CAPÍTULO 21 TELEGRAMA DE ÉTER (Isolda)
La descarga eléctrica de la Marca todavía se filtra por mis nervios como una corriente de agua gélida, un recordatorio de que mi cuerpo ya no me pertenece del todo.
El aire del campanario, saturado por el aroma a seda vegetal carbonizada y la frialdad mineral de las agujas góticas, se siente pesado, casi sólido.
Mi mirada, que hace apenas un segundo estaba cautiva en la intensidad de los ojos dorados de Malphas, se rompe con una violencia física cuando una vibración rítmica y mecánica comienza a golpear mi costado.
Me separo de él con un movimiento torpe, casi instintivo.
Mis dedos, manchados de hollín y restos de éter, rebuscan en los bolsillos de mi casaca táctica hasta encontrar la placa de pizarra imbuida.
La superficie de piedra pulida, grabada con rúnica de contención, está ardiendo.
La retiro y, bajo la luz mortecina que emana de las grietas del Velo, contemplo cómo la superficie comienza a registrar un grabado mecánico febril.
La tinta de éter azul cobalto fluye sobre la pizarra con una urgencia que me detiene el aliento.
—¿Qué es esa baratija? —la voz de Malphas, aún cargada con una resonancia aterciopelada y sofisticada, se acerca a mi espalda, invadiendo el espacio escaso que había intentado reclamar para mi propia cordura.
—Silencio —le ordeno, con la mandíbula angulosa por la tensión mientras leo las líneas que se materializan ante mis ojos.
No es una comunicación militar codificada, es algo más antiguo, algo que evoca la calidez de un archivo en la superficie: una advertencia. La caligrafía espiritual, inconfundible y melódica, ha sido trazada con la destreza de quien conoce el lenguaje de las esencias. Es Elena.
Inquisidora, comienza el mensaje, y las runas de éter parpadean con una intensidad que me hace doler la vista.
La Injunción no solo caza. Han desplegado inyectores de supresión de gran calibre en los niveles medios.
Los Sifones Atmosféricos están saturados.
Si vuestra Marca ha resonado, el rastro magnético es insostenible.
No crucéis el Distrito del Gasneón. La purificación es inminente.
Siento el peso de la placa de pizarra sobre mis manos, el calor de la tinta de éter que se enfría rápidamente al contacto con el aire gélido.
La Injunción ha elevado el nivel de su respuesta tecnológica; ya no buscan capturarnos, buscan borrar nuestra existencia de las piedras de Noxvalia.
La pesadumbre me golpea el estómago con la fuerza de un arbotante colapsando.
Al salvar al ser alado, al permitir que la Marca se fundiera con su esencia gélida, me he convertido en un faro magnético que delata cada uno de nuestros pasos a través de las ruinas.
—La superficie está cerrada —susurro, y el vaho de mi respiración se congela en el aire enrarecido por el ozono— —.
Han firmado la orden. Elena advierte que han desplegado inyectores de supresión de gran calibre.
Si nos detectan en el cielo o en las plataformas de los canales, nos anularán antes de que podamos alcanzar la Bóveda.
Malphas se aproxima, ignorando mi pavor.
Su presencia, antes arrogante y distante, ahora parece buscar mi proximidad, una necesidad biológica que nace del pánico a la ceniza.
Observa la pizarra con sus ojos de ámbar, y por primera vez, veo una sombra de duda en su elegancia decadente.
La placa de pizarra empieza a emitir un zumbido agudo, un siseo metálico que me eriza el vello de los brazos.
—Están trazando la frecuencia del emisor —sentencia Malphas, y su voz, despojada de cualquier adorno, suena con la frialdad de la piedra que se quiebra—. Han interceptado el rastro magnético en el Distrito del Gasneón.
El mensaje termina abruptamente con un siseo de energía que deja la superficie de la pizarra inerte y fría entre mis dedos.
El silencio que sigue es peor que el estruendo de las armas.
Un silbato de vapor industrial, largo, estridente y cargado de una autoridad militar indomable, resuena en el callejón de abajo, escalando por las paredes de granito del campanario.
Es un sonido rítmico, metódico. El eco de botas blindadas de metal rítmico se multiplica contra las fachadas del Distrito de los Lamentos, cerrando los accesos inferiores de la plaza, taponando cada ruta de escape.
Estamos sitiados, y el código de la seda que nos une es ahora nuestra única garantía contra la purificación que asciende por las agujas de piedra.