El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 20 EL LENGUAJE DE LAS PLUMAS (Malphas)
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CAPÍTULO 20 EL LENGUAJE DE LAS PLUMAS (Malphas)

El granito del contrafuerte se siente como un sudario helado contra mi fisonomía, un contraste violento con la arquitectura de Noxvalia que tanto tiempo he recorrido con la altivez de quien desprecia el suelo.

Me incorporo con una lentitud aristocrática, forzando a mis músculos a recordar la estructura de mi propia soberbia.

La pesadumbre del desgaste biológico, ese pavor a la ceniza y a la invalidez que me ha perseguido desde el primer instante en que el hierro frío de la Injunción rozó mis alas, ha quedado suspendida.

Isolda permanece estática ante el altar profanado, con los hombros tensos y la mirada perdida en la nada de la penumbra.

Su lealtad, esa maquinaria de engranajes y dogmas que le dictaba su deber, se ha roto; lo percibo en el desorden de su respiración, en la forma en que sus manos, todavía manchadas de hollín y restos de papel quemado, se aferran a la nada.

Ha destruido su antigua cordura y su rango militar, despojándose de toda certeza humana solo para anclar mi esencia a la realidad.

Es una devoción sombría, una simbiosis sagrada que, por primera vez, no me hace sentir como un depredador, sino como una criatura atada a un destino que desconozco.

Con un ademán de sofisticada caballerosidad, mi mano izquierda busca el ala derecha. Mis dedos, afilados y fríos, seleccionan con una delicadeza inaudita una pluma negra que se había desprendido durante nuestra caída.

El raquis brilla bajo la luz de los faroles lejanos con una iridiscencia de petróleo, un recordatorio de que su cercanía es la única cura para mi marchitez.

Me aproximo a ella con la lentitud de un felino que no desea sobresaltar a su presa. Isolda está tan inmersa en el abismo de su traición que no nota mi avance hasta que me encuentro a escasos centímetros.

—Su deber era purificarme, inquisidora —susurro, y mi voz, aterciopelada y melódica, parece impregnar el aire cargado de sándalo e incienso quemado— —. En su lugar, ha decidido ser mi pararrayos.

Deslizo el rasgar sedoso de las barbas de la pluma por la curva de su mandíbula decantada.

El contacto es sutil, casi etéreo, pero provoca en ella una reacción visceral.

Veo cómo sus párpados se cierran con una lentitud eléctrica, y aunque sus músculos se tensan bajo el peso de mi seda negra, se niega a apartarse del roce vegetal.

Es una tortura de una intensidad incalculable, una acumulación de estática que electriza cada nervio de mi cuerpo.

Isolda se estremece, un temblor que le recorre la espina dorsal, pero no hay rechazo.

Solo hay una entrega absoluta al momento, una rendición que me nubla la mirada.

Entonces, ocurre.

La Marca con forma de ala fracturada que porta en su omóplato reacciona a nuestra proximidad como si hubiera detectado la intención oculta bajo mi gesto. Un destello de azul gélido, tan violento y punzante que me deja ciego por un instante, brota de su piel.

La luz es tan intensa que traspasa sin esfuerzo las costuras de mi camisa de seda negra, bañando el nicho gótico en una claridad quirúrgica y espectral que nos deja expuestos ante las sombras alargadas de la Catedral.

Isolda jadea, arqueando la espalda, y la electricidad del vínculo nos sacude a ambos, un juramento silencioso que ha quedado grabado en la penumbra de Noxvalia.