El vuelo de la fortuna Prólogo
2%
El vuelo de la fortuna

El vuelo de la fortuna

Por Sonia Valiente

© inepub.com

Prólogo

Podría ser la madre de cualquiera, pero la mujer que abre la puerta es la madre de Maravillas Poquet, una de las víctimas mortales de la tragedia aérea que sobrecoge al mundo.

La deflagración ha sucedido hace unas horas a miles de kilómetros de allí.

Sin embargo, el planeta continúa girando según su plan establecido: la cafetera italiana al fuego, el pan en el tostador, el sol de la mañana en los visillos blancos.

Antes de que sonara el timbre, el día arrancaba como tantos otros que preceden al dolor, con esa laxitud que es bostezo y abrazo , pereza y calma.

El padre de la fallecida aún duerme ajeno al dolor. Ajeno a un nuevo día que será absurdo.

—Ya va.

La mujer despeinada luce un batín flojo y limpio. Arrastra unas zapatillas de suela gastada. Es mayor de lo que aparenta. Fue madre joven. Casi una niña. Como a su vez lo fue la madre que rehusó conocerla.

Milagros abre la puerta y se cierra la bata. Se atusa el pelo. No esperaba visita.

—Buenos días , señora. ¿Es usted la madre de Maravillas Poquet? —pregunta la redactora de acento alemán.

—Sí, pero no está en casa —duda—. Ella… hace años que no vive aquí.

La reportera mira al fotógrafo con angustia. No quiere estar allí. No quiere estar haciendo las preguntas que le han pedido que haga y, sin embargo, las hace.

— Lo sabemos… ¿Podemos pasar? —La chica intenta ganar tiempo. Son jóvenes.

—Claro, claro. Pasen. Disculpen el desorden.

La mujer adormilada los hace pasar y se presenta. También la redactora:

—Somos de la agencia Reuters.

Milagros no conoce la empresa , ni ninguna otra corporación de noticias. Tampoco que los reporteros han pasado la noche en vela. Desde la llamada de Frankfurt, y de eso hacía doce horas, han conducido de madrugada. Una vez en el pueblo, han estado merodeando por el barrio hasta dar con la vivienda.

—Mi compañero y yo venimos de Madrid, de la corresponsalía de la zona centro.

Silencio.

Milagros se adelanta unos pasos y los guía hacia la cocina de un piso breve y estrecho. Un segundo sin ascensor de la calle Progreso del Puerto de Sagunto, la cuna de la siderur gia mediterránea que sucumbió al caos y a la pobreza tras la reconversión industrial de los ochenta.

—Es muy temprano. —El reloj no marca las ocho todavía—. Ramón, mi marido, aún duerme. Desde que cerramos la mercería no tenemos mucho que hacer — dice a modo de disculpa—. Hablemos despacio . ¿Quieren tomar algo ?

La chica pide un vaso de agua en un intento de saciar su mala conciencia. Es evidente que la mujer de aquella cocina no ha puesto las noticias. Que Milagros ignora que su hija y su yerno Germán han dejado de respirar. Que han perecido en un terrible incendio.

La joven rompe a sudar.

En el apartamento mal sellado se cuela la humedad de la mar.

—Verá… —acierta a decir—. Estamos haciendo una crónica sobre el Embryo. ¿Podemos tomarle una foto?

—Ah, sí. El zepelín ese enorme lleno de famosos… Pero no entiendo muy bien en qué puedo ayudarlos exactamente.

Milagros rebusca entre los estantes los posavasos de las visitas.

Los adquiridos en aquel único viaje feliz en familia a Marrakech con su hija tan pequeña todavía.

Mar se empeñó en comprar un recipiente de cristal para rellenarlo con arena del desierto y, por aquel capricho, los dírhams no alcanzaron para el set de posavasos completo.

Unos con motivos geométricos azul Prusia que contrastaban con la vívida ciudad roja.

La madre pagó por ellos el cambio restante sin llegar a conocer nunca el nombre del pigmento azulado.

La cabezonería de Mar hizo que no les diera ni para media docena.

Con la llegada de los reporteros, Milagros se congratula de haberlos conser vado todos aquellos años.

Eran solo cuatro , pero las visitas eran tan exóticas como las llanuras de Agafay.

Sirvió el café en tres tazas. Reservó una cuarta para Ramón, en breve sonaría su alarma.

— ¿No ha visto el informativo de la mañana, señora? — El fotógrafo se impacienta.

Milagros niega con la cabeza y busca el mando con la mirada.

Camina hasta la encimera y enciende la televisión de la cocina.

Las malas noticias invaden la calma. La imagen del dirigible envuelto en llamas como una profecía de cuento de hadas se pasea en bucle por cada uno de los canales de noticias.

El aerostato de la Fundación Embryo, que replicaba el itinerario del Hindenburg, el Titanic del aire siniestrado en 1937, co rría idéntica suerte noventa años después.

Las imágenes, en color, parecen un calco de las de Pathé News.

Personas diminutas como hormigas corretean en medio del caos tratando de sofocar unas llamaradas infernales.

Los gritos de terror y dolor resultan insoportables.

La estructura del Embryo cruje, tiembla y colapsa.

Una densa columna de humo contrasta con la noche incandescente.

En el imaginario, las palabras del locutor Herbert Morrison: «Oh, the humanity!

». Una sentencia que acabó con los dirigibles y su conquista del cielo para siempre.

Un rótulo blanco de letras gritonas pasa raudo como los subtítulos de un drama en versión original.

Algunos rótulos del informativo transportan veloces los nombres de las personas fallecidas.

Alguien ha filtrado la lista de pasajeros.

El de su hija está entre ellos. El nombre de Maravillas Poquet Tirado se es conde al llegar a un extremo de la pantalla.

Por el opuesto, aparecen otros nombres desconocidos que han corrido la misma fortuna.

A esas horas son poco más que fantasmas.

—¿Dónde ha tenido lugar el accidente?

—En Lakehurst. Un aeródromo de Nueva Jersey.

—…

—¿Le dice algo ese lugar?

—Verán, se confunden de persona. —Una madre siempre se aferra a la menor incongruencia para negar la verdad.

A cualquier agujero en la trama de los cuentistas profesionales que han tomado su casa—.

Mi hija Maravillas, Mar —balbucea—. Mi hija, mi hija no…

No tiene ningún sentido. Mi Mar nunca ha estado en Estados Unidos, ¿saben?

Ella… ella… tiene una pequeña tienda en Castellón. No creo que sea la persona que buscan.

—Según nuestras informaciones había pocos españoles entre el selecto pasaje internacional, pero los había. Tenemos la certeza de que Maravillas… —se corrige y agacha la mirada— , de que Maravillas Poquet, viajaba a bordo del Embryo con su marido.

La reportera consulta sus notas con las manos temblonas.

—¿Con Germán?

La madre se relaja un poco . Tiene el convencimiento de que se han equivocado de casa . Su familia le perdió el rastro a aquel chico hará cosa de diez años.

—Sí, aquí lo tengo: viajaba en el Embryo junto a Germán Casals Vila. Los dos figuran en la lista de desaparecidos. Ese es el nombre de su yerno, ¿verdad?

La esperanza se diluye.

Milagros se lleva la mano a la boca con horror.

—Siento ser portadora de noticias tan terribles, yo…

La chica pide con un gesto al reportero gráfico que baje la cámara.

El reportero continúa disparando sin flash.

—No puede ser. Germán… ¿Germán también?

Milagros no puede procesar la información.

Por fin las lágrimas acuden a sus ojos y anegan la realidad del piso con humedades de la calle Progreso. Sus manos no pueden contener el llanto.

El posavasos restallando contra el suelo despierta a Ramón.