CAPÍTULO 19 EL MAPA DE LA AGUJA (Isolda)
El magnetismo de sus ojos de ámbar dorado me mantenía cautiva, una fuerza gravitatoria que desafiaba cualquier resto de mi disciplina inquisidora.
Pero el bramido metálico que rompe el silencio del Distrito de los Lamentos es un recordatorio brutal de nuestra realidad.
Parpadeo, obligándome a recuperar el aliento y a desviar la mirada de la criatura alada que, a pesar de sus heridas, aún conserva una altivez inaudita.
Con manos temblorosas, despliego sobre mis rodillas los mapas tácticos de cuero que he conservado bajo mi casaca.
El material cruje, un sonido de pergamino viejo que se mezcla con el siseo del vapor lejano.
La estrechez del nido de piedra es asfixiante.
La proximidad de Malphas no es solo un hecho espacial; es una carga eléctrica que me eriza el vello de los brazos.
Su presencia ocupa cada rincón del nicho, y el aroma a seda vegetal carbonizada que desprende su ala derecha se funde con el olor a cuero de mis mapas y el sándalo que nos llega de las naves superiores de la Catedral.
Cada vez que mis dedos surcan las rutas trazadas sobre el cuero para señalar los callejones del nivel intermedio, nuestros hombros chocan con una violencia contenida.
Es una acumulación de estática insoportable; un Slow Burn que se alimenta de nuestra desconfianza y de la necesidad desesperada de sobrevivir.
—Los Rastreadores han cercado el perímetro de la Plaza de la Ejecución.
—señalo con un nudillo cicatrizado un cuadrante marcado con tinta oscura—.
Si intentamos bajar por las pasarelas, nos interceptarán en el nivel de los engranajes.
La Injunción no dejará una sola aguja sin purificar tras el estallido en el scriptorium.
Malphas se inclina sobre mis rodillas. Siento su aliento gélido contra mi mejilla, un contraste impúdico con el calor febril que mi propia Marca sigue irradiando hacia mi espalda.
Sus dedos enguantados, largos y afilados, se mueven con una elegancia aristocrática que ignora mi incomodidad y señala, con precisión quirúrgica, un punto en la arquitectura del mapa que mis ojos habían pasado por alto.
—Ahí, inquisidora. —su voz aterciopelada es un eco que rebota en las paredes de granito—. Un pozo de ventilación oculto. Conecta el campanario directamente con el subsuelo, lejos de las miradas de sus sabuesos metálicos.
Un giro inesperado. Si el mapa es veraz, ese conducto nos llevaría a las entrañas mismas de los niveles medios, una red de pasadizos de servicio que la Injunción de Hierro diseñó para sus propias purgas pero que olvidó proteger.
Antes de que pueda cuestionar la veracidad de su hallazgo, un silbato de vapor industrial, agudo y lacerante, rasga la niebla gris ceniza que envuelve las agujas de la Catedral. Es la señal.
Un bramido mecánico que resuena en las cornisas, confirmando que las patrullas rítmicas de los Purificadores han iniciado el batido de la manzana. La luz de los focos cegadores de la Injunción cruza los vitrales con una violencia quirúrgica, barriendo cada saliente en busca de nuestra huida.
El Distrito de los Lamentos está oficialmente sitiado. Malphas se tensa, sus garras de obsidiana se hunden en el granito al prepararse para la huida, y el zumbido eléctrico de la estática en el aire nos advierte que el tiempo de las evasivas ha terminado.