Lo borra y vuelve a comenzar como ha hecho en la decena de versiones anteriores. El cursor parpadea, inmisericorde.
Suena el interfono.
El cartero llama dos veces y la rescata de su mediocridad. Finge disgustarse, pero en realidad es un alivio dejar de escribir por hoy.
— ¿Sí?
—Carta certificada.
Abandona el manuscrito.
Abre sin preguntar nada más.
—¿Germán Casals y Maravillas Poquet? —El mensajero empuja un carro amarillo y azul.
No sabe qué le produce más estupefacción: que la carta vaya dirigida a un marido que hace un siglo que no vive allí o escuchar un nombre, el suyo, que no reconoce como propio . Nadie la llama Maravillas, ni siquiera su madre.
—Firme aquí y aquí.
Obedece, y el hombre se marcha sin darle las gracias. Mar le desea mecánicamente que tenga un buen día.
Se dirige al salón y mira el sobre con incredulidad. Allí está el envoltorio del que los informativos hablan. Lo remite el membrete de Indace, el holding lácteo más importante del país, y sabe lo que es. Le tiemblan las manos.
Rasga el envoltorio a toda prisa y tropieza con la estantería de su despacho.
Las obras completas de Ponce Savaté se precipitan una tras otra contra el suelo.
Lo hacen con la fluidez con la que se deslizaría por la pista el autor del momento.
Ignora los volúmenes esparcidos por el apartamento porque se dispone a paladear su premio. Anticipa lo que va a encontrar.
Y acierta.
Allí están: dos pasajes en primera clase para el viaje del Embryo, el dirigible de doscientos cuarenta y cinco metros de longitud y cuarenta y uno de diámetro que recreará el itinerario del Hindenburg.
Le divierte el paralelismo. El contexto del vuelo del Embryo es muy parecido al de los años treinta, en el que dos potencias se disputaban los cielos: tensiones prebélicas, maniqueísmo, crispación social.
Entonces , conquistar el aire con enormes dirigibles suponía una muestra de prestigio tecnológico, ostentación y poder.
La falla de seguridad del Hindenburg —ha leído en alguna parte— aceleró la aviación comercial tal y como se conoce hoy.
La cosa no ha cambiado demasiado casi un siglo después.
La obsesión continúa siendo la misma: trascender los límites.
Los vuelos espaciales como última frontera.
Quizá por eso la travesía del Embryo esté recibiendo semejante atención mediática, una bocanada de aire fresco entre tantas malas noticias.
Una excentricidad de unos magnates, sí, pero no exenta de glamour y de una reconfortante belleza.
La expectación es máxima por conocer quién viajará a bordo.
Únicamente se han sorteado siete pasajes para afortunados.
«Los Afortunados , así nos llaman».
Mar Poquet es una de las últimas personas que cierra el pasaje del gigantesco zepelín, pero se queda petrificada al releer quién es la séptima y definitiva: Germán. «¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?».
Respira y verifica las instrucciones. El paquete incluye unas normas precisas acerca de la fecha y el lugar donde deben presentarse, en caso de aceptar, los dos pasajeros invitados por la misiva. Faltan dos semanas. El emplazamiento es la ciudad de Frankfurt.
Solo hay dos reglas y son claras:
Primera: l a invitación es personal e intransferible, por lo que deben asistir, juntas, las personas cuyos nombres figuran en el billete con literalidad.
Segunda: la aceptación de los pasajes lleva implícita una exhaustiva revisión médica de los Afortunados para prevenir complicaciones a bordo.
En caso de infringir alguna de las dos normas, las localidades quedarán invalidadas.
Mar se concentra en la más compleja. En leer el nombre del segundo pasajero que indica el tarjetón: Germán Casals. Su marido. La adrenalina le impide procesar la broma de la fortuna. ¿Por qué querría nadie que viajaran juntos? Decide no darle más vueltas, porque está determinada a embarcar.
Solo hay un pequeño problema: Germán y Maravillas hace trece años que no se dirigen la palabra.
La invitación, de factura clásica y gramaje perfecto, viene firmada personalmente por Ernesto Acevedo, el presidente del grupo lácteo Indace, y su esposa, Monika Volkers.
La famosa genetista es a su vez la presidenta de la Fundación Embryo.
Todo el conjunto de la misiva desprende una deliberada marcialidad.
Una distinción fría y contenida que, a sus ojos, refulge como el billete dorado de Willy Wonka.