CAPÍTULO 18 LA MÁSCARA DESHECHA (Malphas)
Permanezco postrado sobre la aspereza del granito frío, con las alas plegadas de forma antinatural contra la piedra del nido ciego.
Cada respiración es un tormento que recorre mi fisonomía, un siseo que escapa de mis labios y se pierde en la penumbra asfixiante de las agujas góticas.
Mi arrogancia aristocrática, ese escudo de cinismo con el que solía observar la miseria de Noxvalia desde las alturas, se ha desmoronado, dejando al descubierto la verdadera naturaleza de mi padecimiento ante la mirada escéptica de la humana.
La veo ahí, arrodillada, con sus manos expertas maniobrando sobre mi flanco.
Su piel, bañada por el fulgor cianótico que emana de mis propias venas cobalto, parece tallada en mármol, una superficie sólida y cálida que me recuerda, con una crueldad insoportable, lo que he perdido.
—El pavor de los míos no tiene nombre en vuestra lengua —susurro, y mi voz, habitualmente aterciopelada y melódica, se arrastra por el suelo con la fragilidad de un ánima quebrada— —. No es la muerte lo que nos consume en el exilio. Es la idea de la tierra seca.
Isolda detiene sus dedos sobre la herida. La luz de un cartel de gasneón parpadea a lo lejos, proyectando sombras alargadas que se retuercen en las paredes del nicho.
—¿La tierra seca? —pregunta ella, con ese tono directo y sin adornos que tanto despreciaba y que ahora, curiosamente, me ancla a la cordura.
—Quedar confinado para siempre en la inmundicia de este suelo —continúo, y mi confesión fluye con una melancolía que me corroe el pecho—.
Un ser alado convertido en una criatura terrenal, arrastrándose entre el hollín y el aceite, vulnerable ante la Injunción de Hierro que os enseñaron a venerar como orden y justicia.
Mi estatus, mi vuelo, mi propia esencia.
.. todo se marchita si no estoy en el cielo.
La invalidez es nuestra ejecución en vida, inquisidora.
Mis palabras golpean el silencio denso del campanario.
No hay ironía en mi tono, solo la cruda exposición de un miedo primordial que solía esconder bajo capas de seda y sarcasmo aristocrático.
Isolda suspende su tarea; el paño manchado de sangre e incienso queda inerte entre sus dedos.
Por primera vez, en sus ojos claros no percibo la hostilidad de la cazadora, sino el reconocimiento de un ánima que, al igual que la mía, ha sido mutilada por las mentiras de su orden.
Me contempla no como a un depredador alado, sino como a un igual en el tormento.
El giro de su postura me desorienta. La sospecha analítica que endurecía sus facciones se ablanda, cediendo ante una devoción sombría que nace de la simbiosis de nuestras esencias.
Es una revelación que detiene el tiempo.
La protección que me brinda, esa lealtad que la ha obligado a profanar sus votos y a convertirse en una paria, no es un cálculo táctico, sino la entrega de un Ancla que reconoce la humanidad de su monstruo.
El aire se vuelve irrespirable. La proximidad de su calor corporal, en contraste con mi frío de Umbra, genera una estática tan violenta que parece hacer vibrar la piedra misma del contrafuerte.
Me impulso sobre mis antebrazos, ignorando la protesta de mis plumas, hasta que la distancia entre nuestros rostros se reduce a un espacio escaso, asfixiante.
Mi mirada dorada, cargada con la intensidad del éter cobalto que ahora fluye libre por mi núcleo, busca sus ojos, exigiendo una respuesta que ella ya no puede ocultar.
Sus labios, apenas separados por un suspiro, son el único horizonte que me importa bajo la luz mortecina del gasneón.
La tortura es absoluta; una danza de voluntades donde el pacto de sangre nos ha condenado a ser, por fin, el reflejo del otro.