El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 17 LA HERIDA DEL ALA (Isolda)
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CAPÍTULO 17 LA HERIDA DEL ALA (Isolda)

El viento gélido de las agujas superiores de la Catedral de los Lamentos brama contra el granito con una saña casi animal, pero no logra acallar el siseo de mi propia respiración precipitada.

Arrastro a Malphas hacia el interior del nido de piedra ciego, un recoveco oculto en el corazón de las agujas donde la oscuridad es tan absoluta que solo se rompe por el parpadeo intermitente de un cartel de gasneón que gotea luz cianótica desde un distrito lejano.

Mi uniforme táctico, esa lona reforzada que una vez simbolizó mi lealtad a la Injunción de Hierro, se siente ahora como un peso muerto, rasgado y manchado por el hollín de los tejados.

Malphas se desploma sobre las piedras antiguas con una pesadez lánguida que hace temblar la estructura del nido.

Su musculatura fibrosa, diseñada para el dominio de los cielos, ha colapsado ante la ponzoña química del inyector de supresión que ha rozado su flanco durante el asedio.

Es un espectáculo devastador: su ala derecha, esa joya de plumas negras con brillo iridiscente similar al petróleo, tiembla con espasmos incontrolables.

A cada temblor, desprenden una lluvia de ceniza grisácea, copos de éter desintegrándose en el frío de la altura, una agonía mística que me oprime el pecho con una pesadumbre inaudita.

—No te atrevas a desfallecer ahora, alado —le ordeno, con la voz quebrada por la aridez del aire enrarecido y el olor a ozono que impregna el nido.

Sin esperar respuesta, mis manos se mueven con la precisión mecánica de mi antiguo adiestramiento. Rompo parte de la lona de mi propio uniforme, exponiendo la piel gélida de mi brazo bajo la seda vegetal quemada.

El aroma a sangre mezclada con ozono y piedra mohosa llena la estancia, un perfume decadente que me confirma la magnitud de mi traición.

Busco la herida abierta entre las plumas, un tajo irregular donde el metal negro mate del dardo aún permanece enterrado, bloqueando la resonancia vital de su esencia.

Mis nudillos cicatrizados, firmes pese a la zozobra que me atenaza las entrañas, se hunden en el plumaje para extraer el hierro frío.

Es un acto quirúrgico y profano. Al retirar el metal, la punta dentada arrastra consigo un rastro de éter gélido que entra en contacto indirecto con el calor febril de mis dedos.

El efecto es un paroxismo eléctrico que me desgarra.

Una descarga violenta viaja desde mis yemas hasta el omóplato derecho, donde la Marca con forma de ala fracturada responde con un pulso de azul cobalto tan intenso que me nubla la vista.

No es solo dolor; es una simbiosis sagrada, una transferencia de energía que quema mis tendones mientras el frío de su esencia se funde con el fuego de mi condición humana.

Malphas emite un gemido aterciopelado, un sonido de aristocrática agonía que se rompe de golpe en un susurro cortante.

Sus garras de obsidiana se hunden en la dureza del granito, dejando surcos profundos en la piedra antigua para contener el quiebro de su propia voz. Estamos atrapados en una penumbra crepuscular, unidos por una herida y un vínculo que ninguna orden militar podrá jamás purificar.