El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 22 LA SOBERBIA DEL VENCIDO (Malphas)
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CAPÍTULO 22 LA SOBERBIA DEL VENCIDO (Malphas)

Descendemos por los pasadizos de servicio que serpentean bajo los arbotantes de la Catedral, un laberinto de hierro y granito donde la neblina del Velo parece lamer las paredes con una humedad viscosa.

Mis alas, parcialmente estabilizadas por el vínculo magnético con la inquisidora, responden con una rigidez que me recuerda la fragilidad de mi arquitectura aérea.

Cada metro que nos aleja de la seguridad del campanario es una sentencia; el aire enrarecido por el vapor de las calderas industriales se mezcla con el hedor a aceite quemado que flota desde los pistones inferiores del Distrito de los Lamentos.

Isolda se mueve con la pericia de quien ha sido entrenada para cazar en la penumbra, pero percibo la vacilación en sus pasos; el peso de su traición le ha arrebatado la certeza militar que antes dictaba su postura.

Yo, por mi parte, oculto mi debilidad bajo capas de un sarcasmo que se siente más pesado que el plomo.

—Si la Injunción de Hierro conoce nuestra ubicación, este nivel intermedio no es más que una trampa de carne esperando a ser purificada —le susurro, mientras el brillo cianótico de mis venas se refleja en las paredes de los túneles.

—La Injunción no conoce estos pasadizos —responde ella, aunque su pulso, que siento a través de nuestra conexión mística, late con una urgencia febril que desmiente sus palabras.

De un callejón ciego, oculto tras una tubería de cobre que expulsa un siseo constante de gasneón, irrumpe una anomalía.

No es un purificador, ni un soldado blindado de la Injunción.

Es una mancha de oscuridad absoluta que devora el fulgor violeta de las farolas lejanas.

Un Malphas, despojado de toda elegancia aristocrática, reducido a la nada por el Estado Feral.

Sus alas, atrofiadas y cubiertas de llagas que supuran éter corrompido, se agitan con una furia ciega, y sus ojos —donde antaño debió brillar el ámbar de nuestra estirpe— han sido sustituidos por dos cuencas de negrura absoluta.

El monstruo no distingue aliados. Se abalanza sobre Isolda con una velocidad antinatural, sus garras de obsidiana buscando la carne expuesta de la humana.

El pavor a la invalidez es un eco comparado con el horror de verme reflejado en esa corrupción.

Sin tiempo para racionalizar la fragilidad de mis huesos huecos o el daño residual en mi ala derecha, mi cuerpo reacciona antes que mi voluntad aristocrática.

Me interpongo en la trayectoria del ataque, interponiendo mi musculatura fibrosa como un escudo humano, un parapeto de plumas negras que recibe el impacto brutal del ser feral.

Siento el desgarro. Sus garras cercenan la seda negra de mi gabardina, hundiéndose en la pálida epidermis de mi costado con un crujido de tejido y esencia.

El dolor es una explosión cobalto que nos expulsa del pasadizo.

La inercia del golpe nos hace rodar, un ovillo de miembros entrelazados y ceniza mística, por la pendiente de adoquines mojados de la cornisa.

El mundo es un caos de gasneón violeta y lluvia gélida que nos golpea el rostro mientras caemos, perdiendo toda noción de verticalidad, condenados a una espiral de hierro frío y magia en descomposición hacia el abismo que nos espera bajo los arbotantes.